martes, 21 de mayo de 2013


Alfredo Nicolás Lorenzo
en-el-nombreCuba actualidad, el Cerro, La Ha¬bana (PD) Cuando menos se lo piensa, a la protagonista de esta tremenda historia la vida se le cae encima. El presente la deja tiritando mientras un chiquillo recién salido de la nada lucha a gritos y a patadas contra la muerte.
Estamos en la unidad de incubadoras de un hospital materno cubano.
Sonrisas y lágrimas son el menú diario de la madre que entre hipidos de desesperación conserva la remota y absurda esperanza de que todo vuelva a su cauce, de que el niño recién parido pueda ser una personita. Hasta que un día el pediatra, con barba blanca de rey mago pero que no conoce ninguna mágica curación, le anuncia que el sietemesino tiene el cerebro destrozado. Nunca será un niño como los demás. Hay que decidir.
En este universo angustioso, de capsula espacial no presurizada, me he metido con perversa sensibilidad de periodista. Es una noche sin luna y sin viento frente a una sala abandonada por los médicos. Cuando menos me lo pensaba, el pasado me pasa factura. Desde la sala que da a una zona apagada por el dolor, sin fuerza, he vuelto a revivir todo lo ocurrido cuando yo era un bebe.
La vida comienza, es un día de ambulancias. Unidad de incubadoras en un hospital de Cuba. El niño empieza a, luchar. Unida de incubadoras de La Habana en esta pequeña vida. Los padres deciden arrojar la toalla y, al mismo tiempo, tirar él bebe por la borda de la muerte. Le dejan morir con la tranquilidad del deber cumplido. Unidad de incubadoras de Cuba. La criatura resiste. Quince días después, gatea por la casa y hace la vida imposible a todo bicho viviente.
Más años 2013. O tal vez en otro mundo. Afuera de Cuba. La cámara se detiene delante de un pequeño edificio en el que sonríen flores sin nombre. La cámara se introduce lentamente hacia una habitación inundada de sol. Una mujer está muriendo. Va a morir. Ha muerto.
Otro día. Otra noche cerrada. Una carretera desierta de Cuba. Un automóvil verde estrellado contra una larga pared. Los policías han instalado el duelo de la catástrofe en un garaje vacío. La muchacha ya tenía ataúd y el dedo meñique de la mano derecha roto. Un día de total desesperación. Años de inacabable congoja. La misma absurda incomprensión que vive la madre de la criatura. Porque la desgracia es perversa e incita a la perversión. Porque luchar contra el absurdo de la vida que se nos va de la mano es un duelo al sol sin sentido.
Ese día interminable de tanto horror mudo, habla un funcionario del régimen, uno de esos hombres que contabilizan los muertos y al lado ponen sumas que corresponden según ellos al duelo: "Me han dicho que usted es periodista independiente. La señora M. (un nombre destacado en la alta sociedad cubana de entonces) ha tenido una desgracia parecida a la suya. Se le ha ocurrido escribir un libro y dice que le ha servido de maravillosa terapia". Como si cualquiera pudiese escribir un libro. Como si un libro hiciera olvidar que la vida ya no está. Como si dejar de llorar fuese el final de un duelo. Reflexiones que dejan sin respiración, al borde del sofoco asmático, mientras la necesidad te machaca el hígado de los recuerdos.
El niño ya está muerto y desfilan los títulos de crédito. Sigo mirando fijamente a la madre. No, no hay que rendirse. Tenemos la obligación de luchar. Aunque sólo sea por conservar nuestra propia estima. Por favor, mujer de esta historia, sigue tocando el piano de la vida. Es la única canción que puede aliviarte. Y ese niño sin cerebro, sin piernas o sin nariz, un día te sonreirá en tus sueños y verás que valía la pena luchar. Y otro día hasta puede que sea finalmente un hombrecito, con sus taras o sin ellas, si llega el milagro que todos esperamos por lo menos una vez.
Oiga, usted señora M., por favor, no deje que le maten a ese niño que tanto ha querido. No deje que se muera porque él no ha podido asomarse a esta lucha sin vivir. Ha sido usted quien ha decido traerlo al mundo. Por lo menos déjelo que juzgue antes de morir. Déjelo que fume el ultimo cigarrillo. Como un condenado a muerte cualquiera. En su jaula-incubadora le he visto darte una preciosa sonrisa desdentada.
Un día le voy a hacer caso a un amigo y escribiré un libro. Algunos me han dicho que será un grito, otros que será precioso. Otros cuantos me han mirado como se mira la lluvia. Con aburrimiento. A mí me importa un carajo. Voy a conseguir mi objetivo. Poder seguir mirándome al espejo de todas las mañanas que Dios hace. Y beberme mi whisky güisqui sin hacer pucheros.
Ahora, a la niña que se estrelló en aquella carretera, le hablo todas las mañanas en una vieja iglesia. Está viva y me sonríe con la más bonita de las sonrisas. No la pude salvar y ella lo sabe. Pero tú, mamá, M, no abandones a tu Luc y (hasta le has dado nombre al recién parido). No lo dejes morir. Pelea. Esa será tu recompensa. Aunque luego ruedes por los suelos, borracha de golpes. Es la vida. Hay que salvarla. Es lo único que nos queda a los que ya no tenemos ni futuro. Salva esa vida y verás que cada mañana, cuando salga el sol, la desesperación mitigará la esperanza desesperada que todo lo puede. Quizá un día te sonría. Abre tu ventana. Asómate. Y espera. A veces, aunque sea pocas veces, la suerte cambia.
Para Cuba actualidad: alfredonicolaslorenzo4@gmail.com

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