Nido de sufrimientos y juergas de Reinaldo Arenas
Aunque nacido en el oriente de la Isla, Arenas creció como escritor en La Habana y fue ésta la ciudad de sus más gozadas y sufridas experiencias, en tanto ser ingenioso, rebelde, dionisíaco, irreverente, alborotador, negado a obedecer otras reglas que no fuesen la de su espíritu libérrimo y la de su carne insaciable.
Son muchos los sitios por los que podríamos seguir las huellas que dejó en la capital. Cuando, en un futuro en democracia, las autoridades culturales decidan honrarse a sí mismas revitalizando el recuerdo de este hombre mediante el trazado de un recorrido-homenaje por los lugares donde creó, disfrutó y padeció en La Habana, les bastará con guiarse por las descripciones de su libro Antes que anochezca, tan dramático y a la vez divertido como el propio autor.
Justo en ese libro, Arenas dedica todo un capítulo al hotel Monserrate (calles Monserrate y Obrapía), antiguo cubil de putas en cuyo segundo piso logró tener su mínimo espacio privado en La Habana, una habitación que comprara clandestinamente. Allí, según él, vivía una verdadera fauna al margen de la ley: “Si la policía venía –comenta jocosamente-, lo único que tenía que hacer era poner una reja en la puerta de entrada del edificio, que era la única que había, y todo el mundo quedaría preso”.
Hace pocos días visité el Monserrate, curioso por saber si en algo había cambiado, más de treinta años después de los pormenores que describe Arenas.
No hay cambios sustanciales. El edificio continúa tan descuajeringado como siempre. La misma espantosa puerta de entrada. Los pasillos lóbregos, las paredes y techos desconchados, sin ver pintura desde hace más de medio siglo. El vetusto elevador, que tan buenos chistes y tantas furtivas travesuras sexuales inspiró en el escritor, persiste en su asombroso equilibrio, premeditando la caída pero sin que acabe de caer. La ropa tendida en los balcones…
Por ella supe que sigue siendo tan retorcido como siempre el personaje que le vendió el cuarto al novelista (él le llama Rubén) y que le cobraba sus incursiones al baño, a 50 centavos cada vez, según cuenta Arenas, pero Bebita precisa que eran 50 centavos por usar el servicio sanitario y un peso por bañarse. Justo con el auxilio de Bebita, que le permitió pasar un tubo de desagüe por el centro de su cuarto, fue que Reinaldo pudo al fin contar con baño propio. Posteriormente, el cuarto volvería a pasar a manos del susodicho Rubén.
“En el primer piso vivía Bebita con su amiga; eran dos mujeres que tocaban el tambor y que diariamente se enredaban a golpes por problemas de celos”, dejó escrito Arenas. Pues allí vive aún, también con una amiga, que quizá no sea la de antes, ya que es mucho más joven que ella. Pero ahora reina la paz en el cuarto de Bebita, aun cuando su santo personal sea el mismo, Shangó, dios de la tempestad.
“Si algún día deciden levantarle un monumento a Reinaldo –me dijo-, ningún otro sitio será más idóneo que el edificio Monserrate, nido de sus penas y sus juergas. Y doy por descontado que el monumento debe tener la forma de un falo”.
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