
Cubamatinal/ El colmo de un bodeguero, la peor desgracia que puede ocurrirle relacionada con su trabajo, es que le roben en la bodega que administra. Y precisamente en estos dos últimos meses, diciembre y enero, aumentó el número de robos a estos comercios.
Por Oscar Mario González
La Habana, 15 de febrero /PD/ Las dos bodegas más cercanas a mi domicilio fueron saqueadas los días 28 de diciembre y 28 de enero. En ambos casos el hecho se produjo en horas de la madrugada y coincidió con los días finales de mes cuando surten las bodegas de productos según cuotas per cápitas normadas en la libreta de racionamiento. Efectuar la fechoría fuera de esta fecha es perder el tiempo, es arriesgarse inútilmente cuando no hay nada que robar
Del primer comercio, ubicado en la esquina de Avenida 19 y calle 48, reparto Almendrares, cargaron con centenares de sobres de café molido del que se le vende a la población a cinco pesos y que en el mercado furtivo se le compra, al propio bodeguero, al precio de 15. También sustrajeron cerca de un centenar de paquetes de un kilogramo cada uno de leche en polvo que en el mercado informal se cotiza a 50 o 60 pesos la unidad. Y nada más. Al arroz, al azúcar, a la sal y al aceite de cocina no le hicieron caso pues son productos de mayor peso volumétrico y menor precio en el mercado negro.
Los ladrones penetraron en el local a través de un hueco que abrieron en la pared de vidrio. El susodicho agujero era de escaso tamaño y ello congregó a un grupo de curiosos que no se explicaban cómo el ladrón pudo introducirse por un hueco tan pequeño; cómo cupo por tan estrecho agujero. Tan buen desempeño en el oficio deja chiquitos a “Rafle”, aquel ladrón legendario de las manos de seda y al propio Alí Babá.
El otro comercio, una bodega situada en la intersección de la Avenida 21 y calle 50, estaba al resguardo de una sólida reja de hierro provista de un fuerte candado; todos se extrañan que nadie haya sentido el enorme ruido que debió ocasionar la rotura del cerrojo. A todas esas, las guardias cederistas brillaban por su ausencia o tal vez sucedió algo muy frecuente por estos tiempos: que el centinela sintió el “tanganazo” pero se hizo el “chivo loco” para no meterse en problemas. Los ladrones procedieron de la misma forma: cargaron con el café y la leche en polvo sin tocar los restantes productos.
Estos robos a bodegas se han hecho mucho más frecuentes a raíz de iniciarse el “periodo especial”, eufemismo con que se designa la agudización de la crisis permanente de la economía isleña. Por los días que corren, están a tutiplen.
Al principio, cuando aún daban más productos por la libreta, el robo de una bodega suponía un contratiempo para la población que debía adquirir los renglones faltantes en un comercio especial llamado “tienda piloto” luego del inevitable trámite dilatorio propio del sistema. El administrador era sancionado con el cambio de bodega o a veces con la sustitución luego de un proceso investigativo para detectar un probable auto- robo.
Hoy, el asunto se resuelve de otro modo, aunque la solución no es del todo legal. El bodeguero abona el importe de la mercancía robada a la empresa y aquí no ha pasado nada. Sigue en su envidiable puesto de administrador siempre y cuando esté bien parado en la empresa y no haya intención de hacerlo desaparecer del giro. Con ello, entre otras cosas, se logra conservar inalterable la “familia administrativa” sin los contratiempos y posibles riesgos que implicaría el nombramiento de nuevos administradores poco o nada habituados a “cuadrar la caja” con la empresa. Siempre será mejor un malo conocido que un bueno por conocer.
De cualquier manera, el bodeguero resulta seriamente dañado en estos robos porque en primer lugar tiene que pagar todo lo sustraído (aunque al precio oficial según la libreta de racionamiento). Ello implica unos cuantos miles de pesos en momentos en que el nivel de invento y la “búsqueda” han disminuido notablemente debido a una raquítica libreta cuya oferta no alcanza ni para empezar.
En segundo lugar, el suceso no habla a favor del bodeguero. El ser objeto de un robo no beneficia en nada su reputación de tipo “duro y habilidoso”. De aquí que algunos se las arreglan para contratar a un sereno o para asumir la tarea con la cooperación de familiares y amigos. Porque la guardia del comité, que alguna vez fue efectiva en evitar actos delictivos, hoy no existe o anda con la guardia bien “en bajo” sin querer meterse en problemas y mucho menos con los delincuentes.
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