
La Nueva Cuba
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Miércoles, 24 de Marzo de 2010 09:30 Abel German - Columnista - España - LNC .Se cuenta (lo cuenta el principal historiador romano del siglo IV, Amiano Marcelino) que cierto día que los cortesanos alababan al emperador Juliano por su buen sentido a la hora de administrar la justicia, éste dijo: "De buena gana me enorgullecería de estas alabanzas, si procediesen de personas que osaran denunciar o reprobar mis acciones cuando fueran contrarias". Más allá de lo que luego significara Juliano, sin duda la anécdota es buena. Y me ha venido a la mente por un texto de Ignacio Vidal-Folch publicado en el suplemento Babelia, de El País, España, el sábado 06.02.10. Se titula "Genios del mal" y me fue imposible leerlo sin pensar en Cuba.
En algunos de los escritores que, con genio o no, escriben y, sobre todo, publican, en Cuba, donde no todo el que escribe, por muy bien que lo haga, publica. En la Cuba donde acaba de morir Orlando Zapata, Fariñas roza la "línea prohibida" que diría el gran Delibes, las Damas de Blanco son atropelladas por una turba conducida por la Seguridad del Estado y decenas de presos políticos acortan su vida en condiciones infrahumanas en medio de las injurias de la prensa del régimen y del no menos injurioso silencio de los escritores y artistas que viven, como si tal cosa, su vida de escritores y artistas en los espacios que el régimen les presta.
Es necesario recordar que, de común, los emperadores, dictadores y poderosos de toda laya, proceden de forma contraria a lo que supuestamente haría Juliano I. En lugar de enorgullecerse, los "emperadores", antes y después de aquél, suelen asimilar muy mal, si es que lo hacen, las denuncias o reprobaciones de sus acciones. (Utilizo el término "emperadores" en el sentido base de "poder", del tipo que sea.) Incluso podemos afirmar, con la seguridad de no equivocarnos, que esto de las denuncias y reprobaciones produce urticaria hasta en quienes carecen de poder. Sólo que estos, cuando son conscientes de ello, disimulan el escozor y pasan por personas humildes y de elevado espíritu autocrítico. Una modalidad de astucia auto protectora, muy extendida por cierto en la isla castrista.
Pero, reitero, los poderosos de cualquier categoría que se comportan como sugirió el emperador romano son escasos, apenas alguna que otra excepción. Y generalmente pertenecen a otro tipo de emperadores, que no al de los políticos. Lo normal es lo otro. Que cualquiera, emperador o con ínfulas de tal, (aunque sólo sea en el ámbito de su familia), jamás llegue a escuchar esas posibles alabanzas de sus críticos. Simplemente no les da tiempo: antes los inscribe en las listas negras de su imperio y los condena al ostracismo, al silencio, a la cárcel, al exilio y, llegado el caso, a la muerte. Lo normal es que sólo escuche las alabanzas que le vienen del tipo de cortesanos común, que es aquél que se guarda las denuncias o reprobaciones de sus acciones contrarias e intenta agradarle. Como los de la anécdota que cuenta Amiano.
Esto no es patrimonio exclusivo de ningún país o sistema de gobierno, pero es evidente que en las democracias, (aún más si son republicanas) ¿hay que decirlo?, los "cortesanos" pueden "denunciar o reprobar" las acciones del Juliano de turno, le guste a éste o no. Es una imposición constitucional. Que aún así abunde ese tipo de cortesanos, es algo que tiene que ver con la ética más que con la política. Las dictaduras, en cambio, imponen esa conducta como norma. Es también una disposición de ese tipo de Constitución que suelen inventarse.
¿A quién que haya denunciado o reprobado sus acciones ha perdonado Fidel Castro? ¿Quién que lo haya hecho ha tenido luego tiempo de alabarlo, en el supuesto de que quisiera o tuviera motivos para hacerlo? Si acaso sólo se le han escuchado, como cantos de cisne, las notas dictadas por los verdugos que recogen la autoinculpación y, sobre todo, el arrepentimiento. Porque importa mucho esa humillación final para que el escarmiento sea aún más... pedagógico. El maestro Stalin dejó claro el método y el discípulo antillano tomó buena nota.
Ejemplos sobresalientes, sin duda alguna, son el del poeta Heberto Padilla (fallecido en el exilio) y el del General Arnaldo Ochoa (ejecutado en Cuba).
Podría aducirse que estos ejemplos no son buenos porque, aparte de lejanos en el tiempo, ambos ocultaron sus críticas; pero lo cierto es que actuaron así como fruto de la esencia de un método harto probado (o advertido) en el discurso y en las reacciones del régimen. El poeta quizá fue la víctima ejemplarizante; el militar, su consecuencia.
Pero la prueba viva se halla en las cárceles y en el exilio que sufren no pocos escritores que, pese a todo, se han saltado la regla.
Esta es la simiente del espécimen que medra en los regímenes represivos, abonada por la doble-moral que, como efecto de una interesante simbiosis, deviene en "la moral". De ahí surgen las "malas personas", los "héroes" que operan en calidad de soplones y, grosso modo, la gran hipocresía nacional que vicia a la masa y que el régimen estimula en el sentido de sus intereses de poder: esa caterva de individuos así escindidos, llamada "masa" o "pueblo" que (he aquí lo peor) constituye el fundamento de las revoluciones populistas, sean del lugar, el sello y la época que sean.
Pero, como en todo, también en esa masificación del mal hay categorías y la de los intelectuales es, quizá, por lo que a imagen se refiere, la más significativa. Lo que probablemente sirva para explicar esa dificultad que apunta Ignacio Vidal-Folch a la hora de aceptar lo que él llama el binomio gran artista-mala persona. Es cierto (y aún continúo pensando en dicho texto) que "los escritores están sujetos a las mismas pasiones que los demás". Aunque yo preferiría que, en lugar de "pasiones", hubiese escrito "presiones": que los escritores sufren las mismas presiones. Quizás más, por ser personajes públicos, fáciles de detectar y de incluir en las "listas negras" que condicionan, de forma absoluta, la vida profesional y privada de los sospechosos.
Por eso la UNEAC, como el engendro del régimen que es, lejos de ser una organización independiente (no gubernamental) que aglutina a personas que, intelectuales al fin, tienen la capacidad y el coraje de denunciar o reprobar (aunque sólo fuese en el campo de la libertad de expresión y pensamiento, tan cara al arte y a la literatura) las acciones del Castro-Juliano que gobierna desde hace más de medio siglo; la UNEAC, digo, se queda, como si fuese una organización de cortesanos de la Roma antigua, en las alabanzas. O, si acaso, en las críticas-alabanzas que, por lo general, son autocríticas del supuesto crítico; o críticas que se presentan con un destino astutamente adulterado, como tanteo, disfrazadas con la retórica ideológica que sabemos, para ver si el destinatario real cae en la cuenta y, lo que es más importante, se lo toma a bien. Se queda en eso, o en el silencio. O en la complicidad pura y dura, como sucede ahora mismo, cuando la conmoción por la muerte de Orlando Zapata aún sacude la opinión pública. ¿Qué hacen estos escritores y artistas? Según informó la Agence France Presse, llaman a sus colegas del mundo a desmarcarse de la que calificaron (¡Oh sorpresa!) de "campaña contra Cuba". Esa UNEAC de que hablo se pronunció en estos términos: "Es imprescindible detener esta nueva agresión contra un país bloqueado y acosado sin piedad. Apelamos para ello a la conciencia de todos los intelectuales y artistas que no alberguen intereses espurios en torno al futuro de una Revolución". Después de algo así conviene prestar atención: ¿Cuántos miembros de esa organización se niegan a suscribir esta declaración? ¿Cuántos tienen la fuerza ética suficiente para al menos desmarcarse de ella?
Lo que nos lleva a otras preguntas: ¿Cuántos Robert Brasillach pueden encontrarse en los pasillos de esa institución? ¿Cuántos Schopenhauer? ¿Cuántos Gorki? ¿Cuántos Céline? No lo pregunto pensando en el talento, claro. Lo que pregunto, en concreto, es lo siguiente: ¿Cuántos escritores cubanos son capaces de escribir y, a la vez, colaborar con los nazis que corresponden; ofrecer las ventanas de sus casas a los soldados austriacos del patio para que tengan mejor tiro contra la "canalla"; y reunirse con el Stalin criollo para diseñar la estética que convenga a los fines propagandísticos de la dictadura? O sea, ¿cuántos visten el traje, doblemente oneroso para un escritor, de la doble-moral, de la autocensura, del miedo, del oportunismo? ¿Cuántos, por eso (y es otro ejemplo) han recorrido una vez más este febrero pasado los stands de la Feria del Libro de La Habana sin echar en falta, que se sepa, las obras de los escritores exiliados, con la excepción este año del historiador Manuel Moreno Fraginals, y eso porque falleció en 2001? ¿Cuántos incluso firman esas declaraciones oficiales, prácticamente sin leerlas, en contra de otros escritores y artistas que osan denunciar o reprobar las acciones del "emperador" que, obviamente, no comparte la opinión del romano? ¿Cuántos incluso añaden nombres a las listas negras del régimen, sólo para alejar la posibilidad de que el suyo aparezca en ellas? ¿Cuántos hoy suscriben, de un modo u otro, las descalificaciones del régimen contra el difunto Orlando Zapata y contra el disidente Fariñas, saltándose el aspecto humano de la situación y sus consecuencias?
Hace algunos años, muchos ya, les disculpaba la ideología; hoy ni eso. El supuesto "humanismo" de la dictadura, que podría tomarse como carnada, hace mucho se ha disuelto en las arrugas de sus viejos líderes que, hoy por hoy, sólo tiran al mundo el anzuelo desnudo. El caso de Orlando Zapata y, en estos momentos, el caso de Fariñas, son sólo indicios de la deshumanización que se ha fraguado todos estos años en el régimen isleño. Las fotografías recién publicadas en medios españoles donde se ve a Fariñas, una, en brazos de un médico y, otra, desfallecido en una camilla a la entrada de un hospital de Santa Clara; esas fotografías hacen que a cualquiera que no esté corrompido por ningún discurso, se le forme un nudo en la garganta. No es necesario preguntar de quién se trata, qué piensa, qué dicen de él las autoridades de la isla o los que le respetan por sus ideas. Basta verlo. Quien permanezca impasible ante esa imagen (como ante otras donde se ve a algún ser humano sufrir alguna injusticia); quien no se estremezca al verlo, está dando muestras de que algo, algún detector esencial, le falla. Algo en el sentido de lo humano. Como ser humano. Y, aun cuando en el discurso del régimen quedase algún colgajo de cebo humanista, se supone (aunque frente a los hechos, se supone mal) que un escritor debe saber dónde termina la carnada y comienza el garfio. Y, naturalmente, cuándo debe zafarse, aunque en el tirón le vayan las entrañas y, por inercia, termine en la cesta de una de esas temibles (aunque honrosas) listas negras.
Sin embargo, creo todavía en la posibilidad aislada del error. De ese error. En la posibilidad de que haya algunos escritores oficiales (algunos buenos escritores oficiales, esa aberrante condición) que lo sean por error. Por cometer la pifia de no medir con exactitud el peso específico de sus alabanzas, sus vacilaciones o sus silencios supuestamente apolíticos y supuestamente "humanistas". Y lo creo, porque creo en las personas que hay detrás de algunos de esos escritores. Pero mi creencia, obviamente, no cuenta como excusa.
Odio las citas, mas ésta es imprescindible para concluir. Pertenece, si no recuerdo mal, a André Gide (supongo que al André Gide que regresó desencantado de la URSS): "...el error del artista (dice) jamás está en halagar, sino en halagar a pesar de todo." Un criterio que, dado el tema en cuestión, trasciende la política.
Así, los que perseveren en el error se librarán como hasta ahora de aparecer en la lista negra del régimen, pero no de hacerlo en ésa que hace el juicio del tiempo que llamamos Historia. Porque, sí, es evidente, todos estamos condenados, de un modo u otro y hagamos lo que hagamos, a aparecer en una de ellas. La cuestión es en cuál.
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Abel German (Morón, 1951). Escritor y periodista cubano. Ha publicado "El día siguiente de mi infancia" (Editorial Letras Cubanas); "Cubo de Rucbick" (Editorial Unión) y "Curiosidades" (Ediciones Extramuros). También ha publicado poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba. Trabajó en la Agencia de prensa independiente "Cuba Press" desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra exiliado en España.
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