
En las últimas semanas se han producido dos escándalos en Cuba cuyo corolario ha sido la muerte. Orlando Zapata Tamayo falleció luego de más de 80 días de huelga de hambre. Con la dramática protesta pretendió que se le mejoraran las condiciones carcelarias y se le tratara como el preso de conciencia internacionalmente reconocido que era.
La semana pasada, Roberto Baudran fue hallado muerto en su apartamento de La Habana. Baudrand era un ingeniero chileno que se desempeñaba como gerente de la empresa productora de alimentos Río Zaza, propiedad a partes iguales del gobierno cubano y del ciudadano chileno Max Marambio.
En apariencia, se trata de dos casos totalmente distintos. Pero aunque parezca extraño, el primero puede explicar el segundo.
Los opositores cubanos conocen -y para ello se preparan psíquicamente- lo que significa ser interrogado por la Seguridad del Estado, que fue el verdadero interrogador de Baudrand y no la Fiscalía General de la República. En todo caso, ambas ramas del régimen mantienen constante colaboración.
Después de la actuación de los "segurosos", no habrá forma de probar que hubo asesinato. Lo único que hay es un cadáver. Recuérdese que incluso capitanes, mayores, coroneles y generales cubanos, la mayoría curtidos en varias guerras, han sido abatidos, aplastados moralmente por interrogatorios semejantes. Piénsese en los involucrados en el proceso judicial contra el general Ochoa, y más recientemente, en Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, aceptando ambos su indignidad, denunciada previamente por Castro en la prensa.
Salvo la oposición política de las últimas hornadas, ningún ciudadano corriente de ninguna parte del mundo democrático está capacitado para ser interrogado, durante dos días seguidos, por expertos de la Seguridad del Estado cubana.
Es evidente que el psicólogo y periodista Guillermo Fariñas, quien actualmente lleva a cabo una huelga de hambre, ha tenido muy en cuenta el peligro que significa oponerse al régimen. Así, se ha dado el hecho de que la muerte -para los cubanos es social, psíquica y finalmente biológica- la pone primero sobre la mesa el opositor, quien demuestra que su vida personal es asunto de segundo orden, destrozando así la estrategia y los objetivos de la eficaz agencia represora de los Castro.
¿Puede alguien pensar que los interrogadores desconocían que a una persona con afección cardiaca como Baudrand no se le podía someter a la misma presión que a alguien totalmente sano? La Seguridad del Estado sabía que Baudrand nunca había sido interrogado ni siquiera por la justicia ordinaria, como informó a la prensa el asesor legal de Marambio, el abogado Eduardo Contreras. Éste, que es un hombre de izquierdas, admitió que en La Habana vio a Baudrand "alterado", "nervioso" y "preocupado".
Para colmo, Chile no contó con la presencia de un experto en la autopsia aplicada al cadáver.
El escándalo con la empresa Río Zaza parece inédito, pero no es más que la continuación coherente de la historia empresarial cubana a partir de 1959. Si como parece hubo corrupción, la pregunta pertinente es desde cuándo datan los malos manejos y si la empresa de Marambio es la única que los lleva a cabo en la Isla.
La corrupción en Cuba es generalizada y existe desde hace décadas.
Cualquier lector podría preguntarse: ¿Por qué entonces la empresa de Marambio?
Amigo de Fidel Castro por más de 30 años, el empresario perdió de vista la ira del "comandante" contra quienes aducen que en Cuba no se respetan los derechos humanos. Marambio criticó al castrismo en tal sentido (a pesar de culpar al embargo) durante la campaña del precandidato presidencial chileno Marco-Enríquez Ominami, de quien era asesor. Seguidamente, Ominami lo siguió con declaraciones aún más duras.
Marambio olvidó que Castro no perdona semejantes criterios: los considera traición. No se los perdonó ni siquiera a Michelle Bachelet, cuya cancillería hizo un fuerte informe en la reunión de la ONU sobre derechos humanos, pocos días antes de que la mandataria viajara a la Isla en 2009. Con Bachelet en Cuba, "el comandante" escribió un artículo antichileno en torno al diferendo territorial con Bolivia. Castro también creó las condiciones para la poco edificante carrerita de Bachelet en pos de la entrevista con "el jefe", como le llaman sus íntimos.
Pero al mismo nivel que la ira de Castro vinculada al tema de los derechos humanos, habría que situar la calamitosa situación económica que atraviesa la Isla, culpable del actual "corralito". La falta de liquidez es proverbial (valdría la pena recordar los buques cargados de alimentos que siempre han esperado frente al puerto de La Habana, sin atracar, a la espera de que Castro pague lo que debe).
La imposibilidad de pagar a Marambio y lo que Castro considera traición política de su ex amigo, habrían llevado al anciano a desempolvar viejos expedientes. Y la historia que él mismo construyó vendría en su ayuda. Si fue capaz de confiscar propiedades a Estados Unidos por cerca de 6 mil millones de dólares a principios de los sesenta, qué significa un traidorcillo chileno.
No existe, en fin, inconveniente alguno para que La Habana no le decomise a Marambio sus propiedades, cosa que sin duda hará.
Contra Estados Unidos la confiscación fue un factor insoslayable en lo que luego se llamaría impropiamente "bloqueo". El historiador inglés Hugh Thomas afirmó -y confirmó Rafael Rojas- que "Estados Unidos estaba dispuesto a relacionarse con una revolución nacionalista radical en Cuba, que expropiara a sus empresarios incluso, siempre y cuando los indemnizara y celebrara elecciones". Castro nunca pagó y nunca hizo elecciones.
Marambio, quizá, acudirá a un tribunal internacional para tratar de recuperar los 23 millones de dólares que su amigo de otrora le embarga hoy, según la prensa chilena. Algo hará el empresario para limpiar su nombre, que Castro ensuciará todo lo que pueda. El embargo, ahora practicado por Castro, es otra contradicción en un régimen que, si la contradicción fuera enfermedad, ya hubiera hecho metástasis.
Miguel Cabrera, Santiago de Chile
Tomado de Diario de Cuba
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