
Por Frank Correa
Jaimanitas, La Habana, 22 de abril del 2010, (PD) Una vez, en un ataque de insolvencia, tuve que empeñar mi carné de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba a un garrotero de Jaimanitas.
El tipo era sumamente listo y para convencerlo le dije que aquel carné era lo más preciado que tenía, incluso más importante que el carné de identidad y que la propiedad de mi casa, que no lo perdería nunca, le pedí que me diera una semana para sacarlo, y si demoraba, que cobrara interés.
El garrotero no quería de ninguna manera hacer el trato. Estaba acostumbrado a prestar dinero con intereses exigiendo garantía, joyas de oro, relojes, caros, equipos de música, pero ¿un carné? Mientras lo sostenía en sus manos y escuchaba mi diatriba, se le encendió la chispa. Como parece que tenemos los mismos rasgos, le se iluminó una idea que percibí a las claras. Aceptó garrotear el carné por cincuenta pesos, casi dos pesos convertibles, por una semana.
Pasó una semana, dos y tres, cuando al fin tuve dinero, corrí a buscarlo, decidido a pagar el interés que fuera para recuperarlo, pero el garrotero me dijo que había perdido el carné con la entrada de mar, y por mi demora en pagar estábamos a mano. Me juró por su madre varias veces que lo había perdido. En estos casos cuando la prenda en garantía no se saca a tiempo se pierde, explicó y volvió a jurar tres veces más por su madre que la entrada de mar se llevó el carné.
Al parecer, este individuo no tiene madre. Según me han contado, el carné de escritor le ha abierto varias puertas. Lo ha utilizado para mostrarse como intelectual y sanear un poco su imagen en ciertos círculos sociales. También en lances de amor le ha ido de maravillas al pasar como novelista y poeta.
Me saluda con frialdad cuando nos encontramos en la calle. Jaimanitas es un pueblo pequeño, todo se sabe. Supone que sé de su farsa pero disimula y no se da por enterado. Ayer ha venido a mi casa a pedirme un favor.
Resulta que el fin de año conquistó a una mujer viuda que posee una inmensa casa, un auto y vive sola. El garrotero se afiló los dientes antes de tiempo con aquella aparente presa fácil, se emborrachó y comentó que toda aquella propiedad sería suya, y la mujer lo abandonó el día primero. El garrotero estaba desconsolado porque además comenzaba a enamorarse.
La mujer le comentó a una amiga común, que tal vez si le enviara un poema de amor, o una esquela que demostrara verdadera sensibilidad de artista, y no aspereza y falta de tacto, ella pudiera perdonarlo.
Me ha pedido que le ayude a escribir una carta rápido, que fijara un precio. Le dije que el precio era devolver mi carné de la Unión de Escritores, que estaba en sus manos. El garrotero contestó que tenía que pensarlo. Le ha dicho a nuestra amiga común que deshacerse de un título honorífico del cuál ya está prendado era harto difícil. Con tono mordaz dijo que mujeres hay en todas partes.
Foto: Marcelo López
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