
Enviado por ei en Abril 17, 2010 – 8:47 am.Emilio Ichikawa
En política los debates (y los contubernios) poseen su rango.
En el debate político cubano el rango mayor lo tiene o lo ha tenido Fidel Castro. Por eso mucha gente se apresura a encontrar en sus Reflexiones alusiones a su persona, censuras a su conducta; porque la peor ofensa del Comandante es más útil para la significación mediática que el más meloso halago de un partidario.
Lo cuestionable que tuvo el debate epistolar o “extraño diálogo” (como lo califica en Granma Jean-Guy Allard) entre Carlos Alberto Montaner y Silvio Rodríguez fue su asimetría. Aunque algunos no lo compartan, lo cierto es que Montaner es el candidato presidencial en la imaginación del exilio cubano para la era postcastrista. Sobre todo del exilio de Miami. Yo conozco una persona, por ejemplo, que justifica su incondicionalidad a Carlos Alberto Montaner en la creencia de que este le retribuirá, en el primer gobierno de transición, con la gobernatura del Camagüey. Ni es un chiste ni es una treta de Montaner que, como ha dicho el mismo Francisco Aruca en su programa del jueves pasado, es una persona cuya inteligencia está fuera de dudas.
El problema es que, si esto es así, el exilio se ha gastado su número 10 en un juego de segunda división. Mientras el castrismo tiene el once regular en el banco, fresquecito, esperando el derby. En ese debate, o como se llame, el exilio debió reservar su candidato y mover a un cantautor de la estatura de Rodríguez. Y ahí viene la pregunta: ¿existe ese contendiente? Montaner, por su parte, debió guardarse en el póker político para alguien de su oficio. ¿Quién? Más Canosa consiguió a Ricardo Alarcón; aunque seguramente aspiraba a Fidel Castro. Pero estuvieron muy parejos de peso los fajadores y fueron interesantes los rounds que arbitró María Elvira Salazar.
Hoy le han publicado a Carlos Alberto otra carta abierta en la prensa de la isla. Esta vez la firma un internacionalista cubano en Etiopía. ¿Contestará? Yo prefiero que no; políticamente hablando. Pero a lo mejor Carlos Alberto, dando prueba de que es más un mediador o un escritor antes que un político con grandes ambiciones (como deben ser los buenos políticos), le da el regalo de vuelta.
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