
Gallo cubano, que no tiene nada que ver con el de Morón
• Santos católicos que celebran su día el 12 de julio:
- En el Almanaque Cubano de 1921:
San Juan Gualberto, franciscano y confesor y Santas Epifanía y Marciana, mártires
- En el Almanaque Campesino de 1946:
San Juan Gualberto, Abad y Santas Epifanía y Marciana, mártires
• Natalicios cubanos:
Gómez Ferrer, Juan Gualberto: -Nació en Santa Ana el 12 de julio de 1854 y falleció en La Habana el 5 de marzo de 1933.
El 12 de julio en la Historia de Cuba
• 1895 -
- Antonio Maceo en las Vegas de Yao.
Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 393-394 nos describe los acontecimientos del 12 de Julio de 1895 en la Historia de Cuba:
“Antonio Maceo perteneció al número de los hombres incapaces de vivir en la inactividad. Su hoja de servicios durante la guerra de los Diez Años así lo atestiguaba. Al volver a la brega en 1895 no tardó en demostrar a los ojos de propios y extraños que su carácter, el de un varón de espíritu bien templado, seguía siendo el de los días de juventud plena. Desde el momento en que puso el pie en tierra cubana, frente a la hostilidad del enemigo, su resistencia y su acometividad se exhibieron de manera inequívoca y brillante.
“Recorrió media campiña oriental. Recordaba las proezas de otros días, lejanos ya, pero inolvidables en el corazón y en la mente de los patriotas. En la primera quincena de julio de 1895 el general Antonio Maceo se internó en los campos bayameses. ¿Cómo allí no iban a acudir a su memoria las hazañas famosas de la Guerra Grande? Mucho debió de pensar el animoso campeón, a través de bosques y praderas, en los hechos salientes de la heroica contienda iniciada por Carlos Manuel de Céspedes. Su ardimiento revolucionario recibió, indudablemente, alientos consoladores al contacto de recuerdos tan luminosos.
“"El viernes doce de julio acampó Maceo -narró el general José Miró- en las vegas de Yao, a media jornada del camino real de Manzanillo a Bayamo. Maceo venía a la sazón de Santiago de Cuba, y, por lo tanto, el camino expresado le quedaba al Norte. Conducía las mismas fuerzas que le acompañaron en las últimas excursiones, a saber: la infantería de Rabí, la gente de Quintín Bandera, dos escuadrones del regimiento Céspedes y la escolta del Cuartel General; allí se le unió otro escuadrón al mando de Masó Parra; por junto 700 hombres de pelea, con municiones suficientes para sostener un combate de dos o tres horas; pero con el embarazo de una impedimenta numerosa constituida por los reclutas que engrosaban diariamente las filas insurrectas, esperando la ocasión de coger un fusil que les diera el rango de combatientes."
“En tal situación, acampado en las vegas de Yao, se encontraba el general Antonio Maceo el 12 de julio de 1895. Allí supo que en el pueblo de Veguitas se organizaba un convoy. Aquello comenzó a excitar su fogosidad, ansioso, como se hallaba, de entablar ruda pelea con el adversario. Estaba enfrascado en conjeturas. Las noticias confidenciales que tenía eran contradictorias. En la noche le aquel día llegó el doctor José Nicolás Ferrer, joven médico que iba a prestar sus servicios a la Revolución. Por Ferrer, que poseía informes exactos, se enteró Maceo de que en Manzanillo estaba un bizarro militar español, Fidel Santocildes, presto a salir a operaciones, acaso sólo guardando el arribo de Martínez de Campos. No necesitaba más el intrépido caudillo insurrecto, y, a partir de los instantes en que quedó informado por Ferrer de la situación y de las probables intenciones del enemigo, no pensó sino en preparar la acometida con que algunas horas después salió al encuentro de aquéllos a quienes venció en Peralejo.”


Salvador Cisneros Betancourt
“Nació el 10 de febrero de 1828.”
“Murió el 28 de febrero de 1914.”
En Próceres
Por: Néstor Carbonel
“¿Fue niño Salvador Cisneros Betancourt y corrió tras las mariposas? ¿Fue joven, y madrigalizó junto a bellas mujeres? Forzosamente fue niño y fue joven y en sus manos se hicieron polvo muchas leves alas, y escuchándolo se estremecieron de pasión algunos tiernos corazones. Pero nadie lo recuerda así, sino hombre ya, barbado y canoso, dando cuando la primera guerra la espalda a la ciudad natal y a su familia, para ir, armado caballero, a jurar fidelidad a la patria, en el altar alzado entonces, no entre luces y flores, sino entre fuego y sangre; llevando luego la República toda revuelta y enconada sobre los hombros; guardando, cuando el pacto del Zanjón, como imagen bendita, la bandera gloriosa; consagrando a ella, durante los diez y siete años de paz humillante, todo el ardor de su pensamiento y toda la energía de su espíritu... Y, cuando la última guerra, levantándose apenas escuchó que de nuevo se estaba peleando por el honor de los cubanos, volviendo a personificar su pueblo. Siendo luego, en la paz, como el abuelo de sus campatriotas todos, por la constante vigilancia en su favor, y por la veneración que supo inspirarles...
“Puerto Príncipe, Camagüey, fue la ciudad de su nacimiento. Niño aun marcha a los Estados Unidos, donde permanece estudiando siete años, al cabo de los cuales vuelve al lado de los suyos: a su casa, a su pueblo, a su patria. En la tierra de Washington adquirió conocimientos y tonificó su alma. ¡No hay medicina como la libertad! Así, nutrido de democracia y de derecho, se establece en el Camagüey, donde es mimado por el amor y la fortuna. Años después, es electo Alcalde, puesto que desempeñó con el beneplácito de todos. Como autoridad, lo mismo que como particular, no hubo entonces obra caritativa, obra humanitaria, que no contara con su apoyo, ni empresa tendiente al desarrollo y bienestar de sus paisanos que no contara con su ayuda. Rico -y no egoísta- derramaba el bien a manos llenas. Señor de la generosidad, era dadivoso como un príncipe. De los príncipes tenía la largueza. ¿Quería hacer un regalo? Pues daba sus tierras, contándolas, no por metros, sino por caballerías.
“Desde muy joven sintió latir el corazón por las desventuras de su país. En junio de 1866, después de aquella asonada conocida en la Historia por la de Bembeta Paso, se organizó en Camagüey una Junta Revolucionaria compuesta principalmente por él y por Manuel Ramón Silva, Carlos Varona Torres y otras prestigiosas personalidades. Al siguiente año, constituyó, junto con Eduardo Arteaga, la logia masónica Tínima, logia a la que se afiliaron al momento cuantos querían y sentían la necesidad de conspirar contra el poder tiránico que los vejaba. Fue entonces también que empezó en Bayamo a agitarse el espíritu revolucionario, y que habiendo tenido de ello conocimiento, acordaron secundar a los orientales en sus anhelos de libertad, razón ésta por la cual se tomó el acuerdo de nombrar una comisión -a Salvador Cisneros Betancourt y a Carlos Varona- para que conferenciaran con los comisionados de Oriente y se pusieran de acuerdo en cuanto a la forma en que se había de llevar a cabo el movimiento armado.
“En la reunión habida, los orientales declararon que estaban dispuestos a levantarse el día tres de agosto de 1868. Cisneros Betancourt expuso que no estaban -él y Mola- facultados para aceptar resoluciones tan violentas. Regresan a Camagüey donde dan cuenta de su actitud a la Junta Revolucionaria. No obstante el no haber aceptado la fecha del movimiento, comienzan a hacer una activa propaganda, francamente revolucionaria. De nuevo comisionado él junto con Augusto Arango, para otra reunión con los orientales, hace un viaje a caballo hasta las Tunas y de ahí a San Miguel, lugar éste destinado para la entrevista, y donde ya los esperaban los otros: Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y Pedro Figueredo. En esta reunión quedó aplazado el movimiento para el año de 1869. Convenido esto, salió Salvador Cisneros para la Habana, con el fin de ponerse al habla y de acuerdo con los cubanos separatistas de la capital. En la Habana se entrevista con José Ramón Betancourt, Manuel de Armas, Conde de Pozos Dulces, Pérez Puello, Antonio Zambrana, Bellido de Luna, Carlos de Varona, y por último, con Morales Lemus, hombre de grandes y merecidos prestigios, el que le promete su concurso y el de Aldama, a la sazón fuera de Cuba.
“Laborando, regando entre los habaneros la semilla de la rebeldía, lo sorprende el alzamiento en Yara de Carlos Manuel de Céspedes. Pasada la sorpresa de los primeros instantes, emprende viaje al Camagüey, y apenas llega, da órdenes a Jerónimo Bouza Agramonte para que con los hombres que pueda secunde el movimiento iniciado en Oriente. Bouza así lo hace el día 4 de noviembre, y el 9, abandona él la ciudad, y seguido de muchos hombres, se le reúne en Sibanicú. A poco se constituye el Comité del Centro, y es nombrado su Presidente. Más tarde, al proclamarse en Guáimaro la República de Cuba, es nombrado Presidente de la Cámara de Representantes. Investido de tan alta representación asiste a numerosos combates, dando siempre en ellos pruebas de valor y serenidad. Después, depuesto Céspedes de Presidente, lo sustituye él. Fueron aquellos días de su mando, días oscuros, días tristes en que en plena revolución, en plena República en armas, se vio, como en la Roma antigua, surgir un patriciado soberbio e insolente y una plebe voluble e indisciplinada -patriciado y plebe, que ora adoraba a César, ora parecía exaltada y aplaudía a los Gracos...
“Cuando Spotorno lo sustituyó en la Presidencia de la República, continuó de Representante. Y cuando la Cámara se reunió en sesión extraordinaria, el día ocho de febrero de 1878, para tratar de la paz, de una paz bajo la bandera de España, de una paz que no era paz con libertad, paz con decoro, paz con derechos; de una paz que no era aquella por la cual él se había echado al monte a morir, protestó enérgicamente, con palabras que serán siempre prenda de magnífica grandeza y firme resolución... Vino luego, a pesar de su protesta, el pacto del Zanjón; volvió la patria a vestir su traje de presidiario o de criado, y Cisneros Betancourt se fue a New York, lugar donde continuó laborando, esperanzado todavía en la creencia de poder encontrar de nuevo cubanos con quienes combatir hasta vencer.
“Y vino la tregua, la tregua de diez y siete años. Luego supo que Martí, el evangélico Martí, había logrado unir a los cubanos dispersos, en un solo ideal, y lleno de fe esperó, arma al hombro, la hora del honor. Y cuando la hora llegó, cuando volvió a repercutir en los campos de la patria libre el grito de Cuba libre, Salvador Cisneros Betancourt volvió a abandonar las comodidades de su casa rica, y al frente de un puñado de jóvenes valerosos se fue a encarar la muerte, con la misma fe que la había encarado antes. Asiste a los primeros encuentros al mando de su hueste bisoña. En todos da pruebas de su valor. Más tarde, fue presidente nuevamente de la República en armas. Deja de serlo, para ser sustituido por Masó, y él siempre lo mismo: inalterable en su patriotismo! Luego fue la paz y la República, y fue en ella, más que un hombre, un símbolo, el símbolo de todos los sueños puros, el símbolo del desinterés y la hidalguía cubanos.
“Su vida fue una línea recta, ejemplo que debieran seguir, imitar, cuantos por intereses y odios personales hacen de su vida un zigzag de sangre, un laberinto de intrigas en el cual a veces, la patria parece perderse...”
Ana de Quesada
en Patriotas Cubanas
por la Dra. Vicentina Elsa Rodríguez de Cuesta

Ana de Quesada nació en la provincia oriental de Cuba, de familia distinguida y acaudalada.
Fue la esposa de Carlos Manuel de Céspedes, el “Padre de la Patria”, que se casó en segundas nupcias con ella, tiempo después de la muerte de María del Carmen de Céspedes, su primera esposa. Fue asimismo Ana de Quesada hermana de Manuel de Quesada, otro de los patriotas distinguidos en nuestra primera gesta emancipadora.
Cuando en Octubre de 1873 después de dificultades surgidas en la Cámara de la República en armas, se tomó el acuerdo de deponer a Céspedes como Presidente, este pidió que se le facilitara un pasaporte para reunido con su esposa e hijos, poder desde el extranjero seguir sirviendo a la Revolución. La Cámara no accedió a esta petición y Céspedes se retiró a la Hacienda San Lorenzo, donde como es sabido encontró la muerte, en doloroso episodio.
Ana de Quesada había seguido paso a paso todas las actividades del patricio, con el vivió intensamente los preparativos que antecedieron a la epopeya de Yara, prestó su ayuda eficaz y valiosa para la consumación de la empresa heroica del 10 de Octubre de 1868. Gozó en la victoria de la toma de Bayamo, alentó el incendio del pueblo que había visto nacer al compañero de su vida y que tan en alto puso el temple del mambí, sufrió con los vaivenes de aquella intensa jornada, trabajando sin descanso por el bienestar de Cuba, sintió como si lo recibiera su propio cuerpo y su propia alma, los desengaños y tristezas de su ilustre esposo, y con el corazón lacerado de dolor se enteró del fin de su existencia en las tierras fértiles que circunda la Sierra Maestra.
Su salida de Cuba, acompañada del poeta mártir Juan Clemente Zenea, su alumbramiento en tierra extranjera del hijo póstumo del esclarecido patriota, fueron grandes sufrimientos que sólo un alma espartana como la de aquella alta mujer podría resistir.
Después de tan azarosos momentos se dio por entero a un solo pensamiento: preparar a su hijo Carlos para servir a la Patria, cuando comenzara de nuevo la guerra para lograr la redención de Cuba”.
Lo envió a los Andes, allá por donde su hermano Rafael poseía una hermosa hacienda, para que el joven en contacto con la Naturaleza, se pusiera en condiciones para afrontar los peligros de la futura revolución. Y en 1895, procedente de París, con el alma llena de ilusiones, con la herencia heroica de su gran padre, con el aliento de patriotismo inculcado por Ana de Quesada desde sus más tiernos años, Carlos Manuel de Céspedes y Quesada viene a su patria en una gran expedición, a la patria que materialmente no conoce, pero que la lleva grabada en el corazón.
Y la matrona ejemplar acompañó al hijo amado, al fruto de sus entrañas, para venir ella también a ayudar a combatir por la libertad de la tierra amada donde había visto la primera luz.
En el año de 1909, ya lograda la independencia de Cuba, dejó de existir Ana de Quesada, con la dicha inmensa de saber libre su país natal, donde tan grandes afectos suyos habían perdido la vida en aras del más hermoso de todos los ideales: “El Patriotismo”.
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