martes, 10 de agosto de 2010

HOY EN EL CALENDARIO CUBANO, 11 DE AGOSTO


En el Varadero


• Santos católicos que celebran su día el 11 de agosto:

- En el Almanaque Cubano de 1921:

Santos Tiburcio, mártir y Taurino, confesor y Santa Susana, virgen y mártir

- En el Almanaque Campesino de 1946:

Santos Tiburcio, mártir Taurino, confesor y Santa Susana y Filomena, vírgenes y mártires



El 11 de agosto en la Historia de Cuba

• 1933 -

- Comienzo la defección de las fuerzas armadas en protesta al Gobierno del Presidente Gerardo Machado.

• 1898 -

- Proyecto de Protocolo de Paz.

Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 453-454 nos describe los acontecimientos del 11 de Agosto de 1898 en la Historia de Cuba:

“Después de la conferencia celebrada en la Casa Blanca el 10 de agosto de 1898 por el embajador de Francia en Washington con el presidente y el secretario de Estado de la república norteamericana no podía prolongarse sino brevemente la situación anormal creada por la guerra de Cuba. Ya lo comunicó así Jules Cambon al duque de Almodóvar del Río. No pudo parecer extraño que al día siguiente estuviese listo el proyecto de protocolo de paz. Apareció, dentro de las formalidades diplomáticas, como obra de] embajador francés y del secretario de Estado norteamericano, con plenos poderes, respectivamente, de los gobiernos de España y de los Estados Unidos para precisar los términos en que ambas potencias se ponían de acuerdo.

“Todo ello era el resultado de la conversación sostenida la víspera por el portavoz en Washington del gobierno de Madrid y el presidente William McKinley. No cabía ya a la nación vencida otro recurso que el de aceptar las cosas tal como la fatalidad se las imponía. Ni estaba en ocasión ni oportunidad para cifrar nuevas y mejores esperanzas. Hasta corría el peligro de que cada otra hora agravase más la suerte de la descubridora del mundo americano.

“El primer artículo del proyecto de protocolo contenía por supuesto la solución del problema fundamental en la guerra: por él renunciaba España a toda pretensión a su soberanía y a todos sus derechos sobre Cuba. Acerca de este extremo nada había que discutir entre el vencedor y el vencido. Lo demás del proyecto de protocolo no era, ni con mucho, insignificante. Precisamente allí estaban los detalles que provocaron asperezas y entorpecimientos. Mas para Cuba, para el país que tanta sangre había derramado y tanto sacrificio había consumado por su libertad, por sacudir el yugo de la dominación española, la esencia de lo convenido en principio se hallaba en aquel artículo primero, síntesis de las más grandes aspiraciones de los patriotas.

“El 11 de agosto de 1898 fue un día laborioso para el secretario de Estado norteamericano, para el embajador francés en Washington y para el ministro de Estado español. Los hilos telegráficos trasmitieron entre los representantes de las naciones beligerantes y el de la nación intermediaria para llegar a la paz las trascendentales novedades precursoras de, la solución apetecida. La diligencia de cada quien correspondió al general anhelo de ver sin más dilación brillar la aurora del sosiego, de la concordia y de la reconstrucción.”




Bernarda Toro Pelegrín
( 1852 - 1911 )


Hasta el presente no habíamos incluido en estas biografías a ninguna mujer. Y no es que creyéramos que ellas no habían contribuido a la forja de nuestra nacionalidad. Por el contrario resulta imposible repasar las páginas de la historia de nuestra patria, sobre todo en aquella época en que los grandes sacrificios requerían de grandes hombres, para darnos cuenta inmediatamente que en la misma línea donde se encontraban aquellos insignes patriotas había mujeres de tanta calidad como ellos. Mariana Grajales, por ejemplo, será siempre un ejemplo vivo de la abnegación patriótica; Emilia Casanova merecerá siempre bien de la patria por su labor incansable; Bernarda Toro, la esposa del Generalísimo estuvo a la altura de su dignísimo compañero. La explicación que podemos ofrecer de que la hayamos escogido a ella para la primera biografía de mujer en esta sección es bien sencilla. Se debe a las efemérides. El 29 de noviembre se cumplen cuarenta y cinco años de su fallecimiento. Bien se merece, pues, que le rindamos este homenaje fervoroso a quien dio muestras de ser una mujer ejemplar.



El 20 de agosto de 1852 nació Bernarda Toro Pelegrín, en Jiguaní, Oriente. Era hija del matrimonio Francisco del Toro y Molina y Margarita Pelegrín y Acosta. Fue la décimo-primera hija. En total el matrimonio Toro-Pelegrín tuvo catorce hijos, de los cuales ocho fueron varones y seis hembras.

En 1868 vivía su familia en Charco Redondo, en una finca de su propiedad. Ya había muerto el padre. Fernando del Toro Pelegrín funge como jefe de familia, ya que es el hermano mayor. Apenas se conoce la noticia del alzamiento de Yara cuando Fernando del Toro reúne a sus hermanos y les invita a secundar el movimiento. Recogieron sus prendas y prendieron fuego a la propiedad. La madre, por su parte, reunió a sus hijas y salió también al monte, detrás de sus hijos.

Unas semanas más tarde, en febrero de 1869, llega a la zona de Jiguaní, como segundo del mayor general Donato Mármol, el mayor general Máximo Gómez. Atacan a Jiguaní que resiste por tres días consecutivos, teniendo que abandonarlo por haber llegado refuerzos españoles de Bayamo. Fue por esta época que el general Gómez debió haber conocido a Bernarda Toro, a quien cariñosamente apoda Manana. Ella vivía a la sazón en un rancho o campamento cuidado por sus propios hermanos. En marzo de 1870 retorna el general Gómez a aquella zona de Jiguaní para proceder a su invasión. La muerte del mayor general Donato Mármol, que ostentaba la jefatura del Distrito Cuba, obligó al general Gómez a trasladarse a aquella zona para hacerse cargo de aquel mando. Todo indica que entre marzo y junio de 1870 debió verificarse el matrimonio del bravo dominicano con la joven cubana. Debió haber sido en Charco Redondo y desde luego lo que sí sabemos es que fue ante el Prefecto cubano y que suscribieron el acta, como testigos, el Marques de Santa Lucía y Fernando Figueredo Socarrás. El tiene 34 años de edad; ella 18.

La luna de miel tuvo, pues, que ser interrumpida porque el esposo partió para su nuevo destino, iniciando, inmediatamente, la campaña de Guantánamo. Allá, en Charco Redondo, quedo Manana esperando al primer hijo. Un día los españoles asaltan el rancho. A pesar de su estado ella logra huir hacia el bosque, pero su madre, achacosa y vieja, quedó en poder del enemigo que la conduce a Jiguaní. Pocos meses después la íntegra anciana moría, mientras allá en la soledad del bosque venía al mundo el primer fruto del matrimonio Gómez-Toro. Es una hembra y se llamará Margarita, como la abuela materna recién fallecida. No vivirá mucho tiempo. Las privaciones de aquella dura campaña militar le arrebatarán a la vida a los pocos meses.

Hasta Guantánamo, donde ahora el general Gómez hace sentir su peso, se dirige la joven esposa. Allí nacerá el segundo de sus hijos. Fue el 1 de febrero de 1872. Es varón y se llamará Andrés, como el abuelo paterno. No vivirá tampoco mucho. Apenas si tiene once meses cuando muere. Es el 4 de enero de 1873. Pero ya la madre espera un tercer hijo que viene al mundo el 1 de mayo de ese mismo año. Es hembra y se llamará Clemencia, como la abuela paterna.

Apenas si tiene un mes de nacida cuando los españoles sorprenden el rancho donde la joven madre cuidaba a su hija. No tuvo tiempo más que para tomar a su hija y huir hacia el bosque inmediato. Dos días después la encuentran fuerzas cubanas. Habíase perdido y hallábase extenuada, sin alimentos, temiendo caer en poder de los españoles.

La muerte del mayor general Ignacio Agramonte traslado nuevamente al mayor general Máximo Gómez de la jefatura del Distrito Cuba a la del Departamento del Centro. El 9 de julio de 1873 ya estaba en su nuevo destino. Se inicia entonces la campaña camagüeyana. Tras el irá la esposa con su hija pequeña. Después vendrá la invasión de Las Villas. El 4 de enero de 1875 el mayor general Máximo Gómez cruza la trocha de Júcaro a Morón. El 14 de julio de ese mismo año, acompañada por el propio general Gómez, que había retornado a Camagüey, entre otras cosas a recogerla, cruza Bernarda Toro, con su hija, la Trocha, para seguir a las Villas al glorioso marido. En páginas bellísimas el general Gómez nos ha relatado aquel suceso, en el que su asistente, el viejo Edua, que llevaba a Clemencia en sus brazos se emociono tanto al verse del otro lado de la Trocha, que olvidándose de la niña que llevaba con el, comenzó a dispararle tiros a uno de los fortines inmediatos, mientras lanzaba estentóreos “viva Cuba Libre”.

El general Gómez se instala en un rancho junto al arroyo Toro, en La Reforma, en terrenos que entonces pertenecían al término municipal de Morón y que hoy pertenecen a Sancti Spíritus. Allí, el 11 de marzo de 1876, nació su hijo Francisco. La persecución española se hace muy activa. En 1877 nuevamente sorprenden el rancho donde vive Manana con sus dos hijos. Ella toma a Clemencia y huye en una dirección. Sixta, una sirvienta, toma en sus brazos a Panchito y huye en otra dirección. Pocas horas después fuerzas cubanas encuentran a Manana y a Clemencia. Tres días más tarde aparece la sirvienta con el niño, que se habían extraviado en el bosque. Durante ese tiempo había podido resolver el problema de la alimentación del niño, gracias a que había tenido la suerte de descubrir un nido de gallinas.

El 8 de diciembre de 1877 nace su segundo hijo varón y el tercero en orden cronológico, desde luego descontando los dos que ya habían muerto. No puede soportar por más tiempo la persecución española, sobre todo en lo que atañe a su familia y toma una decisión heroica y dolorosa. La enviará, a través de las líneas enemigas a un puerto para que se embarquen para Jamaica. El 21 de diciembre se separan. En su “Diario de Campaña” el general Gómez anota: “Hay dolores que se sienten, pero que no se pueden explicar”.

En enero ya están en Kingston. Antes de salir de Cuba el brigadier español Francisco de Acosta y Albear, cubano de nacimiento, se empeña en que la señora del general Gómez reciba, en calidad de préstamo personal, veinticuatro onzas oro. El 23 de enero de 1878 apenas desembarcada en Kingston, la señora del general Gómez se presenta en el Consulado de España y entrega las veinticuatro onzas oro, pidiéndole al Cónsul que las remita al brigadier Acosta.

El 3 de marzo de 1878 abandona la isla de Cuba el mayor general Máximo Gómez. No ha discutido ni aceptado el Pacto del Zanjón. Se ha limitado a esperar por la decisión de los cubanos. Estos mayoritariamente, optaron por su aceptación y el no tenía nada que hacer en consecuencias en los campos de Cuba. Cuatro días más tarde llego a Montego Bay. El 11 de marzo se reúne con su familia en Kingston. Según el mismo consigno en su Diario, estaban “en la más espantosa miseria”.

Comienza entonces lo lucha por sacar o su familia del estado en que se encontraba. Y comienza también la lucha con la injusticia de los cubanos que le acusaban de ser el responsable del Pacto del Zanjón. En el silencio de su modestísimo hogar Manana soporto las privaciones y también el dolor y la pena del esposo acosado por calumnias sin nombre. El 9 de julio la situación se le hace tan desesperada. Ha fracasado en una plantación de tabaco organizada en Corbet. En su Diario escribe: “Pobre cubana, se unió o mí paro ser tan desgraciada como yo”. Ese mismo día decide trasladarse, con Manana enferma, a Kingston. Unas semanas más tarde le invitan, de parte del gobierno de Honduras a trasladarse a cual país. Acepta y es designado general de división del ejército hondureño. Primero va sólo. Vive en Amanala, cuya comandancia militar desempeña. Después se traslada a Tegucigalpa. El 19 de septiembre de 1880, cuando la esposa vive aun en Kingston, nace otro hijo al que llamarán Urbano. En 1881 se traslada con su familia paro Honduras. Allí las penas y las miserias se le multiplican. El 16 de febrero de 1882 se le muere su segundo hijo Andrés.

Manana vuelve a enfermarse gravemente. Al fin los cubanos desterrados recomienzan la obra revolucionaria. Como no habían aceptado nunca el Pacto del Zanjón, desde el primer día se entregaron a la torea de preparar la nueva revolución. A Honduras envían delegados que le plantean al general Gómez las posibilidades, de acuerdo con lo que ya se ha actuado en los Estados Unidos. El 2 de agosto de 1884 el general Gómez sale de Honduras para Nueva Orleáns. Recorre los EE. UU. Pocos meses después llevo o su familia a Nueva Orleáns. Allí nace, el 21 de noviembre de 1884, su hijo Bernardo, que es uno de los que aun viven como legítimos descendientes de aquella gloriosa estirpe. Al año siguiente envía a la familia a Jamaica. Unos meses más tarde, en Marzo de 1886, el propio general Gómez, decepcionado ante el fracaso, regresa junto o lo familia. Allí nace el 29 de noviembre de 1887 otro hijo, al que llamará Andrés, al igual que el abuelo paterno y que los otros dos hermanos fallecidos.

De Jamaica la familia se traslada a Santo Domingo. Con la ayuda que le prestó Juan Isidro Jiménez organizó un cafetal y una vega de tabaco a unas veinte leguas de Montecristi. En recuerdo al lugar donde había nacido su hijo Francisco, llamará o su nueva finca “La Reforma”. Allí nacerá el 3 de agosto de 1889 el más pequeño de sus hijos. Es una niña y se llamará Margarita como la abuela materna y como la primera hija ya fallecida. Es otra de las que viven en la actualidad.

La propaganda desarrollada por José Martí en los Estados Unidos produce sus resultados. La emigración se une en torno a la idea del Partido Revolucionario Cubano. El 11 de septiembre de 1892 el general Gómez recibe la visita de José Martí que ha ido hasta La Reforma para informarle. Al año siguiente retornará Martí. Es para ofrecerle, a nombre del PRC la jefatura del Ejército Libertador. Ya no hay nada que discutir. La suerte está echada. Manana sabe que de un momento a otro el viejo guerrero abandonará la casa para irse a Cuba a desencadenar aquella guerra que José Martí calificaba como “justa y necesaria”. En febrero de 1895 están juntos Martí y Gómez en Montecristi. El 24 de ese mes el pueblo cubano se lanza de nuevo a la pelea. Ya Martí y Gómez cuentan los minutos porque la impaciencia los consume. El 1° de abril abandonan los dos patriotas a Montecristi y diez días después desembarcan en Playitas. Desde Playitas se inicia vigorosa la campaña. Maceo queda, en Oriente preparando el contingente invasor. El general Gómez pasa a Cabagüey. Desde Ciego Najasa, el 22 de agosto de aquel mismo año, escribe el Jefe del Ejército Libertador a Tomás Estrada Palma: “Le agradeceré a usted mucho que usted se ocupe de mi Manana. Con la llegada de Martí, derrotado, a buscar mi amparo, apenas tuve tiempo de ocuparme bien de mi familia, al contrario me fue preciso echar mano de lo que debía dejarle”. Pero cuando el Delegado le escribe informándole de su decisión de enviarle algún dinero, la gloriosa mujer le contesta renunciando a toda ayuda, porque Cuba lo necesita con más urgencia y mientras ellos puedan ganarse un pan, deben hacerlo, dejando para la patria todos los recursos.

La carta es tan hermosa que Estrada Palma la hace publicar en Patria y escribe, a su vez, el general Gómez diciéndole que ella ha demostrado ser “la digna consorte del noble y distinguido patriota que unió su suerte a ella en los campos de la patria por amor puro y estimación justa”, y la compara con las matronas romanas y las madres lacedemonias.

A mediados de 1896 Manana realizará un nuevo sacrificio. Ya había tenido bastante con resignarse a dejar partir a Panchito Gómez Toro. Y se decide a aprender a torcer cigarros, por si la necesidad le demanda ese nuevo sacrificio. Tomás Estrada Palma ordena que se le entreguen quinientos pesos oro, pero ella se niega a recibirlos y costó mucho trabajo al Delegado poderla convencer que los aceptara. Pero rechaza la pensión que se le ofrece. “Las que hemos dado todo a la Patria: padre, esposo, hijos... apenas si tenemos tiempo para ocuparnos de las necesidades materiales de la existencia. Aun me queda mi hijo Maximito, de diecisiete años, que labrando la tierra me trae pan bastante blanco con que satisfacer las necesidades de la vida: aun nos queda con que contribuir mensualmente a la redención de la patria y no debe gastarse en pan lo que hace falta para pólvora”.

Un dardo más doloroso aun se le clavará en el pecho a fines de ese año de 1896. Su hijo Francisco, aquel que animoso y entusiasta la abandonara unos meses antes para dirigirse a Cuba, ha caído gloriosamente en Punta Brava, junto al mayor general Antonio Maceo. La campaña de Cuba prosigue impetuosa. Su glorioso compañero destroza, día a día, al enemigo en mil combates que libran sus generales, cuando no el mismo. En 1898 España abandona la partida. La entrada de los Estados Unidos en la guerra pone fin al conflicto, cuya suerte ya estaba decidida desde hacia mucho tiempo atrás por la propia tenacidad y heroísmo de los patriotas cubanos.

El 24 de febrero de 1899 al frente del Ejercito Libertador entró en La Habana el mayor general Máximo Gómez. Fue apoteósico el recibimiento. De La Habana partió pocas semanas más tarde el glorioso guerrero para Santo Domingo. Va a buscar a la familia. Cuando regresan fue otra apoteosis. El pueblo de La Habana no quiso que el coche en que irían, desde el muelle hasta su casa, el matrimonio Gómez Toro fuese tirado por caballos, sino por el propio pueblo. Asiste entonces a la exhumación de los restos de su hijo, enterrados, junto con los del general Maceo en Cacahual.

La República se establece al fin. El mayor general Máximo Gómez no acepta la Presidencia. Prefiere refugiarse en su casa, junto a la familia, junto a Manana. Ella le cerrará los ojos el 17 de junio de 1905. Le sobrevivirá seis años. El 29 de noviembre de 1911 falleció en La Habana. Su cadáver está enterrado, junto al de su glorioso marido, en el Cementerio de Colón. Con ella desaparecía una cubana ejemplar, una cubana que contribuyó con su entereza, con su grandeza, con su rectitud a la gran forja de la nacionalidad en la misma medida que su esposo, en la misma medida que los demás libertadores.




Serafín Sánchez
En Próceres
Por Néstor Carbonel

“Nació el 2 de julio de 1846.”
“Murió el 18 de noviembre de 1896.”


“Lo muerte orea lo vida. El recuerdo de aquellos hombres sublimes que en 1868, primero, y luego en 1895, saltaron -como dijo Martí- del altar de sus bodas o del festín de la fortuna al caballo de pelear, y cayeron de caro al enemigo, sin más ambición que lo santa ambición de lo libertad, es luz que no se apaga y hospedaje gratísimo para el alma de cuantos no se han cansado todavía de ser los aristócratas del patriotismo, los cuelliparados del puro ideal de la revolución, los imperialistas de la verdadera democracia y los demócratas y los republicanos verdaderos, sin costra ñañiguil ni cascabeles demagógicos... Lo muerte oreo la vida. El recuerdo de un hombre como Serafín Sánchez, caballero sin tacha y sin reproche, militar y escritor, valiente y juicioso, conforta y recompensa, en estos tiempos de hombres superficiales, soberbios y hambrones, de muchedumbres de alquiler, que van por lo vida como con permiso, pensando únicamente en la manera de enriquecerse, aunque sea a costa del honor. La muerte orea la vida. Recordando al bravo subalterno de Ignacio Agramonte en la tragedia de Jimaguayú, al heroico paladín de cien combates durante la década sangrienta, al iniciador en las Villas de la guerra chiquita, al colaborador incansable y tenaz de Martí en la organización y desarrollo del Partido Revolucionario Cubano, al Mayor General caído en 1896 en el Paso de las Damas, el corazón siente que por sus valles y sus montes corre el arroyo manso de la esperanza... Porque hay vidas tenebrosas, a las cuales asomarse es sentirse con náuseas. Pero hay otras que son como un pedazo de cielo azul, como una ventana que da al campo verde, como una gota de rocío al través de la cual se vieran evolucionar las estrellas e incendiarse las melenas del Sol...



“En la ciudad de Sancti Spíritus, hijo de una madre virtuosa y de un padre honrado, nació Serafín Sánchez. Aprendió las primeras letras en una escuela de barrio, pasando luego a un colegio de jesuitas, donde recibió más amplia educación. Joven, con veinte años apenas, comienza a trabajar de agrimensor, ocupación que le seduce, enamorado de la vida al aire libre. Aunque mozo fuerte y rico, fue su juventud serena, reposada. Conocedor de la injusticia de que era presa su patria, el corazón le latía, alucinado por radiantes quimeras de redención. La guerra iniciada en Oriente por Céspedes, y secundada en noviembre por el Camagüey, prendió en las Villas más tarde. De los primeros en salir al monte en este territorio fue Serafín Sánchez, quien, acompañado de algunos amigos y camaradas, se incorporó a Honorato del Castillo, pulcro y valiente jefe. Luego se une al coronel Leonte Guerra, bravo entre los bravos, asistiendo a la toma de Mayajigua y al ataque de Chambas. Después de estas andanzas volvió de nuevo al lado de Honorato del Castillo, con quien estuvo hasta el día fatal, hasta la hora aciaga en que tan valioso General fue muerto en mitad de un camino, cuando iba tal vez a llevar una flor a una hermosura.



“Muerto Honorato del Castillo, tomo el mando de las fuerzas espirituanas Angel del Castillo, primo hermano de aquel, uno de los más valientes campeones de la revolución cubana. A sus órdenes se bate Serafín Sánchez en las cercanías de Ciego de Avila, contra la columna del teniente coronel español Ramón Portal, inductor de la muerte de Honorato del Castillo. Fue en este encuentro donde el temerario paladín, colérico, machete en mano, se echo sobre los artilleros enemigos, y después de matarlos o herirlos, se montó a horcajadas sobre la pieza de artillería, dando gritos de victoria, mientras los contrarios se rendían a discreción o huían despavoridos como si hubieran visto combatiéndolos al mismísimo Satanás. A partir de esa memorable acción viéronse diezmadas las fuerzas cubanas por el cólera terrible. Uno tras otro vio Serafín Sánchez caer rendidos, con un ¡ay! estrangulado en la garganta, a más de cien de sus compañeros. Ante el temor de desaparecer todos heridos por la cruel epidemia, dispuso Angel del Castillo que los enfermos se quedaran en la finca Guajales, en tanto que los demás componentes de la fuerza se diseminaban. La disposición era, por un lado, humana; por otro, cruel. ¿Cómo dejar solos, en el desamparo más absoluto, a aquellos moribundos? Por otro lado, ¿quién de los no atacados aceptaría quedarse con ellos? El General no se atrevió a mandar. En tono de súplica preguntó si alguno se atrevía a quedarse haciendo compañía a los desdichados enfermos. A la pregunta, conmovedora, respondieron unos cuantos, quince soldados y dos oficiales. Uno de los últimos era Serafín Sánchez. Dos días permanecieron allí los abnegados acompañantes de aquella legión horrible! Dos días en que no hacían más que enterrar muertos! ¡Lo único que había que hacer, pues no había con qué curar! De cuantos se quedaron allí, en la finca Guajales, enfermos y no enfermos salieron con vida siete. Entre ellos, Serafín Sánchez...



“Días después de estos sucesos, se incorporó de nuevo a Angel del Castillo, asistiendo al derrumbe en la hondonada de Lázaro López, de aquel fiero campeón de la libertad. Y por salvar de la furia enemiga el cuerpo inerte del héroe legendario, expuso valientemente la vida. Sin jefe otra vez, sirvió temporalmente a las órdenes de Cristóbal Acosta, Marcos García, José Payán y Diego Dorado, el valiente andaluz, de quien fue ayudante algún tiempo. Sofocada la revolución en las Villas, marchó al Camagüey, donde se incorporó al mayor general Ignacio Agramonte. Al frente de ochenta hombres, chinos en su mayoría, asiste a la acción de Jimaguayú, donde se eclipsó para siempre la vida de aquel hombre estupendo, legislador y soldado. Cuando, en sustitución de Agramonte, pasó al Camagüey Máximo Gómez, a las órdenes del insigne caudillo asistió a numerosos combates, entre otros a los de Palo Seco, La Sacra y Naranjo, timbres de gloria del ejército cubano. Más tarde asaltó Serafín Sánchez el fuerte San Antonio del Jíbaro, al frente de escaso número de hombres, logrando un verdadero triunfo gracias a la oportuna llegada del general Julio Sanguily. Nombrado jefe de la brigada de Sancti Spíritus, libró encuentros en las Nuevas del Jobosí, Guayo y la Campaña, lugar este último donde se apoderó de un gran convoy.



“Firmada la paz del Zanjón, depuso las armas y se fue para su pueblo natal, donde contrajo a poco matrimonio con Pepa Pina, digna compañera de su ejemplar vida. De su plácida tranquilidad lo hizo saltar, a fines del año 1879, la noticia de que de nuevo se estaba combatiendo en Oriente por la independencia. Con Roloff, Cecilio González y Emilio Núñez, echóse al monte resueltamente. Meses nada más duró aquella guerra. Vencida, salió Serafín Sánchez para los Estados Unidos, y de allí para Santo Domingo, refugio cariñoso de los cubanos proscriptos en aquellos tiempos grandes. En Santo Domingo consagróse a trabajos agrícolas. Once años permaneció en la tierra hermana de la de Cuba, al cabo de los cuales volvió a New York y de allí a Cayo Hueso. En el peñón glorioso aprendió a escoger tabaco, y así vivió, sin medrar ni ponerse a vivir de la fama y renombre que conquistara en las luchas contra la tiranía. De otros es poner de mercadería la conquistada en la lucha hermosa; de Serafín Sánchez, continuar con la austeridad de la existencia sirviendo a la patria.



“Al organizarse el Partido Revolucionario Cubano bajo la égida de Martí, Serafín Sánchez se convirtió en el mejor y más constante colaborador del Apóstol. Era orador y escritor. El Yara y Patria guardan muchas páginas brillantes debidas a su pluma. Y todavía viven muchos de los que escucharon sus arengas desde la tribuna, revolucionaria. El fue el mediador entre Martí y los jefes de la guerra grande, dispersos entonces por el mundo, y algunos, descreídos y echados sobre los laureles. Su labor al lado de Martí fue verdaderamente admirable. La correspondencia que durante los tres años de propaganda revolucionaria sostuvo Serafín Sánchez, formarían algunos volúmenes.



“Hombre de muy variada cultura, su prosa se leía con facilidad y su palabra era escuchada con agrado. Su obra Los héroes humildes es una colección de ensayos biográficos, en donde relata la vida gloriosa de algunos héroes que, por ser humildes, sin su devoción por la justicia hubieran quedado en la oscuridad. Su memoria era maravillosa: su mente era un archivo sin anaqueles ni estantes. Su rostro era de expresión dura; pero apenas hablaba se le veía el alma buena, más dada a la alegría que a la tristeza.



“Si el plan primero forjado por Martí no hubiera fracasado en Fernandina, por la delación de un malvado, Serafín Sánchez hubiera sido de los primeros en llegar a Cuba al mando de una expedición. A él se le tenía señalado lugar preferente en el mando de los barcos contratados entonces a ese fin. A pesar del fracaso, fue la expedición Sánchez-Roloff una de las primeras que llegó a Cuba. En territorio de las Villas desembarcó en 1895. Apenas puso pie en tierra, organiza, pelea. La ola de la invasión lo encuentra en su camino y se lo lleva. Hasta Calimete llegó, regresando a las Villas, donde mandó los combates de Manajanabo, Dos Caminos, El Faro, Alberich, Calabazas y Manaquitas-Capiró. Después de esta acción no libró más que aquella donde había de perder la vida después de distribuir y organizar la batalla. El plomo que le quitó la existencia fue piadoso, pues no le dejó, como a otros, vida para asistir a su propio velorio. Cerca del lugar mismo donde fue muerto, en Pozo Azul, se detuvo su fuerza descabezada. Allí levantaron pabellón y acostaron el cuerpo inerte del General en una hamaca, y le hicieron guardia sus oficiales y soldados, hasta que el día vino, y, tristes, llorosos, enterraron su cuerpo en tierra del potrero Las Olivas, en tanto que su alma, libre de la pesada envoltura, volaba, quizás trasponiendo el porvenir, hacia qué regiones lejanas...

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