
En la Calzada de El Cerro, La Habana
• Santos católicos que celebran su día el 13 de agosto:
- En el Almanaque Cubano de 1921:
Santos Juan Berchmans, confesor, Hipólito y Casiano, mártires y Santas Elena y Aurora, virgen y mártir
- En el Almanaque Campesino de 1946:
Santos Hipólito y Casiano, mártires Juan Berchmans, confesor y Santas Elena y Aurora, virgen y mártires
• Natalicios cubanos:
Bousquet Puig, José Domingo: -Nació en La Habana el 13 de agosto de 1823 y en ella murió el 6 de abril de 1875. Virtuoso del violín cuyas primeras lecciones recibiera del maestro Gavira. En 1845 pasó a completar su educación musical en París, en cuya ciudad obtuvo grandes triunfos, así como en el resto de Europa en jira artística que realizó después de 1856, regresando finalmente a Cuba, en donde dirigió la orquesta de Santa Cecilia y se dedicó a dar lecciones.
El 13 de agosto en la Historia de Cuba
• 1898 -
- Cesación de Hostilidades.
Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 457-458 nos describe los acontecimientos del 13 de Agosto de 1898 en la Historia de Cuba:
“El proyecto de protocolo de paz entre España y los Estados Unidos con motivo de la guerra de Cuba quedó aprobado por las potencias contendientes a las cuatro y media de la tarde del 12 de agosto de 1898. Ya el Mundo sabía que en las Antillas cesaba el choque de las armas a la vez que se anunciaba el fin de la dominación de España en América.
“El Embajador comunicó inmediatamente a Madrid la nueva de haber firmado las bases de la paz. El telegrama contentivo de la noticia fue alcanzado al ministro de Estado de España por el embajador de Francia en Madrid. Con la expresión de tamaño suceso trasmitió Jules Cambon la de que el presidente McKinley había querido firmar inmediatamente después, a su presencia, el decreto mandando a los jefes de las fuerzas federales de mar y tierra que suspendiesen sin dilación las hostilidades.
“En Madrid se reunió el Consejo de Ministros el 13 de agosto de 1898. El de Estado lo informó de lo acordado en Washington el día antes. El Gabinete, luego de aprobar la firma del protocolo de paz, dispuso se trasmitiese a los jefes de los ejércitos españoles la orden de abstenerse de toda hostilidad contra las tropas norteamericanas de mar y tierra. Así lo dijo, en despacho de la propia fecha, el duque de Almodóvar del Río a Jules Cambon, a quien no dejó de congratular, en nombre de la Reina. Regente y del Gobierno, por el acierto con que había sabido llevar hasta su término una negociación de tanta trascendencia, según su frase, para España.
“El resentimiento de los españoles intransigentes para con los libertadores cubanos no perdía, en medio de tan graves acontecimientos, ocasión para manifestarse. Ya, atento a las instrucciones de Madrid recibidas, el embajador de Francia había tenido el cuidado de poner en conocimiento del gobierno norteamericano que el español contaba con que aquél tomaría las medidas necesarias para impedir toda agresión por parte de las fuerzas separatistas en Cuba. Era una manifestación más de una incurable pesadilla contra los hijos del país que luchaban y se sacrificaban por su libertad. No pudo tampoco el Ministro de Estado dejar de referirse, al comunicar a Washington el acuerdo del Consejo acerca del protocolo de paz, al propio asunto de la observancia del armisticio por parte de los separatistas de Cuba, cuya inclinación al perdón y al olvido tantas veces se había exhibido en la larga y sangrienta lucha que llegaba a su término definitivo.”


Luz Vázquez
en Patriotas Cubanas
por la Dra. Vicentina Elsa Rodríguez de Cuesta
Luz Vázquez y Moreno, nació en el año de 1831, de criolla alcurnia, de familia de sentimientos ampliamente separatistas, en la ciudad de Bayamo, situada junto al río de su nombre en la provincia oriental, que fuera antiguo cacicazgo indio ocupado en 1512 por Pánfilo de Narváez y considerada cómo una de las comarcas más progresistas, florecientes y díscolas, en el andar de los años de la época colonial.
Alta, delgada, de piel trigueña, de ojos negros, profundos y vivaces, era considerada en 1851, al cumplir los veinte años, como una de las más destacadas bellezas de aquella época, por lo que constituía un verdadero ornato en los bailes y tertulias de “La Filarmónica”, la cubanísima Sociedad, situada entonces cerca de la amplia plaza de Isabel II.
Bayamo vivía en aquellos tiempos de mediados del siglo pasado, una existencia lánguida, al igual que las demás ciudades de la isla, y más si cabe la palabra, por el hecho importante de no ser puerto de mar.
La juventud bayamesa tenía por costumbre continuar los romances comenzados al compás de un vals, ante la reja de la joven a cuyos oídos se hacían llegar las notas armoniosas de las serenatas que rasgaban el silencio de las noches serenas.
Luz Vázquez fue la trigueña beldad que inspirara la famosa canción “La Bayamesa”, cuyas notas dulces, apasionadas, vehementes y tristísimas, no solo conmovieron su tierno corazón, sino que sirvieron años después para, cambiando su letra, exaltar el ánimo de los valientes libertadores cubanos y cuyos cien años, acabamos de conmemorar en el pasado año de 1951.
Francisco Castillo Moreno, apuesto y caballeroso, excelente músico, fue el apasionado galán con quien cooperaron en la letra el dulce poeta José Fornaris y Carlos Manuel de Céspedes, el inmortal Padre de la Patria, siendo la magnífica voz de tenor de Carlos Pérez, la que iniciara aquella clarinada de gloria, en la noche sublime e inolvidable del 27 de Marzo de 1851.
La bellísima Luz y el “músico-abogado” contrajeron nupcias, naciendo de esta unión de amor, siete hijos: Pompeyo, Francisco, Lucila, Adriana, Leonela, Atala y Heliodoro. Diez y siete años después, en Octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes inicia nuestra primera gesta emancipadora y Castillo Moreno y su heroica mambisa Luz Vázquez, son de los primeros cooperadores de la empresa gloriosa.
El esposo amante acompañado de su hijo Francisco (que murió en el combate) parte a la campiña insurrecta.
Luz los despide con la más tierna de sus sonrisas y las más alentadoras de sus palabras.
Y aquella mujer espartana, ve morir a su hijo Pompeyo, el mismo día de la toma de Bayamo, abriendo con el corazón partido de dolor, los vastos salones de su mansión señorial, para celebrar la victoria cubana, horas después del entierro del hijo amado.
Aquella mujer extraordinaria, recibe después la fatal noticia de la muerte de otro hijo: Francisco, y enlutada, adolorida, pero resuelta, arenga a una de sus hijas: Atala, para que fuera a cantar el himno de Perucho Figueredo con “Canducha”, la simpar abanderada de aquella tarde inmortal.
Ausente el esposo, muertos dos hijos, pasa Luz por la pena inmensa de ver tuberculizarse a su hija Lucila. Perdidos seres queridos, bienes de fortuna, convertido en escombros su venturoso hogar, que prendiera con sus propias manos en el incendio de Bayamo; Luz Vázquez, acompañada de Adriana y ayudada por el resto de su prole, coadyuva en la obra de insurrección, y de ella dijo Francisco Vicente Aguilera, el venerable patriota, “que era una joya de inestimable valor”.
Bayamo, convertido en un promontorio de ruinas, albergó a varias familias que regresaron acosadas por los españoles.
¡Desconsolador espectáculo que ofrecía el pueblo que había sido, en prosperidad y riqueza, el segundo de la isla, y más aún el de aquellas cubanas hambrientas y haraposas que arrastraban sus hijos para guarecerse en los restos de casas ennegrecidos por el humo!
A una de aquellas guaridas, en la calle de San Francisco, en la cochera de lo que había sido su aristocrático hogar, llegó Luz Vázquez con Adriana más cerca de la muerte que de la vida, abrasada por la fiebre del tifus que le arrancaba la existencia y Lucila traspasada por terrible tuberculosis o peste blanca.
Adriana sucumbió de un síncope, no sin antes haber entonado el Himno de Bayamo.
Muerta Adriana, toda su atención recayó en Lucila, cuya enfermedad, sacudida por tantas emociones, avanzó notablemente. La tuberculosis le destrozó los pulmones. En esas condiciones, una noche le sobrevino un fuerte ataque de hemoptisis, al cabo del cual perdió el conocimiento.
Un medico español, condolido por las desgracias acaecidas a aquella pobre familia, trataba inútilmente de reanimarla. Llamado de improviso por el Conde de Valmaseda, tuvo que abandonar la enferma. La madre, desde aquellos instantes, consternada y llorosa, se arrodilló junto al lecho en espera ¡terrible espera!- de que la vida tornase a la que parecía cadáver.
Pasaba el tiempo y su mirada, suplicante, indagadora, no se apartaba del rostro de su hija.
¡Suplicio horrible, superior a su corazón, mimado ya por todas las desgracias! Allí, de rodillas, bajo el peso abrumador de la angustia, atolondrada por la fatalidad, transcurriendo el tiempo, cayó herida por un dolor tan grande como su soledad, y abrazada al que creía cadáver de su hija, ¡quedo muerta!
Y así terminó la vida de Luz Vázquez, mártir sublime de la historia de Bayamo, e inspiradora de una de las más hermosas páginas musicales de nuestra vida colonial.

LEONCIO VIDAL, MARTIR DE LA INDEPENDENCIA
Ninguna provincia de Cuba ha dado a la independencia más mártires que Las Villas. Miró Argenter las llamó “corazón del país” en párrafos bellos, y Ramiro Guerra ha dicho que “ninguna región de Cuba supera a los villareños en heroísmo ni en espíritu de sacrificio”. En efecto, de los asambleístas de Guáimaro, además de Céspedes y Agramonte, los únicos que cayeron peleando en la Guerra del 68, fueron los seis delegados villareños. Viene la Guerra Chiquita del 79 y el brazo de los hijos de estos lares es el último en rendirse. Se desencadena nuestra última gesta redentora y la provincia entera se vuelca animosa.
En la lucha, uno de los que más se distingue es Leoncio Vidal Caro. Había nacido en Corralillo el 12 de septiembre de 1865. Los primeros años de su juventud los pasa en Barcelona (España), donde residen algunos familiares (uno de ellos era el famoso general Mola, que junto al siniestro Franco hizo la última guerra civil española y luego pereció en un accidente de aviación).
De regreso a Cuba, Leoncio Vidal se consagra activamente a la política autonomista en el término de Camajuaní. Pero en este Partido dura poco. Los chambelanes del opresor no pueden ser tomados como guías, precisamente cuando junto a ellos otros espíritus se yerguen retadores. De ahí que, como otros tantos militantes, tan pronto estalla la Revolución, Vidal se lanza al campo de la guerra. Todo lo sacrifica para cumplir lo que para él constituye su más alto deber patriótico.
En febrero de 1896 se une a otras fuerzas que marchan a Vueltabajo, volviendo poco después a su territorio de Villaclara. Sus actividades de guerrero las va anotando en su “Diario de Campaña”, que señala las innúmeras acciones en que toma parte. Es un hombre temerario que se encima sobre la muerte a cada minuto. En lo más recio del conflicto, cuando Weyler en Las Villas movía sus columnas por todo aquel territorio, Leoncio Vidal asalta la ciudad de Santa Clara. Arrojo y valentía era preciso para empresa tan audaz. En ella dejó la vida nuestro heroico mambí. El parte oficial no tanto, como una correspondencia periodística nos habla de lo que fue tal hazaña. A la una de la madrugada del 23 de marzo de 1896, eran despertados los vecinos por el tropel de mil caballos y descargas incesantes de fusilería. Además, un inmenso vocerío dando vivas a Gómez y Maceo y a Cuba Libre, acompañados por los gritos de “Al machete”. Aquello era la señal más evidente de que los insurrectos estaban dentro de la plaza. Mientras unos grupos trataban de surtirse de lo más necesario, otros recorrían las calles dando gritos y haciendo disparos. La pólvora corría. Uno de tales grupos, como de 30 hombres llegó al Parque Central. Fueron repelidos por las fuerzas españolas destacadas en el Teatro y en los bajos de la Audiencia.
Restablecida la calma, entre los mambises había dos muertos: uno era un pobre vendedor ambulante que se había unido a los insurrectos; el otro era el coronel Leoncio Vidal. Su intrepidez le había costado la vida. Expuestos ambos cadáveres al público, Vidal tenía un balazo en el pecho y otro en la frente, que desfiguraban su apuesta presencia.
Al ahondar en nuestro heroico pasado, vale recordar las palabras de un gran español, don Nicolás Estévanez, quien en su “Historia de América”, dice: “Exceptuando Venezuela, ninguna república de América derramó tanta sangre como la de Cuba, ni hizo tantos sacrificios, ni tuvo tantos mártires”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario