
En Santa María del Mar, La Habana
• Santos católicos que celebran su día el 8 de agosto:
- En el Almanaque Cubano de 1921:
Santos Ciriaco y Emiliano, mártires y Severo, confesor
- En el Almanaque Campesino de 1946:
Santos Ciriaco, Largo, Esmeragdo y Emiliano, mártires y Severo, confesor
El 8 de agosto en la Historia de Cuba
• 1898 -
- Renuncia de Calixto García.
Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 447-448 nos describe los acontecimientos del 8 de Agosto de 1898 en la Historia de Cuba:
“El incidente desarrollado en Santiago de Cuba el día en que la plaza quedo en poder de las fuerzas norteamericanas, entre el jefe de éstas y el mayor general Calixto García, tuvo diversas consecuencias. Se vio como el Lugarteniente del Ejército Libertador, indignado ante la desconsideración de que eran víctimas los soldados cubanos que habían tomado parte en el asedio de la ciudad oriental, se apresuro a abandonar la zona pacificada y se dirigió hacia Holguín, en busca de españoles, con quienes combatir. Mas su reacción no paro en aquello. El general García formuló su renuncia de jefe del Departamento Oriental, la que fundo en razones de delicadeza muy naturales en él. Y en 8 de agosto de 1898 Máximo Gómez, con el carácter de General en jefe, comunico al dimisionario:
“"General: La renuncia razonada del destino que usted desempeña de Jefe del Departamento Oriental se la acepta este Cuartel General, salvándolo así de la desairada situación en que en su concepto lo han colocado los sucesos ocurridos en la toma de la ciudad de Santiago de Cuba por fuerzas del ejército americano, auxiliado por algunas del Ejército Libertador.
“"Y se le acepta también complaciéndolo en la súplica que hace con tal fin.
“"Con esta fecha paso ordenes a los jefes del cuerpo de ejército y de divisiones para que se entiendan directamente con este Cuartel General."
“Los enemigos del ilustre caudillo pudieron quedar entonces satisfechos, sin meditar por supuesto en las causas de la aparente caída del general García, tan entero y tan digno ante la inexplicable e incalificable conducta de Shafter. Pero no fue así, por desdicha. Los enemigos del general García quisieron llegar a más. No contentos al parecer con que se aceptase simplemente la renuncia al Lugarteniente, no hallaron empacho en dirigirle un escrito en forma tan descompuesta como la siguiente:
“"El Consejo de Gobierno, en sesión celebrada el día de hoy, acordó destituir a usted del empleo de Lugarteniente General del Ejército, por haber dejado de merecer la confianza que en usted tenía depositada el Gobierno."
“Este acuerdo del Consejo de Gobierno de la República, comunicado a García por el secretario interino de la Guerra, era todo un exponente de ingratitud para con el veterano campeón de las libertades patrias. Hacerle objeto de tal ligereza en los momentos en que la brega tocaba a su fin resultaba ciertamente un golpe jamás merecido por quien con tanto denuedo y tanto provecho para la causa patria había peleado en la guerra del decenio y en la que era ya coronada por la victoria. No faltaron Jefes insurrectos que pretendiesen asumir una actitud violenta y hostil hacia el Consejo de Gobierno. Pero el prócer se opuso a toda protesta, acalló la indignación de los suyos y se mantuvo invencible en su criterio de que era preciso sacrificarlo todo, pasiones, intereses, hasta la propia justicia, en los instantes en que se hallaban obligados los cubanos a demostrar su capacidad para el gobierno propio y los libertadores a ofrecer ejemplo de templanza y superioridad.”

Ana María Sotolongo
En Patriotas Cubanas
Por la Dra. Vicentina Elsa Rodríguez de Cuesta
Ana María Sotolongo nació en la Habana en 1845, de familia noble y rica, de abolengo muy cubano, ya que su ilustre apellido figura como uno de los primeros que vinieron a Cuba poco después de los conquistadores.
Casó muy joven, con Antonio Fernández de Lara, también de esclarecida estirpe.
Amó a Cuba y luchó por ella con denuedo inigualado; pero nunca superado por nadie; su valor la hizo heroína en la tragedia cubana.
Presa y encarcelada en la “Casa de las Recogidas”, sufrió su desventura con resignación.
Desde su cautiverio alentaba a los patriotas, recordándoles los famosos versos de Perucho Figueredo: “que morir por la patria es vivir”.
Revisada su casa durante su estancia en la prisión, fue encontrada en ella por la policía al servicio de España, dinamita, municiones, fusiles, rifles, proclamas, material médico y todo un completo arsenal de guerra, que ella había sabido atesorar y que burlando la vigilancia enviaba en distintas ocasiones al campo de la insurrección.
Puesta en libertad en 1893, entregó su alma a Dios dos años después, con el sereno regocijo de los que piensan que han cumplido con el deber que impone el patriotismo.

Ramón Pintó
En Próceres
Por Néstor Carbonel
“Nació el 20 de junio de 1803.”
“Murió el 22 de marzo de 1855.”
“No es el único español que amó la libertad de Cuba, ni el único que por ella sacrificó la vida. Otros también la amaron, y por conquistarla se sacrificaron. Pero ninguno tiene ganado puesto más prominente en nuestra historia que el catalán franco y generoso, precursor de Céspedes y de Martí en el alto empeño de crear una nación libre sobre las ruinas de la colonia esclava. El cadalso donde murió agarrotado fue antecesor del Calvario de San Lorenzo y del Calvario de Dos Ríos! Ramón Pintó, como López, como Agüero, dejó caer en el surco abonado con su sangre la simiente de la patria, que otros, más afortunados, habrían de construir, y otros ¡ay!, más tarde, logreros o patriotas, habrían de creer finca de su propiedad o templo bendito de sus más caros amores.
“En Barcelona, la ciudad más progresista de España, nació. De niño fue al colegio, y en su juventud, estudió para fraile. Para graduarse estaba, -o graduado ya,- cuando la perturbación en Madrid de 1820 a 1823, que lo hace cambiar la celda sombría del convento y el sayón del cura, por el traje del soldado y el bullicio del cuartel de la milicia liberal. Cuando, auxiliado por Francia, el monarca Fernando VII vuelve a reinar, suprimiendo la Constitución, vino a Cuba, temeroso de la venganza de los reaccionarios, como apoderado del barón de Kessel y maestro de sus hijos. A poco de estar en Cuba es nombrado Contador del Crédito Público, cargo del que no llegó a tomar posesión, debido a que el Jefe de Hacienda -que había de ser su superior jerárquico- no quiso aceptarlo como subordinado, dado, según él, su genio levantisco.
“Pensar libremente, no tolerar vejámenes, es para algunos signo de rebeldía. Ser un enamorado de la justicia, es para muchos ser un presunto delincuente. Y Pintó era todo eso, porque era un hombre. Y así, no cabía dentro de la Administración del Gobierno español en Cuba: su alma, como su pensamiento, no soportaban amarras. Obligado, para poder vivir, a agenciar distintos negocios, se abre camino, y es al cabo de poco tiempo Director del Liceo de la Habana, y redactor del Diario de la Marina, entonces periódico de la oposición. Sus simpatías crecen y su influencia también. Durante el primer período del mando del general Concha, supo ganarse la amistad de éste. Durante el segundo período, siguieron siendo amigos. No obstante, cuando le denuncian que Pintó conspiraba, Concha, sin pruebas mayores, lo manda matar. Concha, a Pintó, a su amigo probado en la adversidad, lo hizo morir en el garrote. ¿Será cierto que el poder ciega a los hombres y los hace capaces de los mayores crímenes?
“Hombre de talento y de ancho y generoso corazón, palpa la injusticia de España en Cuba, sometida a la más inicua esclavitud, y palpa la justicia de la aspiración de los cubanos a la plena libertad. Puesto en el dilema, prefiere estar con los oprimidos. Luego, siéntese capaz, como quien viene de la tempestad, de desatarla. Siéntese apóstol, y comienza, magnífico de sencillez, su apostolado. Su plan era, conquistar, atraer, por medio de la persuasión, y unir en la grandeza de la causa a blancos y negros, a ricos y pobres, a siervos y amos, y juntos todos, lograr, sin derramar sangre, o derramándola, la independencia de Cuba.
“Enamorado de su idea, no pierde oportunidad para buscarle adeptos, para ir formando el ejército con que ha de hacerla triunfar. Así, cuando por haberse declarado contrario a la trata de negros el general Pezuela, Capitán General de la isla, los españoles intransigentes, que con la infame trata se habían enriquecido y continuaban enriqueciéndose, pedían su relevo, Pintó creyó -¡pobre soñador!- llegado el momento de hacer saber a esos españoles que la mejor solución que había, la más conveniente a ellos y a todos, era hacer de Cuba una República. Esto hacía con sus paisanos, en tanto que se comunicaba con los cubanos desterrados, con hombres de tanto valer como Gaspar Betancourt (El Lugareño), Pozos Dulces, Valiente, Goicouría y otros, y les enviaba recursos monetarios para preparar la expedición del general norteamericano Quitman.
“Consiguen, por fin, los españoles intransigentes, el relevo de Pezuela, y llega de nuevo Concha a gobernar a Cuba. Y Pintó continúa conspirando. Ya tiene a su lado, como Director de la Caja de Ahorros de la Junta Revolucionaria, a Carlos del Castillo; a Cecilio Arredondo como encargado de comprar las armas necesarias; a Juan Cadalso, como propagandista en la provincia de Santa Clara. La organización tomaba forma: los hombres que habían de dirigir el movimiento en sus distintas ramificaciones estaban señalados para actuar en el lugar donde gozaban de más prestigio y eran más conocedores del terreno. Pero un criterio distinto era el de los conjurados. A este respecto, alguien que se le acercó a preguntarle si no sería eso un obstáculo para el triunfo, recibió de él esta respuesta: "El interés único y esenciales expulsar al gobierno español: esto se sobrepone a todos los demás intereses."
“No, no finé el despecho, ni la ambición, lo que arrastró a Pintó a la muerte, ni el arrebato de un atacado de fiebre heroica. Fue su fe profunda en el derecho humano, su fervoroso amor por los parias. De haberse podido poner en práctica, de haberse hecho realidad el plan de Pintó, ¿hubiera éste triunfado? ¡Quién sabe! Lo que es de pensar es que, si triunfa, entre los vencedores, la obra se ahoga en una orgía de sangre y de horrores.
“Tres son las versiones que corren escritas acerca de quién lo denunció. Unos dicen que fue un presidiario nombrado Claudio González, escapado de Ceuta, donde había estado con algunos cubanos deportados; otros, que un norteamericano al servicio del Gobierno de Washington, conocedor de los planes revolucionarios por otros norteamericanos complicados en la empresa; otros, que uno de los españoles ricos a quienes le había hablado de su empeño. Quien fue el delator, no se sabe ciertamente. Pero el 6 de febrero de 1855, el coronel Hipólito Llorente comenzó a instruir causa por conspiración para hacer la independencia de la isla de Cuba, ordenando el mismo día numerosas prisiones tanto en la Habana como en el interior.
“Los primeros en ser detenidos fueron Pintó, Juan Cadalso y el doctor Nicolás Pinelo. Constituido el Consejo de Guerra, después de deliberar, pide pena de muerte para los tres. El Auditor, Miguel G. Gamba, estimando injusta la sentencia, pide que se suspenda su aprobación y que de nuevo se vea la causa por un consejo de revisión. Pasa entonces la causa a manos de los magistrados de la Audiencia Pretorial, y éstos, "a pesar de no ser tantos ni tan convincentes los datos que contra los tres procesados arroja el sumario", solicitan pena de muerte para Pintó y cadena perpetua para Cadalso y Pinelo. Contra este nuevo fallo, el Auditor García Gamba insiste en su dictamen anterior. De lo expuesto por el Auditor no hizo caso el general Concha, quien aprueba la condena a muerte, en garrote vil, de su amigo Pintó, y la de diez años de prisión, en Ceuta, de Cadalso y Pinelo.
“Vanos fueron los esfuerzos hechos para lograr que Pintó revelara el nombre de sus demás compañeros de ideales. Más de una vez entró en su calabozo el jefe de Policía, para ofrecerle la vida a cambio de revelaciones. "Dejadme morir tan honradamente como he vivido", respondía a las preguntas que se le hacían. Él 21 de marzo fue puesto en capilla, y al siguiente día, a las siete de la mañana, tranquilo, sereno, fue ejecutado. Al subir al cadalso, el sacerdote que lo acompañaba volvió a instarle para que hiciera algunas revelaciones, a lo que respondió, alzando las manos atadas: "¡No, padre, no!"
“Dicen que en sus últimos momentos dijo a alguno, para que las hiciera llegar a sus hijos, estas palabras: "que no se avergüencen del nombre de su padre".
“A la muerte de Pintó, los revolucionarios cubanos todos, tanto los de adentro como los de afuera de la isla, se quedaron anonadados, contritos. Las Juntas se disolvieron. Hubiérase dicho que sobre las conciencias había descendido la noche... Con la muerte de Pintó, Cuba perdió un servidor leal y abnegado. Cuba le debe a Pintó la ofrenda de un recuerdo. ¡Qué su recuerdo sea luz inextinguible!”
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