jueves, 9 de septiembre de 2010

HOY EN EL CALENDARIO, 10 DE SEPTIEMBRE


Cine Lido
en los Cines de Cuba


• Santos católicos que celebran su día el 10 de septiembre:

- En el Almanaque Cubano de 1921:

Santos Nicolás de Tolentino y Salvio, confesores y Santa Ninfodora, virgen y mártir

- En el Almanaque Campesino de 1946:

Santos Nicolás de Tolentino y Salvio, confesores y Santa Ninfodora, virgen y mártir



• Natalicios cubanos:

Borrero de Luján, Dulce María: -Nació en Puentes Grandes, La Habana, el 10 de septiembre de 1883. Escritora y poetisa.



El 10 de septiembre en la Historia de Cuba

• 1933 -

- El profesor universitario doctor Ramón Grau San Martín tomó posesión del cargo de Presidente de la República de Cuba.



• 1896 -

- Mayor General Antonio Maceo en el Municipio de Mantua, Pinar del Río

- José Miró Argenter en “Cuba Crónicas de la Guerra (La Campaña de Occidente) - Tomo III: Segunda Edición” de la Editorial Lex, 1942, páginas 82-84 describe los acontecimientos del 10 de septiembre de 1896 en la Historia de Cuba:

“A las dos de la tarde de ese día (10 de Septiembre), se acampó otra vez en los montes de Francisco, bajo la triste impresión de que la jornada había sido infructuosa y que nos esperaban más grandes aflicciones. El cuadro que allí se ofreció no auguraba cosas halagüeñas.

“Centenares de familias, con señales evidentes de terror y miseria, acudían al campamento en solicitud de abrigo, y de un pedazo de carne, como tribu que huye del desierto porque manadas de fieras han invadido el arenal y devoran sin piedad cuanto encuentran a su paso, impelidas por el ardor de la carnicería. Los guerrilleros habían asolado la campiña y cometido toda clase de iniquidades, de imposible narración, sin ofender el recato. Las mujeres y los niños estaban poco menos que desnudos, unas y otros, escuálidos, ojerosos; el hambre y el insomnio pintados en el semblante, la faz macilenta, la estupefacción que imprime en el rostro de la mujer el desvelo, el abandono del vestuario, la carrera tropelosa y el pudor puesto al desnudo. Era el período en que la guerra se manifestaba en toda su implacable ferocidad, en que las mayores tropelías encontraban aplauso, y todo era lícito: el crimen, el despojo, el incendio y la violación. Se consideraba obra patriótica limpiar la barbacoa del mísero bohío, incendiar las viviendas, llevarse los utensilios de la cocina, y coronar la obra de rapiña con el ultraje a la honestidad. Las bandas que a tales empresas se consagraban, tenían segura la aprobación de los que dentro de las plazas fortificadas pedían el exterminio de los insurrectos, y de sus cómplices y encubridores:, el exterminio de todos los que por necesidad vivían en los despoblados, fuera del radio de la reconcentración. Nunca saciados, exigían mayor número de víctimas, diariamente, y aun hallaban pía la conducta de Wéyler al dictar éste el célebre bando de reconcentración, porque el banquete que se servía a los reconcentrados lo sufragaba el erario público. Los guerrilleros buscaban el camino más corto para llegar impunemente al escondrijo del botín, y retornaban a sus cuarteles con las ganancias y trofeos de la función: el vestuario del campesino, el mísero Caballo cargado con una miscelánea de desperdicios, los ahorros del infeliz estanciero, el machete ensangrentado, y a veces, las orejas de las víctimas. Hallábanse también expuestos a las represalias, pues cuando caían en poder de cualquier grupo insurrecto, eran ahorcados, sin ceremonia, del árbol más próximo.

“El general Maceo acogió muy conmovido la expresión de tanta orfandad y miseria, y ofreció protección a todas las familias desventuradas que acudieron al campamento, hasta dejarlas en lugar más hospitalario, en donde no se verían obligadas a vagar hambrientas, ni las mujeres servirían de oprobio a la soldadesca. Pero no tenía poder bastante ni recursos suficientes para contrarrestar la desventura general que tenía todo el carácter de una epidemia, de imposible desviación en su curso fatídico y riguroso. Aquel cuadro tan horrendo, no era más que un exponente de la guerra, dentro de un radio determinado, que se alzaría con el mismo pavor, y quizás con mayor merara, en otras comarcas, sin que nadie pudiera evitar su desarrollo y sus tristes manifestaciones. Todavía le gente infeliz sería castigada con mayores azotes. Llegaría una época en que la muerte patrullaría sola por los despoblados buscando seres vivientes sin tropezar con ninguno, y tendría que permanecer ociosa en el campo infecto de la fiebre pútrida, porque no hallaría un cuerpo que temblara bajo la algidez del terrible mal.

“No obstante la resolución adoptada por Maceo de emprender el camino del Rosario, despachó varias comisiones por el litoral con órdenes estrictas de que indagaran por todos los medios posibles, en el término de veinticuatro horas, lo que hubiese de cierto sobre la expedición anunciada. ¡Oportuna y feliz demora!, pues a la una de la tarde se recibió el grato mensaje de que la expedición del general Ríus estaba en tierra, con toda felicidad. La buena nueva cundió con rapidez eléctrica por todo el campamento, y desapareció la nube del pesimismo que tantas cosas siniestras hizo presagiar en los ánimos más esforzados. Transcurridas las primeras impresiones de júbilo, se preparó la marcha hacia el Cabo Corrientes, punto designado para el desembarco de la expedición, en donde, realmente lo había efectuado el general Ríus el día ocho. Maceo dejó en el campamento de Francisco la mayor parte de la impedimenta, para recogerla al retornar del Cabo, con fuerzas necesarias para la custodia del vivac y depósito de pertrechos que trajo el general Díaz. Maceo salió de Francisco a las pocas horas de haber recibido el halagüeño mensaje, y en una marcha acelerada se situó en Bartolo, ingenio ruinoso en el distrito de Mantua. Quería llegar al Cabo Corrientes, para ser el primero en dar auxilio eficaz a los expedicionarios. He aquí, contado en pocas líneas, el largo y fatigoso viaje que tuvo que realizar para dar cima a sus designios.”...



• 1858 -

- Se constituyó la primera Junta Municipal que más tarde llegó a ser el Municipio de Colón.



• 1798 -

- Británicos en el Cabo de San Antonio.

Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 513-514 nos describe los acontecimientos del 10 de septiembre de 1798 en la Historia de Cuba:

“De los excesos de que los extranjeros hicieron a Cuba víctima a través del mando de la Isla por el teniente general Juan Procopio Bassecourt, conde de Santa Clara, fueron ejemplo acabado las agresiones realizadas por los británicos en las inmediaciones del cabo de San Antonio. Ocurrió ello en los días 10 y siguientes de septiembre de 1798. La parte occidental de la Colonia, por indefensa, pareció al enemigo propicia al buen éxito de sus intenciones. El objeto principal, y casi único, de los corsarios, por entonces, era recoger negros, azúcar u otros frutos de tal cual hacienda aislada. Sus depredaciones se dirigían a lesionar el patrimonio de los habitantes del país.

“Tres buques de guerra, aunque balandras solamente, se corrieron hacia el cabo de San Antonio, de antiguo llamado San Antón, el 10 de septiembre de 1798. Las condiciones en que se encontraba la sección occidental del país eran todavía deplorables desde el punto de vista español. La tenencia de gobierno de Filipina aun se hallaba en embrión. En medio de grandes heredades, dedicadas a la cría de ganados y a la industria de la miel y de la cera de abejas, se levantaban los modestos caseríos de embarrado y guano descritos por José María de la Torre y Antonio López Gómez en la memoria que redactaron por aquellos días finales del siglo XVIII. Todo resultaba favorable al desarrollo de los planes del adversario.

“Los vecinos de las casi inermes comarcas occidentales se habían aprovechado de tres piezas de un buque naufragado en el archipiélago de Guaniguanico, emplazándolas en un reducto, para impedir la entrada de enemigos en un surgidero no distante del cabo de San Antonio. Con ánimo y valor notables, resueltos a defenderse con bizarría, aquellos guajiros se prepararon para hacer frente a cualquier agresión. Pero la buena suerte no acompañó sus designios.

“Con sólo siete hombres a sus órdenes, un mulato bravo y temerario, José Noroña, se hizo cargo de la defensa del reducto en que se hallaban emplazadas las tres piezas. Los criollos, como supliendo con el denuedo lo escaso de su número, resistieron por algún tiempo valientemente. Mas el mismo fuego certero que realizaban contra los británicos agresores acabó por exasperar a éstos, pronto decididos a desembarcar a todo trance. Unos cien hombres saltaron a tierra. Noroña, herido, tuvo que retirarse con los suyos ante la imposibilidad absoluta de contener el avance de quienes los superaban de manera extraordinaria. Los invasores quedaron dueños del terreno y se dieron prisa en apoderarse de los víveres y aguardientes de la finca de un Mariano Carbó, víctima propiciatoria de los provocadores de tan desigual lance.”




Francisco Vicente Aguilera
en Próceres
por Néstor Carbonel


Francisco Vicente Aguilera
“Nació el 23 de junio de 1821.”
“Murió el 22 de febrero de 1877.”


“Hay hombres que son en la vida de los pueblos como jalones que señalan jornadas de gloria y de martirio. Aguilera es uno de ésos. Pensar en él; asomarse a su vida, es asistir a las pascuas de la libertad de Cuba, al viacrucis sangriento de sus defensores, y a su calvario. Aguilera fue uno de los caballeros sublimes del 10 de octubre de 1868, -día primero en el calendario de nuestro honor. Evocar su figura -alto y delgado y con la barba por el pecho- es verlo atravesar montes y visitar caseríos predicando, nuevo Cristo, la doctrina revolucionaria; es verlo, adolorida el alma por íntimas contrariedades, echarse selva adentro a encarar el peligro y la muerte, seguido de un puñado de bravos; es verlo, en fin, allá en el Norte frío, morir, más que de enfermedad, de la tristeza y horror de contemplar a sus paisanos entretenidos en dimes y diretes, dándose empujones y mordidas, mientras en la isla mártir encapotadas nubes anunciaban la caída de los héroes en el desamparo y la indigencia.



“Bayamés era Aguilera, lo mismo que Céspedes. Fueron sus padres personas distinguidas y acomodadas. En Santiago de Cuba recibió instrucción primaria. En la Habana, y en el colegio Carraguao, colegio de que era uno de los profesores el ilustre prócer José Silverio Jorrín, instrucción superior. Hombre ya, ansioso de conocer y vivir la verdadera democracia, de la que fue un enamorado fervoroso, viajó por los Estados Unidos, entonces en plena era de republicanismo verdadero. De regreso en Bayamo, vio morir a su padre, y contrajo matrimonio. Dueño de inmensa fortuna, todo parecía sonreírle. Y no era así: en el pecho, el dolor de su patria esclava no lo dejaba dormir tranquilo, y en las noches insomnes, tendía en vano los brazos como queriendo levantarla de la abyección y la miseria.



“De maneras suaves, de poco hablar, bondadoso hasta la exageración, nadie lo hubiera creído capaz de la firmeza y tenacidad que poseía. Sus virtudes le granjearon una envidiable popularidad: en la comarca, y en muchas leguas a la redonda, era Aguilera como el patriarca bien amado. Una ocasión fue nombrado Alcalde ordinario de su pueblo. Y durante el tiempo que desempeñó ese cargo, fue más que juez, el amigo fraternal de todos. Dos que iban a verlo reñidos, salían amigos. Ese era su modo de hacer justicia. Una vez en que se vio, conforme a la ley, en la necesidad de condenar a un hombre pobre, pagó él la multa. Del prestigio que gozaba entre los suyos, y aun entre los mismos enemigos, dice mucho la siguiente anécdota: se celebraban en Bayamo las fiestas de San Juan, fiestas que entonces tenían en toda Cuba gran pompa y resonancia. Recorrían la ciudad distintas comparsas: de pronto, de una de ellas se escapa un grito: ¡Viva la libertad! Denunciado al Gobernador el hecho, y acusado de haber dado ese grito el propio Aguilera, fue llamado éste a su presencia. Y al preguntarle el Gobernador: -¿fue usted, Aguilera, el que profirió semejante grito? El contestó, seguro de su valer -Dios nos libre a todos, señor Gobernador, de que yo de ese grito!



“Aguilera estuvo comprometido cuando la conspiración de Joaquín Agüero -el del Camagüey. Si no lo secundó, fue porque hallándose su madre en grave estado de salud, no se encontró con valor suficiente para abandonarla. Su amor de hijo era tanto, que -cuentan- juró entonces no mezclarse en otra conspiración mientras ella viviera.



“En viaje de recreo, estuvo en Inglaterra, Francia e Italia. Después volvió a su pueblo natal, donde, teniendo por único objetivo la independencia de su país, abrió un expendio de carne, a cuyo frente puso a un hombre de toda su confianza, a Francisco Agüero, con el encargo de conquistarse las simpatías de todos los vecinos del término, lo que logró aquél con creces. Aguilera perdió, es decir, gastó en sostener aquel expendio de carne, una gran cantidad de dinero; pero ganó lo que él quería: mucha voluntad y mucho brazo para la hora de la arremetida.



“A principios del año 1867 comenzó sus primeros trabajos de conspiración. A poco era un reguero de pólvora la isla, pues había mandado comisiones a las Villas, a la Habana y Camagüey. Cuando llegó el año de 1868, la revolución era inminente: se sentía palpitar en las entrañas de la tierra. Fue entonces que ingresó Céspedes en el número de los conjurados. Así llega el 10 de octubre, y Céspedes, impelido a alzarse el primero, aparece como la cabeza de la revolución. Aguilera, que la había como tejido con sus manos, no se pone, sin embargo, a pensar en esto, y se fue también, sin preocuparse del puesto que iba a ocupar. ¡Los puestos no le importaban: lo que quería él era servir! Para aquel hombre no era la patria un comodín: si por inconsecuencias del destino no podía ser el primero, sería el segundo, o no sería más que uno de tantos. Así, resuelto y limpio de pequeñeces, se echó al monte, seguido de sus amigos y esclavos, a sangrar y a morir por el decoro y la libertad.



“¡A qué grandes pruebas se vio sometido Aguilera! Primero en la contienda: más tarde en la emigración. Si la patria no hubiera sido para él una religión, quizás hubiera discutido lauros y preeminencias. Pero él no era más que un patriota, capaz del mayor sacrificio por la felicidad de su tierra. Cuando se le impuso salir del campo, donde ya se moría a diario por la redención, salió sin replicar. Si era Cuba quien mandaba, obedecer era su lema. La emigración era, en aquella época, un nido de culebras y águilas. Aguilera fue allí a sufrir. Allí vivió decepcionado, ¡él, tan lleno de ilusiones siempre! y murió comido de pesares. Pero no ha muerto; hemos dicho mal. La muerte es la proveedora del olvido, mas también de la gloria. Conquistar fama es prolongar la existencia, porque aun estando muerto, se vive en la memoria de los demás. La gloria sigue a los héroes, pero no abandona a los mártires. Ahí está Cristo. Ahí está Aguilera...”




Por: Güije Cuba

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