viernes, 3 de septiembre de 2010

HOY EN EL CALENDARIO CUBANO, 4 DE SEPTIEMBRE


Gallo en Cuba


• Santos católicos que celebran su día el 4 de septiembre:

- En el Almanaque Cubano de 1921:

Santos Moisés legislador y profeta y Santa Rosalía de Paleno, virgen y Cándida, viuda

- En el Almanaque Campesino de 1946:

Santos Moisés Legislador y profeta Rosalía de Paleno, virgen y Cándida, viuda



El 4 de septiembre en la Historia de Cuba

• 1640 -

- Pie de Palo Frente a La Habana.

Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 501-502 nos describe los acontecimientos del 4 de septiembre de 1640 en la Historia de Cuba:

“Cornelis Corneliszoon Jol, apodado Pie de Palo o Pata de Palo -llevaba reemplazada con una pierna de madera la que había perdido de un balazo-, fue uno de los marinos holandeses que en mayor riesgo pusieron a Cuba. En los albores del segundo tercio del siglo XVII ya era almirante de Holanda. En tales condiciones y a la cabeza de diez grandes galeones, reforzados luego con seis en las Antillas, salió en 1638 del Texel, dispuesto a caer sobre las colonias españolas de América. Se presentó a la vista de La Habana sin mucha tardanza, y tuvo prácticamente bloqueado el puerto y amenazadas las naves que al mismo se dirigían. No pudo acabar aquello de manera pacífica: poco después la costa de Cabañas fue testigo de la sangrienta lucha en que el bravo español Carlos de Ibarra infirió tremenda derrota al provocativo Jol.

“No fue grande escarmiento el que en tal ocasión experimentó Jol. El 4 de septiembre de 1640 de nuevo se presentó frente a La Habana, a dos tiros de la plaza, con una escuadra de treinta y seis embarcaciones, casi todas urcas. Lo acompañaban los mismos designios y mayores fuerzas que en la ocasión precedente. Para él había llegado a ser una obsesión el proyecto de hacer la Colonia, entonces gobernada por el maestre de campo Alvaro de Luna y Sarmiento, víctima de sus depredaciones. Pero Luna, Francisco Poveda, Andrés Manso y los prácticos, más inteligentes del puerto estuvieron prestos a repeler la agresión del holandés.

“"Entre tanto -escribió Jacobo de la Pezuela- Jol con sus amagos tuvo una semana entera al vecindario y a la tropa a medio sueño y sin soltar las armas. El 10, después de algunos disparos contestados por El Morro, singló hacia Barlovento, y el 11 por la tarde, con profundo regocijo del Gobernador y de los españoles, rompió tan recio temporal que dispersó las naves holandesas y estrelló a algunas urcas en la costa, ahogándose muchos de sus tripulantes. Sólo entre La Habana y Mariel embarrancaron cuatro buques. El sargento mayor D. Lucas Carvajal, que, de orden de Luna, acudió con gente y prevenciones a los lugares del naufragio, regresó a los pocos días con doscientos sesenta y un prisioneros, diez y siete excelentes piezas de bronce, cuarenta y ocho de hierro, dos pedreros, un esmeril y gran cantidad de pólvora y pertrechos, sin contar otros despojos útiles que se recogieron de los barcos. La Punta y El Morro recibieron al momento más y mejor artillería de la necesaria para sus baluartes y cortinas."

“Por mucho que se hubieran afanado los defensores de La Habana, jamás habrían alcanzado por sí lo que los elementos les ofrecieron. La derrota sufrida por Jol era desastrosa, tan desastrosa como grave había sido la amenaza levantada sobre los destinos de la Colonia por el temible Pie de Palo. Razón tuvo de sobra el maestre de campo Alvaro de Luna para sentirse entonces satisfecho de la protección del Cielo, no sólo librándolo de serios peligros, sino también deparándole una victoria no aguardada.”




Cabolo


Allá en Cuba, como en muchos otros lugares de América Latina, a las personas cortas de entendimiento no se les menospreciaba. Es cierto que se les apodaba, y en muchos casos el vocablo bobo se usaba. Pero siempre el cariño popular hacia ellos era excesivo.

Otra costumbre de la Cuba que recordamos, la cual nos afectaba a nosotros directamente, era todos los días ir a jugar tan pronto se terminaban las clases. Si existía un terreno de baseball en las cercanías, pues allá nos íbamos los muchachos. Sino, en las calles y plazas se improvisaba alguna actividad. Lo importante era estar fuera de la casa, haciendo algo o nada. Recordamos el verbo “mataperrear”, el cual nos lo aplicaban las muchachas cuando nos perdíamos.

Como no era costumbre torturar a los que no podían aprender a leer o escribir, a los que por su entendimiento no eran capaces, pues simplemente no tenían que lidiar con los tormentos de la escuela. Y aunque ellos no se pasaban todo el día afuera, sí tomaban parte en las importantes obligaciones del callejear.

Muchas veces algún carpintero o pintor adoptaba durante las horas de trabajo una de estas personas de poco razonamiento. No era tanto la ayuda, pero por lo menos ellos pasaban las horas ocupados y desarrollaban el sentido de responsabilidad. Y el mentor, hacia algo útil por la patria.

En la ciudad de San Juan de los Remedios, de donde proceden nuestros antepasados paternales, vivió un joven llamado Cabolo. Este tal Cabolo no era mala persona pero no razonaba bien. Por tanto caía en la categoría de bobo, que no sabemos porque les llamaban así cuando en realidad eran más pícaros que el más inteligente.

Un dentista, que no recordamos su nombre, le permitió ayudarle en su consulta. Cabolo llegó a ser tan eficiente que el doctor le dejó usar una bata blanca, similar a la de él. Y sobre el bolsillo le bordaron su nombre, como era la costumbre.

En Cuba a las personas que vivían en el campo, fuera del pueblo, y que por lo general cosechaban la tierra o atendían el ganado se les llamaban campesinos. Claro siempre había quien prefería usar la palabra guajiro. Lo cual era una ofensa para muchos y la verdad a mucha honra para otros, porque según ellos, quería decir el más importante. La ironía es que tenían toda la razón de acuerdo a los libros del lenguaje. Entrando en definiciones más detalladas para el beneficio de los que no son cubanos: si esta persona del campo era mujer, claro está, se le decía guajira y si el guajiro era grande, fuerte, y algo brutón, entonces le llamaban “guajiro macho” y ahí ya la cosa sí era bien seria.

Un día estaba el dentista en su consulta cuando llegó un guajiro macho con dolor de muela. El doctor lo fue a reconocer pero el paciente se negó a que le mirara dentro de la boca. -“Si quiere que lo cure me va a tener que dejar verle los dientes” le dijo el doctor.

El guajiro lo miró y contestó en no muy buena forma. -“Claro que me tienen que mirar los dientes para sacarme la muela” Y cuando una de esta gente se ofuscaba, su voz estremecía las paredes. Entonces añadió -“Pero sólo el médico me va a meter la mano en la boca”.

El dentista, sorprendido, le explicó que él era el único doctor en la consulta. Y el guajiro afirmó que no era cierto. Unos meses antes ya se había sacado una muela allí y estaba tan contento que no se dejaba ver por más nadie que su médico. La discusión siguió y cuando los dos ya estaban acalorados, entró en la sala el diligente Cabolo luciendo su bata blanca. El guajiro replicó -“Doctor que bueno que llegó, este hombre quiere acabar conmigo”.

Resulta ser que todo era cierto. Unos meses antes el señor había visitado la consulta, aparentemente cuando el doctor no se encontraba. Cabolo, que o tenía una tuerca suelta o le apretaba, le metió mano al pobre hombre. Parece que hizo buen trabajo porque el guajiro sólo se dejó tocar en presencia de Cabolo.




GUIJE CUBA

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