domingo, 5 de septiembre de 2010

HOY EN EL CALENDARIO CUBANO, 6 DE SEPTIEMBRE


Transporte en Cuba


• Santos católicos que celebran su día el 6 de septiembre:

- En el Almanaque Cubano de 1921:

Santos Zacarías, profeta, Eleuterio, confesor, Eugenio, mártir y Santa Limbania, virgen

- En el Almanaque Campesino de 1946:

Santos Zacarías, profeta, Eleuterio, confesor Eugenio, mártir y Santa Limbania, virgen



El 6 de septiembre en la Historia de Cuba

• 1869 -

- John A. Rawlins.

Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 505-506 nos describe los acontecimientos del 6 de septiembre de 1869 en la Historia de Cuba:

“John A. Rawlins se elevó desde una modesta cuna hasta la esfera de las disciplinas académicas y las luchas de la politices norteamericana. La guerra civil suscitada por el Sur al advenir Abraham Lincoln a la Casa Blanca excitó su patriotismo. Fue hombre de armas cuando fue necesario serlo para salvar a la Unión. Al lado de Ulysses S. Grant combatió por el mantenimiento del pacto federal y por la supresión de la condición servil de parte de la población de los Estados Unidos. El antiguo abogado salió de la contienda feral con el empleo de general.

“La exaltación de Grant a la presidencia de los Estados Unidos casi coincidió con la insurrección en Cuba encabezada por Carlos Manuel de Céspedes. Grant llevó al Gabinete, como secretario de la Guerra, a Rawlins. El general Rawlins se mostró decidido partidario de que su país apoyase el movimiento separatista de los cubanos. A su juicio, la independencia de la Isla era una cuestión esencialmente americana: era una cuestión de toda la América organizada políticamente sobre la base de la democracia republicana.

“Por medio de los buenos oficios de Rawlins pudo José Morales Lemus, representante de Cuba libre en los Estados Unidos, llegar hasta Grant, para exponer de viva voz al Presidente las buenas razones que abonaban la aspiración de los patriotas de la Isla a la soberanía internacional. Además, Rawlins sostuvo en el seno del Gabinete y en conversaciones con el Jefe del Ejecutivo que era menester y urgente evitar que el gobierno de Madrid se burlase de la diplomacia norteamericana en daño de los separatistas cubanos. En esta situación de ánimo continuó, aun en los momentos en que una grave enfermedad lo sustrajo de las actividades oficiales, mientras le fue posible hablar. El 6 de septiembre de 1869, ya en la agonía, después de hacer ciertas recomendaciones acerca de su familia, expuesta a quedar en el desamparo, respondió a quien le preguntaba si tenía algo más que decir:

“"Sí, tengo algo más que decir. Ahí está Cuba, la desgraciada Cuba, hoy combatiendo. Deseo que le prestéis vuestro apoyo. Cuba debe ser libre. Su tiránico enemigo debe ser aniquilado, y no sólo Cuba, sino todas las demás islas sus hermanas, deben ser libres. Esta república es responsable de ello. Yo desapareceré prontamente, pero vosotros debéis ocuparos de ello. Juntos hemos trabajado. Ahora corresponde a vosotros velar por ello."

“Con estas palabras, en la tarde del 6 de septiembre de 1869, John A. Rawlins se despidió del Mundo. Tan adentrada en su conciencia llevaba la idea de que los Estados Unidos debían ayudar a Cuba en la lucha por la libertad que sus disposiciones políticas de última voluntad se refirieron a esta Antilla. Ningún otro grande hombre -él fue un grande hombre- mostró más noble y encendida pasión por la independencia de Cuba que aquella que Rawlins puso hasta sus últimos instantes en el anhelo de coadyuvar a que la Isla fuese una república democrática.”




Guillermo Acevedo Villamil
(1863-1912)

en Así Se Forja Una Nación
por Jorge Quintana

Este artículo comienza en la página 148
de la edición de Bohemia, Cuba, del 13 de Octubre de 1957



Pocos cubanos vivieron tan intensamente las angustias de la patria como Guillermo Acevedo Villamil. Sufrió con la pena de la esclavitud colonial. Le levantó en vilo el atropello de las autoridades de la colonia. Se enrojeció de soberbia ante la impotencia de ver cómo se pisoteaban los derechos del cubano sin que se pudiera hacer otra cosa que ver y callar. Era un alma atormentada que no quería rehuir su compromiso con la patria que él sabía era un deber histórico. Figuró en el núcleo de los conspiradores matanceros que prepararon el levantamiento del pueblo cubano el 24 de febrero de 1895. Vivió las tormentas de aquel fracaso de Ibarra. Y cuando pudo salir a reunirse con sus hermanos en armas, lo hizo sin dobleces ni vacilaciones, dispuesto, como estuvo siempre, al sacrificio sin abandonar el territorio de su querida provincia, donde a decir verdad la guerra fue más intensa que en ninguna otra región de la isla, porque frente a la audacia de los jefes cubanos alzábase la circunstancia de que España logró reunir, en esa provincia, a los mejores y más experimentados jefes conque contaba el ejército español en Cuba. Prats, Molina, Brualla, Aldea fueron jefes crueles, pero nadie les podía discutir ni negar capacidad para la clase de guerra que tenían que hacer. Molina era un “mambí” en lo que se refería a igualarle la estrategia. No dormía, no comía, no conocía el cansancio, se movía intensamente, combatía a todas horas y le adivinaba al mambí sus escondites con el mismo olfato que los mambises le descubrían la huella mucho antes de que pudiera aproximarse. Cruel como pocos, cometió toda clase de tropelías, pero sabia pelear, eso es innegable. Y era valiente en la misma medida en que era feroz.



En esa provincia y contra esos jefes luchó Guillermo Acevedo Villamil conquistando las estrellas del generalato. Gran mérito debió tener aquel hombre para alzarse a tanta altura entre tanto hombre valiente y decidido. Nació en la ciudad de Matanzas el 29 de mayo de 1863. Sus padres eran gente acomodada y tanto él como sus hermanos vivían en la ciudad, del cultivo de las tierras que poseían en la provincia. Así fue creciendo, en medio de la desazón del ambiente colonial. Cuando la Guerra de los Diez Años se inició tenía cinco años. Apenas si pudo darse cuenta del gran acontecimiento histórico que sería aquella lucha que un buen día, casi impensadamente, concluyó por medio de un pacto amistoso. Después vendrían no sólo los descontentos del pacto, sino aun los mismos que lo habían aceptado, a protestar por su incumplimiento. Y con la protesta subterránea pero vigorosa, fue preparándose el terreno para la conspiración. Por ello no le fue difícil a Juan Gualberto Gómez, en su carácter de representante en Cuba del Delegado del Partido Revolucionario Cubano, aunar voluntades concertándolas para el levantamiento en aquella que era su provincia natal. Desde los primeros instantes los hermanos Acevedo estuvieron prestos a luchar. Pedro Betancourt, López Coloma, el Dr. Martín Marrero, el hacendado Joaquín Pedroso le tuvieron siempre por compañero de jornada. Con ellos conspiraron y con ellos prepararon el movimiento, buscaron armas, convencieron a hombres, organizaron fuerzas y se dispusieron a aguardar la hora señalada.



Después del fracaso de Fernandina no quiso Martí asumir la responsabilidad, por sí mismo, de dar la orden. Consultó a Juan Gualberto Gómez. Este, a su vez, consultó a los comprometidos y todos fueron de la opinión de que la hora buena sería la que el Delegado fijase. Con esa información ya no dudó el Apóstol de Cuba. En Nueva York, la noche del 30 de enero de 1895, se reunió con Enrique Collazo y José María Rodríguez. El primero representaba a los revolucionarios de Occidente; el segundo al mayor general Máximo Gómez, designado General en Jefe del Ejército Libertador. Y fijaron la fecha expidiendo la orden necesaria. Una vez introducida la orden en La Habana, por la audacia del patriota Duque de Estrada, se decidió precisar, con exactitud, la fecha para darle cumplimiento a la orden; sería el Domingo 24 de febrero. La historia patria iba a contar con una efeméride ilustre más.



El 17 de febrero se reúne la Junta Revolucionaria de La Habana presidida por Juan Gualberto Gómez. Asisten los generales Julio Sanguily y José María Aguirre, doctor Pedro Betancourt, el entusiasta López Coloma, el Dr. Martín Marrero, Joaquín Pedroso y los hermanos Pedro y Guillermo Acevedo. Se acuerda que los jefes comprometidos se oculten el 20, a fin de poder dar cumplimiento a lo acordado de sublevarse el 24. Después cada uno salió para su destino. Los hermanos Acevedo se dirigieron a Matanzas.



El 24 de febrero 1895 Guillermo Acevedo se encuentra en su finca, cerca de Matanzas. Allí se declara pronunciado contra el Gobierno. Su hermano Pedro anda con el Dr. Betancourt ultimando los detalles. Cuando el Dr. Betancourt llega, le encuentra ya en plan de combate. Le deja al frente del grupo insurrecto y sigue para el ingenio “Ignacia”, donde espera encontrarse con Juan Gualberto Gómez. Fracasa en el empeño y retorna a Matanzas. En el trayecto le arrestan. Guillermo Acevedo, por su parte, al conocer el fracaso de Ibarra, logra escabullirse y llegar a Matanzas donde se esconde. Pocos días después sale para el extranjero, por exigírselo, en forma imperativa, el general Prats. Se dirige a los Estados Unidos.



Apenas en territorio norteamericano se pone a disposición de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano. Unas semanas más tarde entra en La Habana con documentación falsa. Burlando la vigilancia española se dirige al ingenio “Carmen”, en Sabanilla del Encomendador. Unos días más tarde, al frente de un grupo de patriotas, sale para Manjuarí logrando su propósito, que era el de unirse al coronel Eduardo García.



Ya está en el campo revolucionario haciendo buena su palabra de secundar el movimiento insurreccional. En octubre de ese mismo año su hermano Pedro, en unión del licenciado Aurelio Hevia, se sublevaba en el potrero La Luz, en Cabezas. En el mes de noviembre sale de la provincia en unión del general García. El 5 de ese mismo mes se le reconoce el grado de comandante. De Oriente vienen avanzando impetuosamente las huestes invasoras a cuyo frente se hallan los mayores generales Máximo Gómez y Antonio Maceo. El capitán general Arsenio Martínez Campos trata de crear, en Coliseo, un baluarte que los invasores no puedan pasar. Miles de soldados españoles y pertrechos en abundancia, son acumulados para lograr su propósito. El 23 de diciembre de 1895 los generales Gómez y Maceo libran la acción de Coliseo. Los españoles son flanqueados. El general Martínez Campos viene a toda prisa a La Habana convencido de su impotencia. Renuncia y se prepara a abandonar la isla. Nada ni nadie puede contener ya a la oleada invasora que se desparrama por la provincia de La Habana, enseñoreándose de sus campos y preparándose a continuar, con el mismo ímpetu, el avance hacia la provincia de Pinar del Río.



Después de la batalla de Coliseo el mayor general Máximo Gómez confía al comandante Guillermo Acevedo la conducción de los heridos de la columna invasora, a un lugar seguro. El 30 de diciembre de 1895, a propuesta de su jefe, el brigadier Eduardo García, se le asciende a teniente coronel designándosele segundo jefe de las fuerzas que constituyen el pie veterano de la Brigada Sur de Matanzas.



El 22 de enero de 1896 toma parte, a las órdenes del brigadier García, en el segundo ataque a Sabanilla. Más tarde le encontramos participando en el ataque a Camarioca. El 25 de febrero de 1896 ataca los cuatro fuertes de los puentes Limones, Canímar y Mariposas. Es una espléndida acción de guerra en la que el enemigo sabe de sus arrestos. El 24 de marzo ataca al pueblo de Santa Ana, destruyendo el Ayuntamiento, la iglesia y sesenta casas.



Las actividades revolucionarias de los hermanos Acevedo inquietan a las autoridades de Matanzas. Una finca del Alcalde Municipal es asaltada, incendiada y destruida. El iracundo Alcalde decide tomar venganza. Y es tan valiente que no sale al campo a hacerle frente a los sublevados, sino que se toma la venganza en el joven Armando Acevedo que vivía con su familia en la ciudad. Así perece, asesinado, este hermano menor de los Acevedo, pagando con ello otra contribución, en sacrificios, a la gran causa de la liberación de la patria esclavizada. Con cuanta razón afirmaba Manuel de Quesada, años antes, refiriéndose al conde de Valmaseda, que “la ferocidad es el valor de los cobardes”.



En junio de 1896 el teniente coronel Guillermo Acevedo concurre a la concentración de fuerzas cubanas movilizadas para defender el alijo de la expedición que ha traído a Playa de Camacho, cerca de Varadero, en la jurisdicción de Cárdenas, el coronel Ricardo Trujillo. Son las armas de esta expedición las que le permiten al general Lacret retar a combate a los coroneles Brualla y Aldea. En el Hato de Jicarita se atrincheran los cubanos. El general Lacret confía el éxito de la operación al brigadier Eduardo García, quien tiene por segundo al teniente coronel Guillermo Acevedo. A propuesta del general Lacret y por su heroica conducta en esa acción de guerra, se le asciende a coronel, encargándosele de organizar la infantería de la Brigada Sur de Matanzas.



En este mando permanece hasta el mes de noviembre de ese mismo año, en que el mayor general José María Rodríguez le llama a integrar su Estado Mayor, tomando parte en todas las actividades de este jefe que vino, desde Oriente, para asumir el mando de la jefatura del Departamento Militar de Occidente. En este mando concluye la campaña de la Guerra de Independencia. No ha salido de la provincia de Matanzas. En su hoja de servicios figuran los combates en que por regla general los jefes matanceros tuvieron que librar, combates desiguales, las más de las veces, sin parque, hospitalizados y perseguidos por un enemigo implacable que sabe hacer la guerra sin dar tregua ni pedir cuartel.

A propuesta del mayor general José María Rodríguez se le asciende a general de brigada, con antigüedad del 24 de agosto de 1898. Se licencia en el Ejército Libertador con ese rango, dedicándose a cultivar las tierras de su propiedad. Vive en la mayor modestia, pero le inquieta el destino de la República. Pasa el Gobierno Interventor de los Estados Unidos. Asciende al poder don Tomás Estrada Palma. Va a la reelección. Se le sublevan los liberales. Segunda intervención de los Estados Unidos en Cuba. Nuevas elecciones y ganan los liberales. Es Presidente de la República el mayor general José Miguel Gómez. En su retiro el general Guillermo Acevedo observa atento el desastre de la República. No puede más su inquieto espíritu y se subleva. El Gobierno dispone de medios para sofocar el movimiento. Pronto el general Acevedo con el grupo de partidarios que le secundan que no es muy numeroso es aplastado por la fuerza todopoderosa del ejército que manda el mayor Gral. José de Jesús Monteagudo. Le arrestan. Le procesan. Lo encierran en una prisión. Está muy enfermo. En medio de las discusiones legales en torno a la calificación del delito, cometido, fallece en La Habana el Gral. Guillermo Acevedo el 23 de febrero de 1912. Tiene 49 años de edad. Unas semanas después de fallecido, la Sala Primera de lo Criminal de la Audiencia de La Habana, condena al extinto general de nuestro Ejército Libertador a la pena de veintinueve años, seis meses y dos días de reclusión temporal por haber encabezado una sublevación para obligar a dimitir al gobierno que consideraba responsable del desastre de la República. La muerte había impedido que el destino de este libertador fuese el de acabar sus días tras las rejas de presidio, tan sólo porque había ambicionado que la República respondiese al verdadero ideal de los que la habían forjado.




Güije Cuba

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