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reformas de Raúl Castro?. |
| 24-10-2012 |
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Carlos A. Montaner: ¿Por qué fracasarán las reformas de Raúl Castro?.
Sesión de preguntas durante la conferencia "¿Por qué fracasarán
las reformas de Raúl Castro?" organizada por la Asociación Nacional de
Educadores Cubano-Americanos (NACAE)
¿Por qué fracasarán las reformas de Raúl
Castro?
Ensayos y Conferencias Videos Por Carlos Alberto Montaner
NACAE
ICCAS Universidad de Miami, Coral Gables, 17 de octubre de 2012
Comencemos por una definición sencilla de “fracaso”. Ya llegaremos
a las reformas de Raúl.
Podemos calificar como fracaso a la obtención de unos resultados
muy diferentes y notablemente inferiores a los objetivos originalmente
procurados en cualquier acción que emprendemos.
De alguna manera, ésa es la historia de la revolución cubana: una
creciente sucesión de fracasos magnificados por el desproporcionado tamaño de
los objetivos que sus gestores se habían propuesto, pero invariablemente
ocultados bajo una montaña de sofismas.
¿Cuáles eran los no siempre revelados objetivos de Fidel Castro y
de su pequeño grupo de seguidores e íntimos cómplices el 1 de enero de 1959?
Entendámoslo: aunque eran comunistas, el propósito final de Fidel,
Raúl y el Che no era transformar a Cuba en un satélite de Moscú. Ése sólo era el
medio para lograr al menos tres grandes objetivos:
• Convertir a Cuba en un país próspero, industrializado y
desarrollado. Pensaban hacerlo de una manera fulminante, como anunció el Che en
Punta del Este en 1961, cuando aseguró que en una década superarían a Estados
Unidos.
• Situar a la Isla en el centro de la lucha antinorteamericana y
anticapitalista, ungiendo a FC como el líder de esa batalla en el Tercer Mundo.
Ese es el sentido mesiánico de la carta del Comandante a Celia Sánchez del
verano del 58, en la que declara que su destino es luchar contra Estados Unidos.
• Participar en el triunfo contra Washington y contra el
capitalismo, dándole a Cuba y a su líder un relevante papel internacional. Esta
visión se la explicará FC al historiador venezolano Guillermo Morón quien lo
visita en La Habana en 1979, tras el triunfo del sandinismo, el fortalecimiento
de los no-alineados, ahora danzando bajo la batuta de la URSS, y los éxitos en
África de las tropas cubanas en Angola y Etiopía. Fidel, pletórico de certezas,
le asegura que en una década el Caribe sería el mare nostrum cubano y él podrá
pasearse triunfalmente por Washington.
Fracaso económico
Muy pronto, en la primera mitad de los años sesenta, FC y su corte
descubrieron que la revolución era incapaz de desarrollar al país. Por eso,
entre otras razones, el Che se marcha a pelear a África. La frustración era
excesiva.
El primer fracaso evidente fue el económico. Los sesenta fue la
década del desbarajuste total, de la inflación y del desabastecimiento,
culminada en el desastre de la zafra de los 10 millones. Tras ese colapso de la
etapa guevarista, fundada en los incentivos morales, sobrevino la sovietización
administrativa de Cuba, periodo al que llamaron de la “institucionalización de
la revolución”.
¿Por qué fracasaron en el terreno económico? Hay diversas razones,
pero estas cinco son fundamentales:
• Porque los dirigentes eran una colección de revolucionarios
ignorantes y voluntariosos sin la menor experiencia laboral o empresarial. No
tenían la más remota idea de cómo se crea la riqueza o cómo se conserva.
• Porque desbandaron y lanzaron al exilio a la laboriosa clase
empresarial cubana, destruyeron el capital acumulado y desordenaron severamente
el tejido empresarial forjado a lo largo de siglos de trabajo intenso.
• Porque era una locura arrancar a Cuba del marco histórico,
económico y geopolítico en donde se había forjado el país para uncirlo a un
imperio remoto torpemente gobernado por una ideología disparatada.
• Porque ese cambio de alianzas, en medio de la Guerra Fría,
acompañado de un comportamiento político agresivo, significaba un peligroso y
costoso enfrentamiento con Estados Unidos.
• Porque, en suma, el colectivismo suele fracasar donde quiera que
se impone, dado que es contrario a la naturaleza humana, como me admitió
Aleksander Yakolev la tarde que, en Moscú, le pregunté por qué se había hundido
su reforma al comunismo de la URSS durante la época de la perestroika.
En todo caso, Fidel y su corte, a partir de cobrar conciencia del
inocultable fracaso económico, eliminaron los objetivos del desarrollo y la
industrialización, refugiándose en supuestos logros sociales: niños nacidos
vivos, niveles de escolaridad, acceso a cuidados de salud y triunfos deportivos.
La batalla por desarrollar a Cuba se trasladaba a una discusión
estadística bizantina donde el régimen de los Castro intentaba justificar la
dictadura eligiendo arbitrariamente ciertas dudosas informaciones estadísticas
(casi todas ellas desmentidas por los estudios de Carmelo Mesa Lago) donde
comparaban los “logros de la revolución” con lo que sucede en Holanda o
Bélgica.
Objetivamente, el país se estaba (y está) cayendo a pedazos por la
terrible improductividad del sistema y la incapacidad casi asombrosa de sus
gerentes, pero se les exige a todos, dentro y fuera de Cuba, que se juzgue a la
revolución por el número de analfabetos o por informaciones sanitarias sesgadas,
ignorando deliberadamente que, juzgada por esos mismos parámetros, la Cuba
prerrevolucionaria hubiera sido catalogada como un país del primer mundo, como
puede confirmar cualquiera que se asome al aséptico Atlas Económico publicado
por Ginsburg antes del triunfo de la revolución.
Pero Fidel Castro, inasequible al desaliento revolucionario, dado
que no tenía respuestas, cambió las preguntas: a partir de cierto momento,
proclamará las virtudes de la frugalidad y el no-consumismo frente al grosero
comportamiento de los países capitalistas. A partir de su fracaso, desapareció
el desarrollista y compareció el anacoreta.
El objetivo ya no era enriquecer a los cubanos para que vivieran
confortablemente, sino disfrutar de las ventajas morales de la pobreza. A todas
éstas, él, que disfrutaba de yates, cotos de caza, y medio centenar de viviendas
suntuosas, desmentía con su estilo de vida lo que predica en todas las tribunas,
como sucedía con los comandantes históricos Guillermo García o Ramiro Valdés.
No obstante, el cambio en los objetivos económicos no quiere
decir, sin embargo, que cancela los otros objetivos políticos. Por el contrario,
los reforzará. Cuba se convertirá en la filosa punta de lanza de la conquista
planetaria, proclamando paladinamente su derecho irrestricto a practicar el
internacionalismo revolucionario, dado que el deber de cada revolucionario, de
acuerdo con la doctrina, es, precisamente, hacer la revolución donde quiera que
se necesite.
Durante treinta años Cuba organiza, adiestra, protege y ayuda de
diversas maneras a guerrilleros y terroristas de medio planeta, desde el Chacal
hasta las FARC, o utiliza a sus propios soldados en prolongadísimas guerras
africanas que comienzan en el Magreb, en los años sesenta, peleando contra
Marruecos, y luego siguen en Angola y Etiopía en la siguiénte década. Su última
y más audaz hazaña, como contó Jesús Renzolí, el ex embajador provisional de
Cuba en la URSS que deserta a partir de esos hechos, es colaborar con los
golpistas que en la URSS intentan desalojar del poder a Gorbachov. En esa
aventura serán aliados del general Nikolai Sergeyevich Leonov, segundo hombre
del KGB y viejo amigo de los Castro y del Che Guevara desde los años cincuenta,
cuando comenzaron la fascinación y el vínculo castrista con Moscú.
Fracaso político e ideológico
La llegada de la perestoika, el derribo del Muro de Berlín y la
desaparición de la URSS, del bloque socialista y del marxismo-leninismo como
referencia ideológica razonable, hicieron fracasar los objetivos políticos e
históricos de la revolución cubana.
Pero, de la misma manera que en los sesenta, FC y su camarilla
cambiaron los objetivos económicos, a partir de los noventa, a regañadientes,
cambiaron los objetivos políticos e ideológicos para justificar la estancia en
el poder del mismo núcleo gobernante.
Modifican la Constitución de 1976, reclaman el nacionalismo como
fuente primigenia de inspiración revolucionaria, buscan su filiación en los
mambises y declaran que el objetivo es salvar a la nación cubana de un zarpazo
imperial norteamericano. De paso, anacrónica y abusivamente desempolvan a José
Martí, un liberal decimonónico que amaba la libertad, y le asignan la
responsabilidad ideológica final de una revolución totalitaria.
Como han desaparecido la URSS y el marxismo leninismo, ya no es
posible insistir en la conquista del planeta para implantar la justicia
revolucionaria. Ahora la coartada de la revolución será otra: presentarse como
víctimas del embargo y del acoso americano, y salvar a la nación cubana de la
voracidad imperial de Washington. Según el nuevo discurso revolucionario, sólo
la unidad tras el líder y el Partido son capaces de preservar a Cuba como una
entidad soberana.
Nadie se pregunta por qué veinte naciones latinoamericanas pueden
ejercer su soberanía, e incluso ejercer diversas formas de antiyanquismo, sin
necesidad de recurrir a la dictadura unipartidista como forma de
organización.
Por otra parte, inventan una nueva variante económica del
comunismo: el Capitalismo Mixto de Estado. El gobierno se asocia a empresarios
extranjeros para explotar la mano de obra cubana en empresas público-privadas.
Simultáneamente, y dentro del mismo espíritu de Estado-Patrón,
pero más cerca del esquema de los negreros de la época esclavista, el gobierno
cubano arrienda grandes cantidades de trabajadores a los países extranjeros que
pueden pagarlos. La mayor parte son profesionales de la sanidad, pero hay
también entrenadores deportivos y toda clase de especialistas.
Es el periodo especial y todo vale para sostener a la dinastía
familiar de los Castro. Incluso, tratan tibiamente de alejarse del colectivismo
y convierten las Granjas del Pueblo, verdaderas comunas asombrosamente
improductivas, en cooperativas agrícolas. Esto ocurre en 1993 y, naturalmente,
fracasa, entre otras razones, como señala el economista Oscar Espinosa Chepe,
porque continúan planificando y dirigiendo burocráticamente la producción y el
consumo.
Y en eso llegó Hugo Chávez
Esa cháchara neoestalinista perdura hasta la aparición de Hugo
Chávez en el panorama. El venezolano llega a Cuba con los bolsillos repletos de
petrodólares y el encefalograma ideológico totalmente plano, aunque todavía
fértil.
Fidel, rápidamente, lo esquilma y lo fecunda. Primero, lo libera
de las prédicas islamo-fascistas de Norberto Ceresole, un argentino peronista
que había convencido al pintoresco bolivariano de las virtudes del modelo libio
y de la verdad profunda del Libro Verde atribuido a Gadafi, suma y compendio de
la Tercera Teoría Universal, versión renovada y pasada por el desierto de la
“tercera posición” propuesta por Juan Domingo Perón varias décadas antes.
En segundo lugar, dota al Socialismo del Siglo XXI proclamado por
Chávez de una visión y de una misión. La visión es muy clara: el eje La
Habana-Caracas será el representante de los pueblos oprimidos del planeta. De
donde se deduce la misión: sustituir a los traidores soviéticos y luchar contra
el imperialismo y el capitalismo hasta la victoria final.
Los dos personajes, parecidos en la excentricidad y el disparate,
coinciden y comienzan a estudiar la unión de ambos países. Como se sienten tan
bien uno con el otro, deducen que Cuba y Venezuela pueden integrarse en una
misma entidad. Al fin y al cabo, ¿no son ellos la encarnación de sus respectivos
países? Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, entonces delfines de Fidel, lo
anuncian a media lengua fines del año 2005.
Estos sueños, en los que no falta una dosis de puerilidad y
voluntarismo, se hunden en el verano del 2006. Fidel se enferma gravemente y
debe traspasarle la autoridad a su hermano Raúl.
Raúl hereda el poder y una economía en ruinas. Es más pragmático
que su hermano y quiere acelerar los cambios para aumentar la productividad.
Probablemente, no comparte la visión mesiánica de Fidel y de Chávez, ni a estas
alturas cree en la misión de salvar al planeta de la voracidad del imperialismo,
pero esos son los bueyes discursivos con que le ha tocado arar y no se aparta
del grandioso guión que su megalomaniaco hermano le ha dejado escrito.
Se propone, eso sí, rescatar la catastrófica economía que heredó
de Fidel. ¿Cómo? Con medidas que parecen sacadas de un plan que, en su momento,
lo deslumbró, y luego, públicamente, rechazó: la Perestroika de Gorbachov.
La Prestroika se fundaba en la renovación de los cuadros del
partido con el propósito de atraer a los más jóvenes e idealistas,
descentralizar la autoridad y los mecanismos de toma de decisiones, aumentar el
perímetro de las actividades económicas privadas, mejorar la gerencia del país
con técnicas del mundo capitalista y combatir la corrupción y los privilegios de
la nomenklatura.
En los ochenta, cuando Raúl leyó el libro de Gorbachov,
especialmente traducido para él por Jesús Renzolí, titulado Perestroika, quedó
convencido de que, a la escala diminuta de la Isla, los males que afectaban a la
URSS eran los mismos que aquejaban a Cuba, de manera que los remedios debían ser
los mismos. Hizo editar el libro en español, y se lo regaló a los oficiales de
las Fuerzas Armadas.
Cuando Fidel se enteró, montó en cólera, le exigió recoger la
edición y lo regañó severamente, como cuenta su también ex secretario Alcibíades
Hidalgo, un periodista especialmente sagaz hoy exiliado en Estados Unidos, que
llegó a ser representante de Cuba en Naciones Unidas y miembro del Comité
Central.
En todo caso, llamándole de otra manera, lineamientos, o sin
siquiera mencionar a sus pretendidas reformas, Raúl, cuando le tocó gobernar,
puso en marcha unos cambios que, supuestamente, le devolverían el pulso a la
moribunda economía cubana sin abandonar el unipartidismo, la planificación
económica y el rol de la clase dirigente.
Todo eso está condenado al fracaso. ¿Por qué? Al margen de la
necesidad de libertad que tienen todos los seres humanos para alcanzar algún
grado de felicidad, fracasará al menos por siete razones, algunas de las cuales
he apuntado en otros papeles:
• Sin una moneda fuerte que mantenga su valor y poder adquisitivo
para realizar las transacciones comerciales, es casi inútil intentar superar la
situación en la que se encuentra el país. Cuba tiene al menos dos monedas. Una
mala, con la que se les paga a los trabajadores, y otra buena, en la que se les
vende todo lo que vale la pena adquirir. Esa práctica es lo más parecido a una
estafa continuada de cuantas puede practicar un Estado.
• Sin propiedad ni empresa privada no hay desarrollo. En Cuba la
reforma de Raúl no consiste en devolverle a la Sociedad Civil la posibilidad de
crear empresas que generen beneficios y crezcan, base del desarrollo capitalista
en Suiza o en China, sino autorizan el surgimiento de unos pequeños timbiriches
o chiringuitos, como les llaman en España a estas microentidades, bajo la
estricta vigilancia de funcionarios implacables, sin otro objeto que el de
absorber la mano de obra improductiva que existe en el sector público y, de
paso, cobrarles altos impuestos.
• Sin un sistema de precios regidos por la oferta y la demanda es
imposible asignar eficazmente los recursos disponibles. La planificación
centralizada a cargo de los técnicos del Estado es un desastroso camelo. Esto no
es un caprichoso dogma ideológico sino una observación confirmada en el mundo
real.
Nadie tiene toda la información para poder dirigir una economía compleja.
Los precios son el lenguaje en que la sociedad expresa sus necesidades y
preferencias. No hay modo de sustituir eficientemente ese mecanismo.
• Sin competencia no hay manera de aumentar y mejorar la
producción y la productividad. El ejemplo se ha utilizado mil veces: la razón
por la que los ingenieros alemanes en Occidente fabricaban Mercedes Benz,
mientras los de Oriente debían conformarse con los Trabant, era la existencia en
Occidente de la competencia.
• Pero competencia significa libertad económica para investigar,
invertir, innovar, asociarse. Nada de eso es posible en la encorsetada economía
cubana. Sin libertad económica y reglas claras que faciliten la creación de
empresas, obstaculicen la corrupción y premien el ahorro y la inversión local y
extranjera, jamás se generará de forma sistemática de riqueza.
• Sin un ordenamiento jurídico, un poder judicial eficaz,
equitativo e independiente que resuelva los conflictos, castigue a los
culpables, proteja los derechos de las personas y dé seguridades, no se sostiene
una sociedad próspera. Las economías exitosas son las de sociedades que se guían
por reglas administradas por personas independientes, no por ideólogos o por
partidos. La independencia del Poder Judicial no es un capricho. Es una
necesidad de cualquier sociedad basada en reglas justas y equitativas.
• Sin transparencia ni rendición de cuenta de los actos de
Gobierno, sin funcionarios colocados bajo la autoridad de la ley, guiados por la
meritocracia y legitimados en elecciones periódicas entre opciones diferentes,
tampoco se alcanzan cotas decentes de desarrollo. Una de las razones que
explican el fracaso del comunismo cubano –al margen del carácter erróneo del
marxismo como planteamiento teórico, lo que lo invalida de raíz–, es que durante
más de medio siglo quienes cometían los errores y los horrores eran los mismos
que juzgaban los hechos.
¿Qué puede hacer, realmente, Raúl Castro, si de verdad quiere
ponerle fin a la penosa improductividad de ese sistema? Tal vez, reconocer algo
que apuntó hace muchos años el dirigente comunista yugoslavo-montenegrino, y
luego disidente antiestalinista, Milovan Djilas: ese tipo de régimen no es
salvable. Hay que echarlo abajo y sustituirlo por un modelo que funcione, y el
más acreditado es la democracia liberal acompañada de la economía de mercado que
va poco a poco implantándose en el planeta desde fines del siglo XVIII y hoy
rige en las treinta naciones más desarrolladas del mundo.
La ilusión de crear un sistema fundamentalmente estatista y
monopartidista que sea, al mismo tiempo, productivo, es una quimera. China,
aunque todavía es una dictadura unipartidista, ya ha dejado de ser comunista y
lo probable es que, eventualmente, deje de ser unipartidista, como previamente
sucedió en Taiwán.
Llega un punto en que las personas, incluso en sociedades con
escasa tradición democrática, reclaman libertades. En Cuba hace mucho tiempo que
esa hora ya ha llegado.
Finalmente, sería impropio terminar estos papeles sin una referencia a la tímida reforma migratoria anunciada esta semana por el régimen de Raúl Castro.
Sin duda, es algo positivo, porque abarata las gestiones y elimina
ciertos trámites absurdos a los que se veían obligados los cubanos que querían
salir del país. Pero lo actitud del gobierno permanece intacta: el Estado sigue
siendo el dueño de los ciudadanos y a él le corresponde decidir quién puede
salir y quien debe quedarse.
De ahora en adelante, el filtro no será un permiso de salida, sino
la posesión de un pasaporte adecuado para viajar, de manera que los demócratas
de la oposición, los médicos, los catedráticos y quienes arbitrariamente decida
el gobierno, no podrán trasladarse fuera del país aunque posean catorce visas,
como en el pasado le ha sucedido a Yoani Sánchez.
En Cuba, simplemente, no se reconoce la libertad de movimiento,
uno de los Derechos Humanos consagrados por Naciones Unidas.
En Cuba el movimiento es un privilegio otorgado por el Estado en
función de criterios políticos. Eso llega al extremo de que ni siquiera los
cubanos pueden elegir dentro de Cuba el lugar donde desean vivir.
Para la dictadura, sin embargo, esa actitud tendrá un costo. Todas
las personas privadas del privilegio de poder viajar al extranjero se sentirán
víctimas de un agravio comparativo y tendrán más razones para detestar a quienes
les causan ese daño.
En suma, la mínima reforma migratoria emprendida por el régimen
tiene un costo para el raulismo. Unos lo verán como algo que les pertenecía y el
gobierno les negaba cruelmente. Otros pensarán que la dictadura los penaliza por
ser estudiosos y valiosos.
Vuelvo a la conclusión de Milovan Djilas: esos regímenes no son
modificables. Hay que sustituirlos. Pacíficamente, pero hay que
sustituirlos.
Palabras del escritor y periodista, Carlos A. Montaner, durante la
conferencia "¿Por qué fracasarán las reformas de Raúl Castro?" organizada por la
Asociación Nacional de Educadores Cubano-Americanos (NACAE)
Conocido y prestigioso escritor, periodista y ensayista, nació en
La Habana y reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor en diversas
universidades de América Latina y Estados Unidos. Montaner publica una columna
semanal que llega a más de seis millones de lectores en español, inglés y
portugués. Él es autor de una veintena de libros, incluyendo varios traducidos
al inglés, portugués, italiano y ruso. Entre ellos, Las raíces torcidas de
América Latina (Plaza y Janés, 2002), Cuba: Un siglo de doloroso aprendizaje
(Instituto y Biblioteca de la Libertad, 2002), La libertad y sus enemigos (Ed.
Sudamericana, 2005). Su último título es una novela, La mujer del Coronel
(Alfaguara, 2011).
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jueves, 25 de octubre de 2012
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