SEMBLANZA DE ANGEL DEL CERRO
Asomarse en detalle a la vida y obra de Ángel del Cerro, por la profundidad y diversidad de su compromiso religioso, social, cultural y político, es tarea que los historiadores deberán acometer cuando se comience a desentrañar, para las generaciones futuras, el doloroso y traumático escenario cubano de la última mitad del siglo XX. En ese momento, su multifacética personalidad y su entrega generosa, tanto a las demandas de su fe católica como a los requerimientos patrios, tendrán el espacio que en justicia merece la trayectoria moral y cívica de este extraordinario cubano.
Mientras tanto, estas breves líneas sólo pretenden un acercamiento fraterno desde el recuerdo y la nostalgia, para así, tratar de saldar de alguna manera, la enorme deuda que tenemos con Ángel los jóvenes católicos de aquella etapa, por haber sido un brillante modelo para nuestras vidas y una prometedora esperanza para la patria en crisis.
Se inició en la Federación de la Juventud Católica en el 1943, en el grupo Cristo Rey de la Academia de la Salle. Fue el primer peldaño de una larga entrega al apostolado seglar que lo llevó, desde la presidencia de su grupo de base hasta el mismo Consejo Nacional, desempeñándose, primero, como Instructor Nacional de Aspirantes hasta la Presidencia del Consejo Nacional, entre el 1953 y el 1955.
¿Qué miembro de la Juventud Católica de aquella década de los 50 no hubiera querido ser como Ángel del Cerro? Su presencia se destacaba inmediatamente; su afable sonrisa y la brillante galanura de su palabra nos arropaba como una llamarada fervorosa, y nos lanzaba a una entrega aún mayor de nuestros ideales. El rostro transfigurado por la intensidad del momento, los brazos en alto, convocantes, llamando al cumplimiento de la fe, desde las tribunas federadas de toda la isla, rodeadas de banderas “con la estrella y la cruz como emblema”, o desde la plataforma cívico-patriótica del Parque Central de la Habana, en el Día Nacional de la Juventud Católica ---a todo lo largo de la década del 50---, junto a las voces también rotundas e inolvidables de Amalio Fiallo y Andrés Valdespino, reclamando una Cuba más justa y más libre.
En la etapa más esperanzadora de nuestro país, en el momento en que la Federación de la Juventud Católica Cubana estaba lista para entregar a la nación su mejor cosecha y ponerla al servicio de un futuro mejor, allí estaba Ángel , como uno de sus líderes más prometedores.
En medio de la crisis política que vivía el país a finales de los años 50, provocada por la dictadura de Batista, Angel, en una entrevista aparecida en un número de la revista Bohemia de la época, deja bien claro la posición de la Juventud Católica Cubana y sus propias convicciones personales, de cara a la realidad política y social del momento. Expresó en aquella ocasión que “el ser humano tenía dos grandes derechos: el de la libertad y el de la seguridad y ambos están crisis en nuestro tiempo”. Y más adelante en la entrevista, con su única prosa poética, afirmaba que “la esencia de la libertad es como la esencia de la luz. Es indispensable cimentar la libertad sobre verdaderos principios filosóficos, no sobre meras palabras o actitudes”. Y cierra el comentario con una declaración sobre la naturaleza de la libertad que más tarde, luego del triunfo de la revolución castrista, lo llevaría, inevitablemente, a un enfrentamiento con la insipiente dictadura donde plantea que: “la libertad es un derecho inviolable de la persona humana que le viene de su esencia sobrenatural. Los pueblos no pueden renunciar a ella.”
Desde este principio, luego del giro abiertamente marxista- leninista que tomó la revolución, Ángel renuncia a la Dirección de Cultura de la Ciudad de la Habana y rechaza el ofrecimiento de ser embajador en Chile. Más tarde es obligado a salir del país. Una vez en Miami, reinicia la lucha política vinculándose a la Democracia Cristiana. Muy pronto se mueve a Venezuela y se convierte a una de las voces principales del exilio cubano en ese hermano país. Allí funda la revista “Nueva Generación” y preside el Partido Demócrata Cristiano entre el 1995 y el 1997.
Pero Venezuela también fue el escenario del desarrollo de su vocación mediática y literaria. Allí, fue precursor de las telenovelas en la televisora Venevisión en plena década de los 60.A lo largo de esos años se desempeñó como productor y escritor. Sin lugar a dudas, del Cerro fue una de las piezas claves del resurgimiento de Venevisión en la que también brilló como dramaturgo y asesor literario.
Después de haberse lucido en Venezuela por más de una década, Ángel llevó sus conocimientos a otros países, participando en la realización de varias producciones en lugares como Miami, Puerto Rico y Colombia, entre otros.
Así vivió siempre Ángel del Cerro, con su carga de valores y sueños, volcando en otras tierras su infinita capacidad creadora, mientras sin cesar, le buscó caminos de esperanza a su isla esclava, hasta el último minuto de su vida.
¿Y el poeta? Ángel del Cerro era un poeta natural. Con una sensibilidad desbordante, su oratoria estaba dotada de una elegancia expositiva única, que lo separaba un tanto de los oradores federados que en aquél momento compartían con él la tribuna apostólica y la cívica, y que se destacaban también por sus brillantes alocuciones.
Una noche, a mediado de los años 50, en el Hogar Católico Universitario, aquel caserón inolvidable de la calle L y 27 en el Vedado, donde se hospedaban estudiantes y dirigentes de la Juventud Católica del interior de la isla, se celebraba tal vez un aniversario más de su fundación. Y allí estaba Ángel, declamando unos versos con aquella voz cálida y precisa, llena de la emotividad de quien no sólo comparte un texto, sino que experimenta profundamente su significado. Para los que estuvimos allí, aquella imagen de Ángel del Cerro , transfigurado, recitando un poema, seguramente de su autoría, la conservaremos con la misma fidelidad que las encendidas palabras de sus impactantes discursos.
En homenaje especial a ese ser humano inigualable, complejo y diverso, dotado por el Creador de tantas capacidades y destrezas naturales que fue Ángel del Cerro, comparto con los lectores de esta breve semblanza, el fragmento de un poema compuesto por él en el año 1954 ---rescatado gracias a la memoria del Arq. Manolo Fernández--- en el contexto de la Asamblea Nacional de la Juventud Católica celebrada en la ciudad de Santiago de Cuba:
“Santiago de Cuba
Es un cascarón de piedra
Entre la sierra y el mar
Sus tardes son de candela
Candela de sol y arena
Entre la sierra y el mar
Sus noches son de mulatos
Mulatos cogiendo fresco
Entre la sierra y el mar”.
Con este testimonio poético cerramos esta breve semblanza del excepcional ser humano, patriota y católico que fue Ángel del Cerro. Nunca lo olvidaremos.
Asomarse en detalle a la vida y obra de Ángel del Cerro, por la profundidad y diversidad de su compromiso religioso, social, cultural y político, es tarea que los historiadores deberán acometer cuando se comience a desentrañar, para las generaciones futuras, el doloroso y traumático escenario cubano de la última mitad del siglo XX. En ese momento, su multifacética personalidad y su entrega generosa, tanto a las demandas de su fe católica como a los requerimientos patrios, tendrán el espacio que en justicia merece la trayectoria moral y cívica de este extraordinario cubano.
Mientras tanto, estas breves líneas sólo pretenden un acercamiento fraterno desde el recuerdo y la nostalgia, para así, tratar de saldar de alguna manera, la enorme deuda que tenemos con Ángel los jóvenes católicos de aquella etapa, por haber sido un brillante modelo para nuestras vidas y una prometedora esperanza para la patria en crisis.
Se inició en la Federación de la Juventud Católica en el 1943, en el grupo Cristo Rey de la Academia de la Salle. Fue el primer peldaño de una larga entrega al apostolado seglar que lo llevó, desde la presidencia de su grupo de base hasta el mismo Consejo Nacional, desempeñándose, primero, como Instructor Nacional de Aspirantes hasta la Presidencia del Consejo Nacional, entre el 1953 y el 1955.
¿Qué miembro de la Juventud Católica de aquella década de los 50 no hubiera querido ser como Ángel del Cerro? Su presencia se destacaba inmediatamente; su afable sonrisa y la brillante galanura de su palabra nos arropaba como una llamarada fervorosa, y nos lanzaba a una entrega aún mayor de nuestros ideales. El rostro transfigurado por la intensidad del momento, los brazos en alto, convocantes, llamando al cumplimiento de la fe, desde las tribunas federadas de toda la isla, rodeadas de banderas “con la estrella y la cruz como emblema”, o desde la plataforma cívico-patriótica del Parque Central de la Habana, en el Día Nacional de la Juventud Católica ---a todo lo largo de la década del 50---, junto a las voces también rotundas e inolvidables de Amalio Fiallo y Andrés Valdespino, reclamando una Cuba más justa y más libre.
En la etapa más esperanzadora de nuestro país, en el momento en que la Federación de la Juventud Católica Cubana estaba lista para entregar a la nación su mejor cosecha y ponerla al servicio de un futuro mejor, allí estaba Ángel , como uno de sus líderes más prometedores.
En medio de la crisis política que vivía el país a finales de los años 50, provocada por la dictadura de Batista, Angel, en una entrevista aparecida en un número de la revista Bohemia de la época, deja bien claro la posición de la Juventud Católica Cubana y sus propias convicciones personales, de cara a la realidad política y social del momento. Expresó en aquella ocasión que “el ser humano tenía dos grandes derechos: el de la libertad y el de la seguridad y ambos están crisis en nuestro tiempo”. Y más adelante en la entrevista, con su única prosa poética, afirmaba que “la esencia de la libertad es como la esencia de la luz. Es indispensable cimentar la libertad sobre verdaderos principios filosóficos, no sobre meras palabras o actitudes”. Y cierra el comentario con una declaración sobre la naturaleza de la libertad que más tarde, luego del triunfo de la revolución castrista, lo llevaría, inevitablemente, a un enfrentamiento con la insipiente dictadura donde plantea que: “la libertad es un derecho inviolable de la persona humana que le viene de su esencia sobrenatural. Los pueblos no pueden renunciar a ella.”
Desde este principio, luego del giro abiertamente marxista- leninista que tomó la revolución, Ángel renuncia a la Dirección de Cultura de la Ciudad de la Habana y rechaza el ofrecimiento de ser embajador en Chile. Más tarde es obligado a salir del país. Una vez en Miami, reinicia la lucha política vinculándose a la Democracia Cristiana. Muy pronto se mueve a Venezuela y se convierte a una de las voces principales del exilio cubano en ese hermano país. Allí funda la revista “Nueva Generación” y preside el Partido Demócrata Cristiano entre el 1995 y el 1997.
Pero Venezuela también fue el escenario del desarrollo de su vocación mediática y literaria. Allí, fue precursor de las telenovelas en la televisora Venevisión en plena década de los 60.A lo largo de esos años se desempeñó como productor y escritor. Sin lugar a dudas, del Cerro fue una de las piezas claves del resurgimiento de Venevisión en la que también brilló como dramaturgo y asesor literario.
Después de haberse lucido en Venezuela por más de una década, Ángel llevó sus conocimientos a otros países, participando en la realización de varias producciones en lugares como Miami, Puerto Rico y Colombia, entre otros.
Así vivió siempre Ángel del Cerro, con su carga de valores y sueños, volcando en otras tierras su infinita capacidad creadora, mientras sin cesar, le buscó caminos de esperanza a su isla esclava, hasta el último minuto de su vida.
¿Y el poeta? Ángel del Cerro era un poeta natural. Con una sensibilidad desbordante, su oratoria estaba dotada de una elegancia expositiva única, que lo separaba un tanto de los oradores federados que en aquél momento compartían con él la tribuna apostólica y la cívica, y que se destacaban también por sus brillantes alocuciones.
Una noche, a mediado de los años 50, en el Hogar Católico Universitario, aquel caserón inolvidable de la calle L y 27 en el Vedado, donde se hospedaban estudiantes y dirigentes de la Juventud Católica del interior de la isla, se celebraba tal vez un aniversario más de su fundación. Y allí estaba Ángel, declamando unos versos con aquella voz cálida y precisa, llena de la emotividad de quien no sólo comparte un texto, sino que experimenta profundamente su significado. Para los que estuvimos allí, aquella imagen de Ángel del Cerro , transfigurado, recitando un poema, seguramente de su autoría, la conservaremos con la misma fidelidad que las encendidas palabras de sus impactantes discursos.
En homenaje especial a ese ser humano inigualable, complejo y diverso, dotado por el Creador de tantas capacidades y destrezas naturales que fue Ángel del Cerro, comparto con los lectores de esta breve semblanza, el fragmento de un poema compuesto por él en el año 1954 ---rescatado gracias a la memoria del Arq. Manolo Fernández--- en el contexto de la Asamblea Nacional de la Juventud Católica celebrada en la ciudad de Santiago de Cuba:
“Santiago de Cuba
Es un cascarón de piedra
Entre la sierra y el mar
Sus tardes son de candela
Candela de sol y arena
Entre la sierra y el mar
Sus noches son de mulatos
Mulatos cogiendo fresco
Entre la sierra y el mar”.
Con este testimonio poético cerramos esta breve semblanza del excepcional ser humano, patriota y católico que fue Ángel del Cerro. Nunca lo olvidaremos.

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