Yo también pedí limosna
MIÉRCOLES, 22 DE MAYO DE 2013 00:10 ESCRITO POR RAMÓN DÍAZ MARZO 0 COMENTARIOS
Cuba actualidad, Habana Vieja, La Habana, (PD) En esta vida, cualquiera es capaz de pedir limosna, con la excepción de los que prefieren matar, asaltar, o robar. Esa idea de la dignidad, hábilmente difundida, es falsa. Me refiero a los hombres corrientes como yo, no de hombres que han nacido con la estrella del bien o el mal y cumplen su destino.
En algún pasaje del Nuevo Testamento hay una oración que dice: "Pedid, y se os dará". Es cierto que la mayoría de nosotros cuando hemos estado muriéndonos de hambre no le pedimos panes y peces a la dimensión espiritual, sino a la dimensión material.
Yo quiero solidarizarme hoy con todos los limosneros del mundo, y en especial con los limosneros cubanos que actualmente inundan nuestras calles con más arraigo que en otras etapas anteriores a la Revolución cubana del año 1959. Y la causa de esta lamentable realidad es conocida por todos los cubanos: EL GOBIERNO DE LOS HERMANOS CASTRO NO ACABA DE ORGANIZAR UN SISTEMA ECONÓMICO DONDE CADA CUBANO RECIBA UNA AYUDA ECONÓMICA JUSTA Y EFECTIVA.
Quiero demostrar que a veces hasta personas con talento no tienen a dónde ir ni a quién acudir y prefieren pedir limosna antes que robar o mentir o cometer otros delitos.
Hay muchos individuos que enmascaran su lamentable humanidad en un falso orgullo. Y no se dan cuenta de que, ante los ojos de Dios, el mejor orgullo y la mayor dignidad es tener la conciencia limpia. Y en especial tener muy claro que jamás utilizaremos el engaño y la mentira para arrebatarle impunemente al prójimo la posibilidad de vivir en un estado de derecho. Y ese estado de derecho es un abanico que va desde: no robarle al prójimo, no practicar el abuso de poder, respetar la convivencia social, y hacer cumplir la máxima de Voltaire: "Tu libertad termina donde comienza la mía".
En la década de los años 90 del siglo XX (bautizada como "el periodo especial") yo tenía por costumbre ir noche a noche a Mercaderes #2, donde vivía Poncito, el hijo del enigmático pintor cubano Fidelio Ponce de León.
Cierta noche, tal vez del año 94 o 95, salí de mi casa con el estómago vacío y la esperanza de que Poncito me brindara un plato de los frijoles con arroz que casi a diario lograba cocinar.
En mi pensamiento no había ninguna idea predeterminada de pedir limosna. Mas cuando recorría Obispo, poco antes de llegar a San Ignacio, divisé a un grupo de turistas con muy buena apariencia. Yo por esa época no me afeitaba y me encontraba muy delgado y sin proponérmelo ni sentirlo mi estampa era la de un hombre necesitado.
Y al darme cuenta de que felizmente ese tramo de Obispo estaba parcialmente sin alumbrado público, tuve la estúpida idea de que aquellos hombres corpulentos comprenderían mi necesidad y me prestarían atención.
Me acerqué por detrás y les dije: "¡Hey, amigos!", y se detuvieron y miraron dispuestos a escucharme. Y continué -en español, porque no sé hablar inglés-: "¿Podrían regalarme un dólar?"
Uno de ellos alzó sus manos e hizo señales que podrían interpretarse como: "No te comprendemos" o "No queremos darte dinero" o "No nos molestes" o "¿Y este loco de dónde salió?".
Luego he meditado mucho sobre esa experiencia mía de limosnero. Y he recordado personas que conozco y no conozco.
De personas que conozco recuerdo que un día caminaba por Monte y vi la cara conocida de un compañero de cuando estuve en el Servicio Militar Obligatorio. Estaba recostado contra la pared y llevaba un par de muletas. Me impresionó mucho descubrir que le faltaba una pierna. Lo saludé y le pregunté qué le había ocurrido. Y me respondió que la pierna la perdió en un accidente de tráfico. Y en efecto, recordé cuando domaba a la vida con un viejo automóvil norteamericano (un almendrón) con el cual obtenía generosos ingresos trasladando a las personas de un punto a otro de la ciudad.
Como no tenía limosna que ofrecer me disculpé y continué mi camino, asustado por los giros siniestros del destino, que le había jugado una mala pasada a mi ex compañero de armas.
Unos meses después en otro punto de la ciudad lo vi caminando con sus dos piernas. Me le acerqué y le exigí una explicación. Y con una naturalidad pasmosa me dijo que la vida era dura y había que ganarse los frijoles de cualquier manera.
Concluí que el tipo era todo un actor. Pero también estuve pensando en los criminales, tanto dentro de Cuba como fuera de Cuba, que no pierden su tiempo pidiendo limosna. Y que le roban a las personas y a las instituciones a las buenas o a las malas. Y también estuve pensando en los actuales políticos que gobiernan al mundo.
Para Cuba actualidad: ramon597@correodecuba.cu
MIÉRCOLES, 22 DE MAYO DE 2013 00:10 ESCRITO POR RAMÓN DÍAZ MARZO 0 COMENTARIOS
Cuba actualidad, Habana Vieja, La Habana, (PD) En esta vida, cualquiera es capaz de pedir limosna, con la excepción de los que prefieren matar, asaltar, o robar. Esa idea de la dignidad, hábilmente difundida, es falsa. Me refiero a los hombres corrientes como yo, no de hombres que han nacido con la estrella del bien o el mal y cumplen su destino.
En algún pasaje del Nuevo Testamento hay una oración que dice: "Pedid, y se os dará". Es cierto que la mayoría de nosotros cuando hemos estado muriéndonos de hambre no le pedimos panes y peces a la dimensión espiritual, sino a la dimensión material.
Yo quiero solidarizarme hoy con todos los limosneros del mundo, y en especial con los limosneros cubanos que actualmente inundan nuestras calles con más arraigo que en otras etapas anteriores a la Revolución cubana del año 1959. Y la causa de esta lamentable realidad es conocida por todos los cubanos: EL GOBIERNO DE LOS HERMANOS CASTRO NO ACABA DE ORGANIZAR UN SISTEMA ECONÓMICO DONDE CADA CUBANO RECIBA UNA AYUDA ECONÓMICA JUSTA Y EFECTIVA.
Quiero demostrar que a veces hasta personas con talento no tienen a dónde ir ni a quién acudir y prefieren pedir limosna antes que robar o mentir o cometer otros delitos.
Hay muchos individuos que enmascaran su lamentable humanidad en un falso orgullo. Y no se dan cuenta de que, ante los ojos de Dios, el mejor orgullo y la mayor dignidad es tener la conciencia limpia. Y en especial tener muy claro que jamás utilizaremos el engaño y la mentira para arrebatarle impunemente al prójimo la posibilidad de vivir en un estado de derecho. Y ese estado de derecho es un abanico que va desde: no robarle al prójimo, no practicar el abuso de poder, respetar la convivencia social, y hacer cumplir la máxima de Voltaire: "Tu libertad termina donde comienza la mía".
En la década de los años 90 del siglo XX (bautizada como "el periodo especial") yo tenía por costumbre ir noche a noche a Mercaderes #2, donde vivía Poncito, el hijo del enigmático pintor cubano Fidelio Ponce de León.
Cierta noche, tal vez del año 94 o 95, salí de mi casa con el estómago vacío y la esperanza de que Poncito me brindara un plato de los frijoles con arroz que casi a diario lograba cocinar.
En mi pensamiento no había ninguna idea predeterminada de pedir limosna. Mas cuando recorría Obispo, poco antes de llegar a San Ignacio, divisé a un grupo de turistas con muy buena apariencia. Yo por esa época no me afeitaba y me encontraba muy delgado y sin proponérmelo ni sentirlo mi estampa era la de un hombre necesitado.
Y al darme cuenta de que felizmente ese tramo de Obispo estaba parcialmente sin alumbrado público, tuve la estúpida idea de que aquellos hombres corpulentos comprenderían mi necesidad y me prestarían atención.
Me acerqué por detrás y les dije: "¡Hey, amigos!", y se detuvieron y miraron dispuestos a escucharme. Y continué -en español, porque no sé hablar inglés-: "¿Podrían regalarme un dólar?"
Uno de ellos alzó sus manos e hizo señales que podrían interpretarse como: "No te comprendemos" o "No queremos darte dinero" o "No nos molestes" o "¿Y este loco de dónde salió?".
Luego he meditado mucho sobre esa experiencia mía de limosnero. Y he recordado personas que conozco y no conozco.
De personas que conozco recuerdo que un día caminaba por Monte y vi la cara conocida de un compañero de cuando estuve en el Servicio Militar Obligatorio. Estaba recostado contra la pared y llevaba un par de muletas. Me impresionó mucho descubrir que le faltaba una pierna. Lo saludé y le pregunté qué le había ocurrido. Y me respondió que la pierna la perdió en un accidente de tráfico. Y en efecto, recordé cuando domaba a la vida con un viejo automóvil norteamericano (un almendrón) con el cual obtenía generosos ingresos trasladando a las personas de un punto a otro de la ciudad.
Como no tenía limosna que ofrecer me disculpé y continué mi camino, asustado por los giros siniestros del destino, que le había jugado una mala pasada a mi ex compañero de armas.
Unos meses después en otro punto de la ciudad lo vi caminando con sus dos piernas. Me le acerqué y le exigí una explicación. Y con una naturalidad pasmosa me dijo que la vida era dura y había que ganarse los frijoles de cualquier manera.
Concluí que el tipo era todo un actor. Pero también estuve pensando en los criminales, tanto dentro de Cuba como fuera de Cuba, que no pierden su tiempo pidiendo limosna. Y que le roban a las personas y a las instituciones a las buenas o a las malas. Y también estuve pensando en los actuales políticos que gobiernan al mundo.
Para Cuba actualidad: ramon597@correodecuba.cu

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