El Café Lucero
MIÉRCOLES, 05 DE JUNIO DE 2013 00:05 ESCRITO POR JUAN GONZALEZ FEBLES
Cuba actualidad, Lawton, La Habana, (PD) El Café Lucero es uno de los lugares enganchados de forma indeleble en un recodo de las memorias de mi infancia.
Un lugar al que acudía con mi madre y con mi padre por las tardes, en la conclusión de un día de bicicletas y patines. O en las mañanas de domingo en que mi papa bebía "la cosa agria fría" -cerveza- y jugaba cubilete con sus amigos en un extremo de la barra, mientras en el otro, yo disfrutaba una Jupiña, una Materva o cualesquiera otro refresco, de una oferta que no soy capaz de recordar de lo amplia que fue, a pesar de que Cuba era un país "subdesarrollado". Esos refrescos eran cortesía de la casa y junto con galleticas royalitas, soda etc., la forma que el dependiente encontró para que no fuera donde papá y le dijera: "¡Pipo, vámonos! ¡Toy aburrío!"
El café estaba y aún está ubicado a un costado del Túnel de la Bahía. Tanto mi padre, sus amigos como el resto de la clientela la componían familias, hombres y algunas damas que acudían solas. Todos vestidos con la elegancia y la corrección que imprimieron su sello a esa época que se pierde en las brumas de la memoria y resurge distorsionada como flashazos recuperados desde la infancia. Aquellos amigos de mi padre y él mismo, no eran ni con mucho "burgueses explotadores", aunque los hubo abogados y doctores.
Recuerdo aquella vieja victrola con la música en off de moda, -no me gustaba entonces- interpretada por Lucho Gatica, Benny Moré, ¡Elvis Presley!, Orlando Vallejo, Celia Cruz, etc.
Recuerdo a uno en especial, creo que se llamaba Armando y le decían "el Conde Negro". Se trataba de un negro de charol que tenía un sillón de limpiabotas, me parece que en la Manzana de Gómez. El hombre mantenía un brillo que no he visto repetirse en sus zapatos tan negros como él. Sus camisas blancas o de color, impecablemente limpias y almidonadas y planchadas. Siguieron el mismo patrón de cuidado con el filo de sus pantalones, impecables, envarados y verticales como el tipo en sí mismo. Se fue con una oculta novia rubia, no recuerdo si a México o Venezuela. ¡Tremendo el Conde!
Manolón fue un blanco rubicundo y era guagüero o conductor de un ómnibus de transporte urbano de la antigua COA. Ostentaba la misma elegancia, pero con espejuelos oscuros. Quiero decir que eran los mismos hábitos del Conde, los mismos zapatos brillosos, el mismo almidón en las camisas, los mismos pantalones con filo mantenido con esmero y la misma elegancia compartida por todo ese elenco de "hombres por su concepto de la moral y de la hombría", según la descripción de la época. "Hombres, amigos y caballeros". No olvidar, "se nace hombre y se muere hombre y caballero".
Con apenas 8 años, en 1959, los oí comentar: "Esto no es bueno ni pa los negros, ni pa los blancos". Más adelante, fueron desapareciendo del paisaje poco a poco. Mi padre, por la influencia que ejerció uno de sus amigos por el que sintió una devoción muy especial –y perjudicial para mí- decidió quedarse. Ese amigo sobre el que escribiré el día que tenga talante y ánimo para ello, solía decir: "La cosa no es espantar la mula, sino tumbar al caballo". Así fue que su amigo, nos embarcó a papá a mí y bueno, ya saben...
Estas fueron las emociones y los recuerdos que tuve, cuando pasé por allí y vi reabierto El Café Lucero, que en la actualidad presta sus servicios a turistas. Ya no se ven por allí a aquellos cubanos de antaño que conocí en mi niñez, sino turistas ansiosos de carne canela barata y bueno, compañeros.
Para Cuba actualidad: j.gonzalez.febles@gmail.com
Fotos: Juan González Febles
Café Lucero restaurado
MIÉRCOLES, 05 DE JUNIO DE 2013 00:05 ESCRITO POR JUAN GONZALEZ FEBLES
Cuba actualidad, Lawton, La Habana, (PD) El Café Lucero es uno de los lugares enganchados de forma indeleble en un recodo de las memorias de mi infancia.
Un lugar al que acudía con mi madre y con mi padre por las tardes, en la conclusión de un día de bicicletas y patines. O en las mañanas de domingo en que mi papa bebía "la cosa agria fría" -cerveza- y jugaba cubilete con sus amigos en un extremo de la barra, mientras en el otro, yo disfrutaba una Jupiña, una Materva o cualesquiera otro refresco, de una oferta que no soy capaz de recordar de lo amplia que fue, a pesar de que Cuba era un país "subdesarrollado". Esos refrescos eran cortesía de la casa y junto con galleticas royalitas, soda etc., la forma que el dependiente encontró para que no fuera donde papá y le dijera: "¡Pipo, vámonos! ¡Toy aburrío!"
El café estaba y aún está ubicado a un costado del Túnel de la Bahía. Tanto mi padre, sus amigos como el resto de la clientela la componían familias, hombres y algunas damas que acudían solas. Todos vestidos con la elegancia y la corrección que imprimieron su sello a esa época que se pierde en las brumas de la memoria y resurge distorsionada como flashazos recuperados desde la infancia. Aquellos amigos de mi padre y él mismo, no eran ni con mucho "burgueses explotadores", aunque los hubo abogados y doctores.
Recuerdo aquella vieja victrola con la música en off de moda, -no me gustaba entonces- interpretada por Lucho Gatica, Benny Moré, ¡Elvis Presley!, Orlando Vallejo, Celia Cruz, etc.
Recuerdo a uno en especial, creo que se llamaba Armando y le decían "el Conde Negro". Se trataba de un negro de charol que tenía un sillón de limpiabotas, me parece que en la Manzana de Gómez. El hombre mantenía un brillo que no he visto repetirse en sus zapatos tan negros como él. Sus camisas blancas o de color, impecablemente limpias y almidonadas y planchadas. Siguieron el mismo patrón de cuidado con el filo de sus pantalones, impecables, envarados y verticales como el tipo en sí mismo. Se fue con una oculta novia rubia, no recuerdo si a México o Venezuela. ¡Tremendo el Conde!
Manolón fue un blanco rubicundo y era guagüero o conductor de un ómnibus de transporte urbano de la antigua COA. Ostentaba la misma elegancia, pero con espejuelos oscuros. Quiero decir que eran los mismos hábitos del Conde, los mismos zapatos brillosos, el mismo almidón en las camisas, los mismos pantalones con filo mantenido con esmero y la misma elegancia compartida por todo ese elenco de "hombres por su concepto de la moral y de la hombría", según la descripción de la época. "Hombres, amigos y caballeros". No olvidar, "se nace hombre y se muere hombre y caballero".
Con apenas 8 años, en 1959, los oí comentar: "Esto no es bueno ni pa los negros, ni pa los blancos". Más adelante, fueron desapareciendo del paisaje poco a poco. Mi padre, por la influencia que ejerció uno de sus amigos por el que sintió una devoción muy especial –y perjudicial para mí- decidió quedarse. Ese amigo sobre el que escribiré el día que tenga talante y ánimo para ello, solía decir: "La cosa no es espantar la mula, sino tumbar al caballo". Así fue que su amigo, nos embarcó a papá a mí y bueno, ya saben...
Estas fueron las emociones y los recuerdos que tuve, cuando pasé por allí y vi reabierto El Café Lucero, que en la actualidad presta sus servicios a turistas. Ya no se ven por allí a aquellos cubanos de antaño que conocí en mi niñez, sino turistas ansiosos de carne canela barata y bueno, compañeros.
Para Cuba actualidad: j.gonzalez.febles@gmail.com
Fotos: Juan González Febles
Café Lucero restaurado

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