MIÉRCOLES, 30 DE ABRIL DE 2014 00:10
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Capítulo II
Rosita aparece al llamarla. Trae en una mano la hipodérmica con el calmante. En la otra, un pedazo de algodón empapado de alcohol que le dieron en el hospital, porque en la calle no se consigue. Ella le sonríe y Rosita no sabe qué cara ponerle, pues ya conoce su mal, y se siente indefensa e impotente.
Ella se vuelve de medio lado para recibir la inyección. Segundos después comienza a caer como en un letargo, se abandona y se hunde en ese mundo intermedio entre el sueño y la vigilia, donde no se queja ni maldice como antes, cuando alguien se oponía a sus caprichos. Era la señorita de la casa, la preferida del señor, que lograba de él lo que quisiera a pesar de los regaños de la señora, hasta que comenzó a asistir al colegio. Hubo perretas y llantos, pero la señora pudo más y el señor, que hubiera querido tenerla a su lado, accedió, y con el tiempo se convirtió en una muchachita bella que deslumbró a todos al ganar el codiciado título de Reina del Carnaval que anualmente se celebraba en el Liceo de Matanzas.
Y ahí aparecieron nuevos temores, principalmente en la señora que, mujer al fin, percibió que los jóvenes de su edad la desnudaban con la mirada. Fiscalizaba sus salidas y sus compañías, y comenzó a pensar en casarla, a pesar de su juventud, porque no le ocurriera una desgracia, pues adivinaba que esa jauría de muchachos todavía sin responsabilidades ni madurez se preguntaba quién se la llevaría a la cama después de seducirla con mentiras; quién sería el primero en gozarla y hacerla quejarse y suspirar hasta dejarla exánime, para luego tumbarse a su lado agotado, como un semental tras la batalla de la penetración.
Rosita tiene una experiencia amarga de ese asunto, aunque para todos en la casa nunca tuvo hombre. Ni siquiera uno de los tantos criados que le propusieron matrimonio, ninguno pudo desflorarla. Es lo que Rosita le confesó a ella cuando ninguna de las dos servía ya para satisfacer a un varón, lo cual por supuesto ella no creyó, porque sabía, o más bien, adivinaba quién fue el afortunado, aunque eso lo dejaremos para más adelante.