Cuba actualidad, Lawton, La Habana, (PD) Aquel agradable aroma a pescado frito que respirábamos antes de 1959, ha desaparecido. A pesar de que vivimos en una isla, y los mares cubanos son ricos en variedades de peces comestibles, a los cubanos se nos hace muy difícil comer pescado debido en parte al deterioro de la industria pesquera, pero fundamentalmente al hecho de que este alimento se destina casi exclusivamente al turismo y a la exportación (naturalmente, después de haber aprovisionado las despensas de los dueños del país).
La captura realizada por pescadores privados con pequeñas embarcaciones, que era fundamentalmente para el consumo local, se vio afectada a finales de los años noventas por la ley de propiedad de embarcaciones. Es a partir de esta época que desaparecen del mercado negro especies como pargos, biajaibas, cuberas, rabirrubias, lisas, cabrillas, que se conseguían frescas y a precios asequibles. Todas estas especies se capturaban en el litoral, pues nuestra extensa plataforma insular, en gran parte bordeada por el arrecife coralino, constituye un criadero natural de especies marinas.
Cuando el bacalao desapareció de nuestros mercados, a principios de los años sesentas, muchas amas de casa preparaban la lisa salada, que competía con cualquier bacalao importado.
En cambio, desde hace algún tiempo las pocas pescaderías que quedan en nuestro país dejaron de vender especies del mar y en contadas ocasiones ofertan pescados de presa, que son rechazados por la población por su desagradable sabor a fango. También algunas veces en estas pescaderías venden el llamado picadillo condimentado, muy salado, que ni los gatos se comen.
Pero a pesar de esto, sin ningún pudor, el diario Granma (19/9/1997) ha publicado noticias sobre las operaciones en la "fábrica de langosta viva" en el vivero del Mariel. El artículo alude a los 1200 kg de langostas capturadas, que en menos de 72 horas desembarcaron en perfectas condiciones en Canadá.
Sin embargo, para el cubano de a pie es un grave delito comer langosta. La Policía registra los transportes procedentes de los lugares donde se pesca o procesa este crustáceo, con el fin de decomisarlos si los encuentran. Los comerciantes clandestinos transportan sus paquetes acusadores sin identificación, de manera que si tiene lugar una inspección no son apresados, aunque pierden la mercancía. De lo contrario, se les impone una multa descomunal y se les levanta un acta de advertencia si fuera la primera vez.
Hace muchos años que se dejó de vender pescado por la libreta de racionamiento. Solo se ofertan 6 libras al mes para la dieta de quienes tienen colesterol alto y para los pacientes de VIH/SIDA. Es por esto que cuando en las pizarras de las carnicerías aparece el anuncio de "pollo por pescado, 11 onzas por persona", no son pocos los que se burlan con enojo y anuncian al resto de los vecinos: "¡Llegó el pescado de plumas!"
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