Pan y circo en Santiago
Paseo del carnaval de Santiago de Cuba, 2014. (L. GOMEZ)
No importan los males endémicos que vienen azotando la ciudad, el carnaval es la válvula de escape a las tensiones cotidianas.
Artefacto del parque de diversiones ambulante. (L. GOMEZ)
Santiago de Cuba espera cada año con ansias el mes de julio porque el pueblo está necesitado de la catarsis del carnaval. No importan los males endémicos que vienen azotando la ciudad, el carnaval es la válvula de escape a las tensiones cotidianas del ciudadano común. Es el tiempo de emborracharse con licencia, de relegar las penurias en un mar de cerveza de pipa.
Dicen los más viejos que los carnavales de ahora no son los de antes. Es cierto que distan mucho de aquellas tradicionales fiestas de verbenas vecinales que duraban todo el mes de julio. Las de ahora, se reducen a los últimos 10 días del mes, aunque mucha gente dice que no hay mejor celebración en el país que las del rumbón santiaguero.
La celebración ocurre en las avenidas fundamentales. Una de las áreas más concurridas es la del Jurado, pues todos quieren disfrutar de las evoluciones de comparsas, congas, paseos y carrozas. Sin embargo, no son suficientes las gradas. A lo que se añade el trapicheo de las entradas, de manera que la mayoría solo sabe lo que pasa allí por referencias.
Una buena iniciativa de este año fue la de trasmitir los desfiles a plenitud por la televisión local. Para entretenerse en casa, es una opción preferible a la aburrida programación nacional.
Los elementos supuestamente alegóricos al medio milenio de la villa y otras caricaturas fueron ejecutadas redundantemente, con espirales de tonos lúgubres y cenizos. Las formas, supuestamente hechas para alegrar la vista, resultaban apagadas. No había recursos para más, pero lo importante era desfilar, aunque fuera a retazos
De ello dio fe el pobre vestuario y las coreografías repetidas hasta el cansancio. Fue increíble constatar cómo varias comparsas se atrevían a homenajear a países y personalidades con un ínfimo bagaje cultural del referente. En los figurantes, con danzas que rayaban en la obscenidad, la tradición se desdibujaba hacia una mofa cabaretera vulgar. Rostros cansados, degastados, velados por el calor y la impotencia fueron apreciados en los paseos.
Otras áreas de fiesta bien acogidas cada año son aquellas en las que se colocan los "artefactos", frutos de la inventiva popular que se arman cual feria ambulante. Se agradece el ingenio de estos cuentapropistas porque es la única vez en el año que tenemos nuestro Disneyworld. Los niños disfrutan allí más de lo acostumbrado, puesto que el parque de diversiones de la ciudad es un cementerio de chatarra.
Y aunque año tras año observamos con pesar como suben las tarifas de las vueltas de un peso que era lo que se cobraba hace unos cinco años hasta tres y cinco pesos los aparatos más complejos, estos tiovivos representan las mayores expectativas de diversión infantil.
Los "tótems" son otra parte de la ambientación del carnaval en la que parece que se desborda el mayor sentido creativo y, sobre todo, del rescate de la esencia del carnaval. Diferentes alegorías como las máscaras, bebidas, disfraces, el colorido y su adaptación al entorno hacen reflexionar sobre la sinceridad de la recuperación de la tradición.
Para el pueblo santiaguero su carnaval es imprescindible, arrollar en una conga es un evento único que te permite expresar, y vaticinar, en punzantes estribillos la debacle nacional. Al paso de "Yo vivo en el agua como el camarón…", la multitud se libera, arrastra deseos y frustraciones, aun rodeados del cordón policial con su jaula.
No importa si ya no vienen los mejores músicos de Cuba o si ganan las mismas comparsas y congas, esas son estadísticas para el olvido. Lo crucial es que el pueblo recibió su circo.
¿Fueron los de este año unos buenos carnavales? Aún está por constatarse. Los que gozan al amparo de la cerveza a granel o bajo una carpa con otra de mejor calidad, pueden asegurarlo. Los que desprecian los tumultos, la mala higiene, el peor servicio, la falta de sentido común, pueden aseverar otra cosa. Y todavía más pueden decir aquellos que supieron vivir unos carnavales de verdad, carnavales en los que Fidel Castro pudo asaltar el Moncada impunemente.
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