 “La Isla de Cuba estaba conturbada cuando, en 13 de noviembre de 1850, tomó posesión de su mando, como Capitán General, José Gutiérrez de la Concha. La simiente revolucionaria abonada con la acción tiránica y omnímoda de Tacón, O'Donnell y sus conmilitones había germinado. La azarosa situación del país demandaba la presencia de un hombre de carácter firme, resolución severa y talento previsor. El general Concha distaba mucho de hallarse en el disfrute de tan señaladas prendas humanas.
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“En una alocución al país dirigida al posesionarse de la Capitanía General dijo Concha que abrigaba la firme resolución de aplicar todo el rigor de las leyes militares a cuantos se atreviesen a atentar contra los derechos, que juzgaba por supuesto sagrados, de la rama borbónica por él representada. El hombre que hablaba así se hallaba precedido en Cuba de la fama de liberal sincero, sin dobleces ni titubeos. ¿Cuál era la causa de la discrepancia entre los antecedentes y la primera manifestación del gobernante? ¿Sería la diferencia de latitudes entre la Metrópoli y la Colonia?
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“Las gentes honradas, teniendo por cierto y valedero cuanto las trompetas de la fama habían anunciado respecto de José Gutiérrez de la Concha, lo acogieron, aun después de los desplantes de su alocución, con respetuoso afecto. Su liberalismo se tradujo en muy poco. Creyó él que había transpuesto los linderos de la prudencia o que por lo menos se había excedido en bondades permitiendo, por el precio de una grande ovación, que, de concierto con el texto del dúo de Los Puritanos, se dijese en un escenario libertad, y no lealtad, como la ridícula censura exigía, y admitiendo en su trato y amistad a un hombre de ideas avanzadas, Ramón Pintó, catalán con familia respetable y arraigo hondo en La Habana. Concha fue gobernante irresoluto, a la par que desposeído de un verdadero criterio de justicia, hasta dejar, en abril de 1852, el mando de Cuba.
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