Bonsal, el último gringo bueno
Cuba actualidad, Marianao, La Habana, (PD) Phillip Bonsal fue el último embajador de los Estados Unidos en La Habana. Fue nombrado a raíz de la caída del régimen de Batista. Hablaba muy buen español y conocía Cuba, donde había servido en sus primeros años como diplomático.
La situación entonces era la más comprometida para los intereses norteamericanos desde 1933, cuando Sumner Wells había conseguido enfrentar al ya coronel Batista con Guiteras y Grau para garantizar la continuidad de sus intereses.
Ahora se trataba de un joven líder, con gran respaldo popular y con una tropa fiel a su mando, que había conseguido no solo expulsar al general Batista, sino derrotar en toda la línea al Ejército de la República.
Ahora se trataba de un joven líder, con gran respaldo popular y con una tropa fiel a su mando, que había conseguido no solo expulsar al general Batista, sino derrotar en toda la línea al Ejército de la República.
El gobierno norteamericano se había interesado, después de la célebre entrevista del New York Times, por buscar información acerca del líder rebelde. Para ello, el Departamento de Estado envió personas de su entera confianza a Santiago de Cuba para que sondeasen allí a sus amistades.
El resultado fue muy favorable. El hijo del terrateniente Ángel Castro y de la pinareña Lina Ruz gozaba de la mejor consideración. Únase a esto, la enérgica condena hecha por la dirección del PSP al asalto del Cuartel Moncada en 1953 y los antecedentes ortodoxos del inquieto abogado.
Batista repetía que era comunista, pero esto más que un hecho verificable, era un sambenito que se le colgaba a todos sus opositores.
Así que dejaron correr las acciones y cuando empezaron a pensar en buscarle una alternativa mejor, ya era tardísimo: el presidente Eisenhower propuso eso en una reunión el 23 de diciembre de 1958.
El general Cantillo hizo lo que pudo, pero la crecida del Ejército Rebelde, respaldado en las ciudades por las milicias del M-26-7, fue imparable.
Bonsal llegó en febrero de 1959, dispuesto a buscar contacto con el gobierno revolucionario. No dejó de observar el desarrollo de los acontecimientos. Le preocupaba la presencia alrededor de Fidel de su hermano Raúl y del argentino Ernesto Guevara, ambos identificados como comunistas. Por otra parte, confiaba en los moderados, presentes en el gabinete, como José Miró Cardona y Rufo López Fresquet, entre otros.
En abril de 1959, Fidel viajó por primera vez a los Estados Unidos, en respuesta a una invitación privada hecha por una organización de periodistas. El presidente Eisenhower omitió extenderle la invitación política que merecía, pues su índice de popularidad allí también era muy alto. No obstante, el vicepresidente Richard Nixon lo recibió y sostuvieron una larga conversación.
En mayo, se promulgó la Ley de Reforma Agraria y se creó el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), que sería el encargado de todo lo relativo a su aplicación. Ahí comenzó el trabajo duro para “nuestro hombre en La Habana”.
Hay que señalar que Bonsal nunca estuvo entre los halcones. Cuando la suerte parecía echada, en agosto de 1960, le propuso al Subsecretario de Estado Roy Rubotton un acercamiento final al gobierno cubano: “Pienso que debemos hacer un esfuerzo para detener la ruinosa destrucción de nuestros intereses en Cuba y la de nuestro comercio con la Isla, pues ambos están derrumbándose rápidamente, a consecuencia de las acciones de ambos gobiernos”.
Bonsal pidió autorización para sugerirle al Gobierno Revolucionario una negociación respecto al azúcar que adquirirían los Estados Unidos en 1961. Consideraba que era preciso asumir posiciones constructivas y estaba en franco desacuerdo con las medidas punitivas tomadas por Washington, porque “fortalecían la posición de los extremistas y facilitaban la creciente presencia soviética en Cuba”.
Concretamente, Bonsal proponía que los Estados Unidos reanudasen sus compras de azúcar, tres millones de toneladas a precios preferenciales, mientras Cuba se comprometería a crear, con parte de estos ingresos, un fondo para atender las reclamaciones de parte de los propietarios norteamericanos cuyas propiedades habían sido ya intervenidas por el INRA.
Se oponía Bonsal a que Washington aconsejaba retirarse de Cuba a los inversionistas. “El resultado inmediato de estas acciones es, por supuesto, incrementar la influencia económica de nuestros enemigos en Cuba a expensas de la nuestra”.
“1960 pasará a la historia de Cuba, -vaticinó Bonsal- como el año en que los comunistas, Rusia y China, expandieron sus compras de azúcar cubano hasta los dos millones de toneladas, mientras los Estados Unidos redujeron la suya en casi un millón”.
Esta carta, enviada el 2 de agosto de 1960, recibió tardía respuesta, el 17 de septiembre del mismo año. Su destinatario original, Roy Rubotton, había sido transferido al cargo de embajador en Buenos Aires. Su puesto fue ocupado por Thomas Mann, funcionario del Departamento de Estado que sí era un halcón, quien desdeñó la propuesta de Bonsal.
Poco más de un mes después, Washington llamó a Bonsal para prolongadas consultas y le indicó que viajase acompañado por su esposa. Ya nunca retornó.
Queda abierta la interrogante: ¿hubiese cambiado realmente la historia esta propuesta del último gringo bueno en La Habana?
Para Cuba actualidad: rhur46@yahoo.com
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