jueves, 4 de diciembre de 2014

La visualidad del XXI en La Habana

La visualidad del XXI en La Habana

Escena de 'Venecia', del realizador Kiki Álvarez.
Comienza la fiesta del cine en la capital con más de 116 filmes en concurso.
Las nuevas tecnologías —proyectores DSP en los cines Chaplin, Yara e Infanta— dan novedad al 36 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, a celebrarse en La Habana del 4 al 14 de diciembre, con 116 filmes en concurso en las categorías de ficción, medio y cortometrajes, óperas primas, documentales y dibujos animados, entre los 478 que serán proyectados —muestras de cine español, alemán, italiano, independiente norteamericano—.
Dedicado al Premio Nobel Gabriel García Márquez, fundador de la Escuela Internacional de Cine y TV de Tres Mundos y de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, el Festival apunta a una digna reanimación de la cinematografía cubana, que se presenta con nueve obras de ficción —cuatro largometrajes, una opera prima y cuatro cortos—, tres documentales y cinco animados, entre ellos el largometraje Meñique, primero realizado en 3D. Sobresale la producción independiente, tanto en los largos de ficción (VeneciaLa pared de laspalabras) como en el animado: de cinco obras, solo Meñique fue producida por el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC).
Nombres de directores veteranos, reconocidos por los cinéfilos —Fernando Pérez, Enrique Pineda Barnet, Ernesto Daranas, Enrique-Kike Álvarez— se codean con actores que devienen realizadores —Isabel Santos, Jorge Perugorría—, o jóvenes realizadores casi desconocidos —Adolfo Mena, Grethel Castillo, Marilyn Solaya (ópera prima con Vestido de Novia) y Joacenith Vargas (Estela).
Fuera de competencia quedaba Contigo pan y cebolla, de Juan Carlos Cremata, basada en la obra homónima del dramaturgo Héctor Quintero, mientras Regreso a Ítaca, del director francés Laurent Cantet, con guión del escritor Leonardo Padura, sobre un episodio de La novela de mi vida, laureada en el Festival de Venecia, no aparecía en la programación del Festival, apagando las expectativas de los cinéfilos. "Es una historia muy fuerte sobre el amor, la fidelidad, la traición, el exilio, todo con personajes de mi generación", declaraba Padura sobre la película, que aborda el exilio forzoso y el regreso definitivo de un cubano a su patria, tras 16 años de ausencia.
Sin 'glamour'
El Festival de La Habana, que acaba de recibir el premio Fenix, como reconocimiento a su añeja trayectoria, no se caracteriza por el desfile de estrellas glamorosas de la gran pantalla, sino por el encuentro-reencuentro de creadores: directores, guionistas, técnicos, actores, actrices… profesionales en fin. Entre las invitaciones especiales cabe destacar la de Robin Baker, curador del Archivo Nacional del Instituto Británico del Cine (BFI), con su proyecto Hitchcock 9, referido a la restauración de los nueve largometrajes silentes de Alfred Hitchcock que han sobrevivido hasta la fecha, tal El inquilino (1926). Y la del danés Steen Dalin, biógrafo del documentalista Theodor Christensen, quien participó en la formación del primer grupo de cineastas cubanos, a raíz de la fundación del ICAIC.
A las sedes habituales —salas de la calle 23—, este año se harán proyecciones en los barrios, reminiscencias del cine móvil de los 60-70.
Arte vs. mezcolanza mediática
De espectáculo de feria, tal es su nacimiento, el cine inicia la cultura de la imagen y el sonido: vivimos asediados por signos audiovisuales. Al salir de las salas para difundirse en las pantallas de la televisión o de las computadoras, parece que el séptimo arte gana terreno. Pero se trata de una verdad a medias: si el aumento de la producción y consumo de la obra audiovisual es notable, el declive de su potencialidad artística también lo es: retroceso estético, esterilidad espiritual, vacuidad del mensaje.
Si Jean-Luc Godard, Andrei Tarkovski, Federico Fellini, o Ingmar Bergman, entre otros, abrieron nuevas perspectivas estéticas, morales e intelectuales en arte, comparables al auge del Renacimiento en Florencia, es porque se planteaban preguntas esenciales: el sentido de la existencia, el sufrimiento o la muerte. El amor y la felicidad. Y si hoy no se espera respuesta alguna es porque aquellas interrogantes, que se creían consubstanciales a la humanidad, han desaparecido. Los espectadores que miran una serie de televisión insustancial, una telenovela, no son menos instruidos que los que hace treinta años hacían colas para ver una película de Bergman, Antonioni, Zanussi o Fellini.
Tal vez en el mundo de las nuevas tecnologías resuciten los eternos y nuevos interrogantes, ya sea en un casco de realidad virtual, o en la pantalla de un móvil: lo que importa es saber si abordaremos esas cuestiones esenciales o si seguiremos ofreciendo y consumiendo esa mezcolanza mediática que anestesia nuestra imaginación.

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