El 3 de diciembre en la Historia de Cuba
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• 1853 -
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- Gobierno de Juan de la Pezuela.
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Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 681-682 nos describe los acontecimientos del 3 de diciembre de 1853 en la Historia de Cuba:
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“El gobierno de Juan de la Pezuela en Cuba comenzó en 3 de diciembre de 1853. No llegó a los diez meses. Sin embargo, dejo huellas que ni el tiempo ni las vicisitudes políticas pudieron borrar.
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 “Un escritor hispano juzgó la conducta de Pezuela en Cuba sin despojarse de la influencia de pasiones emanadas de circunstancias borrascosas. Dio pábulo a las aberraciones de los inconscientes de determinado momento histórico. Y expuso que con el nombramiento de José Gutiérrez de la Concha para suceder a Pezuela quiso la Metrópoli brindar cumplida satisfacción a la masa de españoles que se puso frente al segundo, porque éste, con una tan grande como inesperada falta de tino, intentó quebrantar con medidas intempestivas los sentimientos de los leales y conmover los intereses de la Colonia. La acusación, sobre ser destemplada, careció de todo fundamento sólido. La conveniencia del traficante indigno, en la que sin duda se fijaba Justo de Zaragoza al emitir la opinión citada, no pudo servir de punto de vista para dictaminar acerca de la conducta humana en relación con problemas de entidad.
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“La obra de Pezuela descolló por la pulcritud y serenidad con que fue llevada adelante. La honradez acrisolada de aquel caballero español a la antigua usanza, como lo llamó José Ignacio Rodríguez, no pudo ser desvirtuada por sus enemigos. La generosidad y nobleza que le acarrearon la inquina del partido de los intransigentes resultaron cabalmente las condiciones que le permitieron prestar señalados servicios, no ya a los cubanos, sino a la humanidad, Protegió a la raza negra. Adoptó medidas enérgicas para lograr la extinción de la trata. Y defendió a los emancipados, que hasta entonces no eran sino perpetuos esclavos del Gobierno.
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“Un vulgar delator se acercó una vez a Pezuela para hablarle de una conspiración y entregarle la lista de los complotados. El General manifestó al visitante que las maquinaciones de los hijos del país lo indignaban, y le preguntó que sanción merecían, a su juicio, tales ingratos. El denunciante contestó que tan sólo en la hoguera expiarían los acusados su delito. Pezuela, con serena naturalidad, repuso:
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“-¡Tiene usted razón; voy a quemar a esos traidores, a quemarlos a todos, sin perdonar a uno siquiera!
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“Y, uniendo la acción a la palabra, acercó la lista a la llama de una vela que en el aposento ardía y aguardó a que el papel, que no leyó, quedase completamente reducido a cenizas. En aquel momento Pezuela hizo honor al régimen colonial y a su reputación de hombre civilizado y culto. Desdichadamente, su conducta no tuvo muchos imitadores en Cuba, aun siendo la correcta. En el gobierno de la Isla solían predominar el odio, el resentimiento, el espíritu de venganza y la concupiscencia. Una metrópoli deseosa de ser justa y humana en sus colonias hubiese procurado poner en los altos oficios de sus posesiones ultramarinas a varones de la calidad de Juan de la Pezuela. Los rectores de la política española no pudieron realizar una operación tan sencilla y prudente.”
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