| La Habana | 23 Dic 2015 - 3:14 pm. | 2
En el primer aniversario del anuncio sobre el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y EEUU, ante una pregunta de la sagaz periodista cubana Cristina Escobar, el profesor Orlando Domínguez, especialista del oficialismo en el tema, acaba de reconocer ante el programa "Buenos Días" de la televisión cubana que uno de los factores que entorpece el avance de las relaciones Cuba-EEUU son los riesgos que comportan para "nosotros".
En distintos artículos hemos venido planteando que el problema fundamental que está obstaculizando el avance de las relaciones entre ambos países es el miedo de la elite político-militar a perder el control que actualmente tiene sobre la sociedad cubana, su política y economía.
En realidad el riesgo grande no lo corre la nación cubana como tal, no lo corre el pueblo cubano, no lo corre siquiera el futuro del socialismo verdadero en Cuba; quien realmente corre enormes riesgos es el modelo estatalista-asalariado centralizado y la burocracia que se sirve del mismo.
Es claro: un amplio intercambio de todo tipo con EEUU confirmaría en breve lo que todo el mundo sabe, que el modelo estatal asalariado centralizado política y económicamente es un total fracaso y por tanto sus sostenedores tendrían que abandonar el barco o pretender hundirlo.
Para una gran cantidad de cubanos, entre ellos muchos economistas y hasta funcionarios del Gobierno y el Partido, está muy claro que si la economía cubana no se desestataliza, si las empresas del Estado no pasan a ser autogestionadas por los trabajadores o las cooperativas, o si no son vendidas en parte o totalmente al capital privado que las hagan productivas, si no se eliminan los monopolios estatales de comercio exterior y comercio interno y si no se abre la economía ampliamente al trabajo por cuenta propia, al cooperativismo y (digámoslo sin miedo alguno, porque en el socialismo cabe todo eso) al capitalismo privado nacional y extranjero, especialmente a los inversionistas cubanos asentados fuera del país, no lograremos desatar las fuerzas productivas y no saldremos del atolladero actual.
Simple: el sentido del Estado no tiene nada que ver con administrar empresas. Son otros asuntos por los que debe velar. El viejo y fracasado socialismo perdió porque confundió socialismo con estatalismo.
Son lecciones elementales de lo que ha pasado en todo el "campo socialista", desde Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Rumanía, pasando por la antigua URSS, hasta China. En todos, el "socialismo" aquel se fue a pique y en su lugar han resurgido y desarrollado economías multiformes y en unos más que en otros se ha transitado a sociedades más democráticas que las anteriores.
Desde luego, el gran perdedor de esos movimientos de desestatalización de la economía y a renglón seguido de la política, será el aparato burocrático actual que vive de la explotación de los trabajadores por el capitalismo monopolista de Estado impuesto en Cuba en nombre de un socialismo que nunca ha existido.
Y eso no quiere decir que no se queden algunas empresas en manos del Estado por su alcance estratégico, o simplemente por interés nacional. En todas partes existen esas empresas.
Pero lo que sí está muy claro es que hasta el mismo VI Congreso del Partido Comunista delineó una estrategia para desestatizar al menos el 50% de la economía y el Gobierno que está bajo control de ese partido no ha sido capaz siquiera de abrir el cooperativismo independiente ni liberar el trabajo por cuenta propia de todos los tipos de actividades.
Y la explicación no es otra que el temor a que las cooperativas y los cuentapropistas, los trabajadores autónomos y los pequeños negocios, como lo han demostrado, sean más eficientes, desplacen al Estado en los mercados, superen en toda la línea al estatalismo y sobre todo que atraigan a la fuerza de trabajo mal pagada por el Estado y deje al capitalismo monopolista de Estado sin capital humano.
Imagínense: si se permite a los médicos tener consultas privadas, manteniendo que trabajen para la medicina pública, los ingresos de estos profesionales aumentarían y pocos estarían dispuestos a someterse a la brutal explotación estatal en las misiones "internacionalistas". Si existe libre contratación, el Estado que paga salarios miserables, se queda sin gente para explotar.
Y, desde luego, la perdida de asalariados bajo control estatal, llevaría inevitablemente a una liberalización del pensamiento y el accionar políticos de esos trabajadores, que ya no serán más asalariados dependientes de la burocracia, sino autogestionarios, autónomos o empleados de privados mejor pagados.
Ese conjunto de peligros es el que la burocracia, que controla el Partido, el Gobierno y las empresas estatales, no está dispuesta a correr, con relaciones con EEUU o sin ellas.
Es la misma razón por la cual el aparato burocrático no quiere iniciar un proceso de democratización de la política en el país. Pues sabe que el estatalismo asalariado no tiene futuro y busca ganar tiempo para que la "dirección histórica" termine su tránsito por este mundo montado en el poder y, al mismo tiempo, ir acomodando a sus súbditos en empresas estatales emergentes como el turismo y la biotecnología.
No comprende que la apertura de relaciones con EEUU brinda mejores oportunidades al pueblo cubano para hacer en paz y con tranquilidad la necesaria transición del estatalismo a la socialización (no al colectivismo vulgar, sino a la repartición en el seno de la sociedad de la propiedad y las ganancias). Los capitales norteamericanos entrarían en tanto convenga a la nación toda y no solo a una parte de ella, como ahora aspira la burocracia, que solo quiere inversiones donde le conviene a ella y a sus empresas.
Pero la burocracia está equivocada en su percepción si cree que podrá garantizar el poder de sus leales, una vez salida del Gobierno la "dirección histórica". Los que vienen detrás no tendrán legitimidad, carisma, ni apoyo popular suficiente para evitar un desborde de las demandas populares, ni siquiera con un baño de sangre a lo Tiananmen porque no estamos en China ni el ejército cubano es el chino.
Ya lo hemos planteado muchas veces: La mejor forma de trascender de la llamada "dirección histórica" es propiciar en vida la transición de una economía estatalista, a otra pluriforme, donde quepan todas las formas de producción modernas y el Estado se quede básicamente como un ente integrador, con el control de una parte de los impuestos para solucionar problemas generales de la nación, aquellos que los ciudadanos no puedan resolver por ellos mismos, y para hacer funcionar mecanismos que garanticen la justicia social, el pleno respeto a los derechos humanos y la ayuda a discapacitados, ancianos, madres solteras y personas menos favorecidas.
Paralelamente, debería crear un clima de confianza político donde se respeten los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos, que posibilite un amplio e inclusivo diálogo nacional con todas las fuerzas políticas y económicas interesadas en el desarrollo del país y el mantenimiento de la independencia nacional, a fin de democratizar el sistema político, generar una nueva Constitución y una nueva ley electoral pluripartidista.
No hay dudas de que el estatalismo asalariado centralizado, esa versión estalinista de socialismo, ha fracaso en todas partes y en Cuba ha llevado el país al desastre. Aquí está llamado a desaparecer.
Lo inteligente, lo racional, lo más humano, lo más revolucionario, democrático y nacionalista sería ponernos de acuerdo todos, para darle santa sepultura y fomentar entre todos la nueva sociedad democrática que ya viene naciendo entre los trabajadores que decidieron abandonar la explotación estatal asalariada, entre los intelectuales que hacen teatro, música, pintura y cine por su propia cuenta, entre los que obligados a trabajar para el Estado buscar alternativas de vida, entre los que tienen un pensamiento distinto y han creado sus organizaciones, escriben en la prensa independiente y en forma democrática trabajan por un cambio pacífico.
Los riesgos mayores los corren los que no están dispuestos a convivir con el cambio inevitable.

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