martes, 26 de abril de 2016

UN DIA COMO HOY, EN LA HISTORIA DE CUBA.

POR: GUIJE CUBA


El 26 de abril en la Historia de Cuba

• 1896 -

- Desembarcó en la ensenada de Berracos, en el barrio La Lima, Consolación del Norte, la expedición del “Competidor”, integrada por 20 cubanos a las órdenes de Alfredo Laborde y el coronel Juan Monzón. Sostuvieron combate, ayudados por las fuerzas del coronel Socarrás, con guerrillas de La Palma y tripulantes de la lancha “Mensajera”. Se incorporaron al núcleo del coronel Juan Ducasse, que llegó en su auxilio, con el convoy. El capitán Laborde y el “Competidor” fueron hechos prisioneros y conducidos a La Habana por la dotación de la “Mensajera”.

Antonio Maceo en las Lomas de Tapia, Pinar del Río, el desembarcó del “Competidor” y el atentado de Armando André.

José Miró Argenter en “Cuba Crónicas de la Guerra (La Campaña de Occidente) - Tomo II: Segunda Edición” de la Editorial Lex, 1942, páginas 220-220 describe estos acontecimientos del 26 de abril de 1896 en la Historia de Cuba:

   “El ataque combinado que preparaba Suárez Inclán contra nuestras posiciones de Tapia se efectuó el día 26, entre ocho y nueve de la mañana: se inició en los montes del Rubí, que defendían las fuerzas de Pedro Delgado, por una de las columnas que acampó en Cabañas el día anterior. La hostilidad empezó en los campos de San Jacinto (ingenio destruido) y continuó por las lomas del Rubí hasta las once de la mañana, en que cesó el fuego de fusilería por haber retrocedido los españoles a sus acantonamientos; a esta misma hora sonaban cañonazos en el mar. Pedro Delgado, desde el Rubí, comunicó á Maceo el resultado del combate. A las dos de la tarde oyéronse nutridas descargas por el camino de San Blas y loma Colorada, camino que por primera vez reconocían los españoles, los cuales avanzaron al mismo tiempo por Lechuza, en donde encontraron la primera resistencia. Por loma Colorada salió al encuentro de los españoles el prefecto de San Blas, Francisco Vigoa, con la guardia de la prefectura, en auxilio de la cual acudió Maceo y situó las emboscadas en el lugar más adecuado. Rápidamente volvió al camino de Lechuza para contener a los españoles que avanzaban por este lado, en la dirección ya evidente de Tapia, para unirse allí con las otras fuerzas combinadas, objetivo de la operación que pudieron realizar después de una serie de disputadas escaramuzas. Eran tres columnas las que entraron en juego para ocupar el campamento de Tapia, tantas veces ofendido; la primera bajó por el camino de Lechuza hasta los umbrales de Tapia; en este sitio se le unió la segunda, que había penetrado por loma Colorada, y la tercera quedó de reserva en los altos de Lechuza. Mientras establecían el contacto las dos primeras columnas, para lo que necesitaron cinco cuartos de hora, fueron tiroteados por la gente de Sotomayor y la escolta del brigadier Bermúdez, que cruzaron rápidamente desde Tapia, y tornaron posición ventajosa por el frente de la enorme masa enemiga y simultáneamente el general Maceo hacía fuego continuado sobre la otra columna que descendía por la cuesta de Lechuza. Durante tres horas consecutivas los españoles no cesaron de batir el campo a descargas cerradas. Eran las cinco de la tarde; Maceo preparaba las guardias para la vigilancia de campamento, cuando recibió un correo enviado por el coronel Juan Ducasse con la grata noticia de que un buque expedición había sido visto por la playa de la Mulata. Sin pérdida de momento emprendió el camino de Buenavista con el Estado Mayor y las escoltas de Quintín Bandera y Sotomayor, dejando instrucciones al general Pedro Díaz, para que con la brigada Norte y la caballería de Bermúdez mantuviera en constante alarma al enemigo y defendiera el campo de Tapia, si volvían los españoles al empeño.

   “Acababa de demostrar Maceo que la montaña era inaccesible para los españoles, cuando los insurrectos se resolvía a defenderla con tesón. Miles de soldados conducidos por un jefe intrépido y tenaz, a quien no rendía la fatiga, no pudieron expulsar a Maceo de Tapia, objetivo de la operación combinada por Wéyler, para demostrar a su vez la eficacia de la armas españolas: las lomas seguían ocupadas por los insurrectos, y el jefe más temido de la Revolución iba a emprender otra serie de operaciones en la comarca de Bahía Honda. Maceo sostuvo ocho combates en el mismo campo, desde el nueve hasta el veinte y seis de Abril, luchando en todos ellos con una desproporción desmedida en cuanto al número de elementos ofensivos. A excepción del combate de San Claudio, en que pudo reunir cuatrocientos hombres, en todos los demás aceptó el debate en condiciones tan desiguales, que hoy parece cosa fabulosa: con doscientos hombres, con ciento cincuenta, cien, cincuenta, treinta y hasta con cuatro individuos, defendió las posiciones de Tapia, y llevó muchas veces al retortero al ejército español. Desde aquella fecha, Maceo enamorado de su obra, bautizó el lugar con este significativo nombre: el Peleadero de Tapia.

   “Incansable nuestro caudillo y ansioso entonces de socorrer la expedición anunciada, si no había aun desembarcado, apuró a marcha por aquellos caminos escabrosos a fin de llegar cuanto antes al litoral para adquirir noticias exactas del buque expedicionario. De Buenavista nos dirigimos hacia el noreste, y pernoctamos en una finca llamada San Ignacio, en donde, por Carlos Socarrás se obtuvieron datos concretos de la expedición, de la cual sólo se había salvado una parte, gracias al oportuno auxilio de la gente de Socarrás, que tuvo necesidad de sostener reñido combate con los marineros españoles de la lancha Mensajera y con las famosas guerrillas de la Palma. Los expedicionarios que pudieron salvarse estaban con Juan Ducasse, el cual llegó a tiempo de prestarles su concurso. La expedición venía en la goleta Competitor, al mando de Alfredo Laborde, con el coronel Juan Monzón y algunos patriotas de Cayo Hueso. La goleta fue apresada por la lancha Mensajera, mandada por Emilio Butrón, el cual, vigilando la costa comprendida entre cayo Julia y Morrillo, avistó un barco sospechoso con rumbo a Punta Verracos. La lancha española le hizo fuego con acierto, y algunos expedicionarios, que se hallaban en un bote cerca de tierra, se tiraron al agua.

   “Fue apresado el buque, y entre los prisioneros, Alfredo Laborde, mientras trataba de volver a bordo para salvar los pertrechos. Los demás pudieron desembarcar con el coronel Monzón y parte del cargamento. Las fuerzas de Socarrás protegieron el alijo haciendo fuego contra la barca española y trabaron después combate con las guerrillas de la Palma.

   “Los españoles ocuparon catorce mil cartuchos de diversos sistemas: la goleta Competitor conducía veinte y cuatro mil cartuchos y cien rifles. Era una pequeña expedición que se organizó en Cayo Hueso con recursos facilitados por los emigrados de aquel punto. Los elementos oficiales concedieron a ese suceso todos los honores de una victoria marítima, y la Goleta Competitor entró en la Habana como una presa de inapreciable valor el día 29 de Abril. La captura de la Competitor ocasionó un fuerte disgusto al general Wéyler y quebrantó también la autoridad de España. Reclamaron los Estados Unidos contra la ejecución de los prisioneros cuando estaban ya juzgados por un consejo de guerra, y hubo que suspender el fusilamiento para evitar mayores complicaciones. La actitud de la República Norteamericana produjo honda indignación en el ánimo de los integristas, que sólo se aquietaban con el espectáculo del patíbulo y con los horrores de la reconcentración.

   “En la parte occidental de Pinar del Río la campaña se sostenía con vigor por nuestros parciales. Mientras Maceo peleaba en los montes del Rosario, las tropas de Bermúdez y Castillo combatían en Paso Real de San Diego y por los pinares de Catalina contra Suárez Valdés, comandante general de la provincia; y en los remates de Guane el coronel Varona y los oficiales Lazo y Gallo combatieron rudamente contra el batallón le Wad-Ras. La guerra de montaña estallaba con redoblado furor en todos los distritos de Pinar del Río.
  
 “Al expirar el mes de Abril ocurrió en la Habana un suceso sensacional, que demostró a Wéyler la inseguridad de su propia vida en el mismo palacio de la crápula. Explotó una bomba de dinamita en el edificio de la capitanía general, colocada por el joven Armando André, de quien ya hemos hablado en estas Crónicas; explosivo que ocasionó desperfectos en la plana baja del edificio y estremeció a Wéyler, que se hallaba en su despacho con varios periodistas y oficiales del Estado Mayor. El propósito de Armando André era exterminar a Wéyler, cumpliendo de ese nodo lo que ofreció solemnemente a general Maceo. Para ello se puso de acuerdo con el comité revolucionario de la Habana; pero el trabajo personal de la peligrosa empresa lo llevó a cabo Armando André con el auxilio de dos individuos más, Ceferino Vega (asturiano) y un carpintero llamado Rafael Domínguez. El general Wéyler tratando de desfigurar el suceso, comunicó a Madrid que la explosión había sido producida por la dilatación de gases en las letrinas de Palacio; pero los corresponsales de los periódicos madrileños restablecieron la verdad de lo sucedido, atribuyendo la explosión a una bomba de dinamita fabricada ex profeso, y colocada en el edificio de la capitanía general por los filibusteros. El hecho realizado por Armando André y los dos sectarios con grave riesgo de sus vidas, merece particular mención en la historia de nuestras luchas por la independencia, porque sobre el valor en grado superlativo que demuestra esta acción, tiene la particularidad de no haberse intentado antes ni puesto en práctica después.”

• 1895 -

 Diario de José Martí en Cuba.




José MartíMáximo Gómez y acompañantes llegan al campamento de Iguanabo.

• 1869 -

- Disolución de la Asamblea de Camagüey.



Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 239-240 nos describe los acontecimientos del 26 de abril de 1869 en la Historia de Cuba:

   “Camagüey sumó sus empeños guerreros a los de los orientales que reconocían la jefatura de Carlos Manuel de Céspedes. Fue una prueba de la que supo salir airosa y triunfante la tierra de Ignacio Agramonte. Aunque los camagüeyanos, en los días de la conspiración, se mostraron partidarios de no precipitar los acontecimientos y de no iniciar la contienda sino en 1869, apenas enterados de que en el suelo sobre el cual ardió el cuerpo de Hatuey resonaba el grito de redención o muerte, estuvieron prestos a ocupar el puesto de peligro.

   “Camagüey estaba en guerra desde el 4 de noviembre de 1868. Un comité dirigió al principio el esfuerzo bélico. Pero, como las filas insurrectas fueron nutriéndose a diario y el arribo de la primera expedición del bajel Galvanic resultó una fuerte contribución de hombres de pensamiento y de acción, de los propios miembros del Comité Revolucionario partió la idea de sustituirlo por la que desde luego se llamó Asamblea de Representantes del Centro, integrada por cinco individuos elegidos por el pueblo en armas. Hermosa fue la tarea desarrollada por la Asamblea de Representantes del Centro en los tres meses escasos que rigió los destinos de los libertadores camagüeyanos. Un verdadero espíritu de democracia y justicia presidió sus trabajos. Entre sus actos postreros, y de seguro no el menos importante, se halló el constituido por el interés y la eficacia con que coadyuvó a la unificación de todos los núcleos revolucionarios bajo un solo gobierno.

   “La reunión en Guáimaro de orientales, camagüeyanos y villareños produjo una saludable mudanza. Los tres poderes creados en la Constitución reemplazaron las funciones que, separadamente, venían ejerciendo la Capitanía General de Oriente, la Asamblea de Representantes del Centro y la junta Revolucionaria de Las Villas. De derecho desaparecieron los instrumentos de gobierno que existían con anterioridad al 10 de abril de 1869. Sin embargo, algunos de los elementos representativos opinaron que debía declararse ello de manera formal y terminante. Así como Carlos Manuel de Céspedes se despojó ante la Cámara de Representantes de las insignias de su mando de Capitán General de Oriente, los camagüeyanos, más severos aun, quisieron extender un acta expresiva de las circunstancias del caso, bien que no en la oportunidad de los sucesos públicos aludidos.

   “El 26 de abril de 1869 fue el día en que Salvador Cisneros y Betancourt, Francisco Sánchez Betancourt, Miguel Betancourt Guerra, Ignacio Agramonte y Loynaz y Antonio Zambrana, como miembros que habían sido de la Asamblea de Representantes del Centro, extendieron y firmaron el acta de disolución de la misma. Hicieron constar la concurrencia en Guáimaro de los hombres que acordaron la Constitución y los puntos esenciales de esta, determinante todo de la desaparición de la asamblea camagüeyana. También manifestaron que, debiendo hallarse al frente del ejecutivo de cada estado un gobernador elegido por el pueblo, en tanto ello no se efectuase en Camagüey, quedaba nombrado, en calidad de interino, Carlos Loret de Mola. La Asamblea cumplió con sus deberes patrióticos. Al levantar acta de su disolución, declaró que, dondequiera que los acontecimientos colocasen a sus representantes, éstos serían decididos y leales servidores de Camagüey.”

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