viernes, 5 de agosto de 2016

UN DIA COMO HOY, EN LA HISTORIA DE CUBA.

POR: GUIJE CUBA


Natalicios cubanos:



Gorordo Juliá, Luis: -Nació en Caibarién el 5 de agosto de 1885. Abogado, orador, educador y amigo de las letras y los libros. En 1911 se graduó en la Universidad de La Habana gracias a la protección que le dispensaron Zayas y González Lanuza, puesto que desde pequeño venía luchando con toda suerte de obstáculos por haber quedado huérfano de padre y los bienes de éste al azar. Terminada su carrera se lanzó a la política. Años después se refugio en los libros y empleó buena parte del caudal heredado en formar su biblioteca. Como profesor dio clases en colegios de Remedios y de Placetas, hasta que mil y una contrariedades le hicieron desistir para encerrarse de nuevo en el santuario de su biblioteca "en convivencia consigo mismo", allá en su amada Caibarién.

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• 1876 -

- Jacques de Sores en La Habana - Pérez de Angulo en Guanabacoa.

Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 439-440 nos describe los acontecimientos del 5 de agosto de 1876 en la Historia de Cuba:



   “Al amanecer de un día de julio de 1555 apareció frente al puerto de La Habana un navío. A la vista de la población, en dirección al Oeste, pasó el bajel cerca de la boca de la bahía. Poco después, por la caleta situada al otro lado del bosque que circundaba la villa, bajó a tierra y avanzó sobre la parte urbana de La Habana la gente armada que venía en el extraño buque, que resultó comandado por Jacques de Sores. Para arribar a La Habana y desembarcar sin tropiezos, la expedición utilizó a un piloto portugués, desertor de las filas españolas. Sores tenía anunciado su propósito de consumar la hazaña a que daba cima.

   “La ofensiva de Sores hizo huir a Gonzalo Pérez de Angulo. Con su familia y lo que pudo arrastrar de sus bienes muebles, el Gobernador se dirigió a Guanabacoa, apenas salida de la condición de aldea de indios. El alcaide Juan de Lobera se encerró en la fortaleza con un grupo de españoles, negros y mestizos. A la acometida del corsario respondieron Lobera y los suyos con, una resistencia heroica. El Alcaide pretendió batallar hasta caer muerto. Pero sus parciales reaccionaron ante la superioridad del enemigo. Reprocharon a Lobera que quisiera sacrificarlos también. Los sitiados se rindieron en condiciones honrosas. Sores prometió respetar sus vidas y el honor de sus mujeres. La artillería manejada por Lobera en el terraplén de la fortaleza quedó cubierta con la bandera de Francia.

   “Pérez de Angulo añadió a su cobardía la mayor insensatez. La fortaleza, su guardia y los vecinos se hallaban a la merced de los enemigos. Entonces el Gobernador concibió la idea de sorprender a éstos. Con unos centenares de hombres, en su minoría españoles, trabó el combate, con burla de lo pactado por Sores y Lobera. La indignación del corsario no tuvo límites. La sangre corrió en abundancia. Lobera escapó de la furia de Sores tras esfuerzos extraordinarios. El Gobernador y los residuos de su mal dispuesta mesnada huyeron a Bainoa.

   “Sores puso precio al rescate de Lobera, pagado por los amigos del Alcaide. Lo exigió también en cuanto a la población. Juzgó miserable la cantidad de mil pesos que le fue ofrecida. Contemplaba defraudada su esperanza de encontrar en La Habana enormes tesoros. Decidió dejar trágica memoria de su visita. Ultrajó las imágenes de la iglesia. Quemó las embarcaciones surtas en el puerto. Redujo a cenizas la villa. Sólo quedaron en pie las paredes del templo, del hospital y de las casas de Juan de Rojas. Algunas correrías por las estancias comarcanas, donde ahorcó a los esclavos capturados, completaron su obra devastadora.

   “Sores abandonó La Habana el 5 de agosto de 1555. A su invasión siguieron las depredaciones de otros corsarios franceses. Se movieron entre La Habana y Mariel. Desembarcaron. Sacaron dinero del rescate de blancos y negros. Recogieron cueros. Demolieron caseríos. Dejaron La Habana totalmente perdida. Los vecinos de esta villa censuraron a Pérez de Angulo y a los consejeros y auxiliares del Emperador que habían desatendido las demandas enderezadas a crear las defensas indispensables. La destrucción de La Habana era una calamidad más para Cuba.”

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