miércoles, 14 de septiembre de 2016

LAS MUTACIONES DEL CASTRISMO




La forma como se desenrollan las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, el único país  que cuestionaba el totalitarismo insular,  permite percibir la posibilidad de que en la isla se produzcan cambios en el gobierno sin que participe el pueblo. 

El control que ha ejercido  la nomenclatura sobre los poderes del estado es el resultado de la conjunción de muchos factores, entre ellos la habilidad de satisfacer los intereses y ambiciones de sus testaferros, mientras, dispensa a la  población en general, garrote y zanahoria, privilegiando el garrote por supuesto.  

La sobrevivencia de la dictadura por 57 años, a pesar de la quiebra de la ideología marxista, su puntal  teórico, confirman la tesis de que Fidel y Raúl Castro se asociaron con la doctrina comunista por conveniencia y no por convicción.  La práctica soviética y el marxismo,  fueron una especie de primera frontera para la oligarquía revolucionaria, una línea de contención y arropamiento teórico que tendía a justificar las disensiones y la represión  con las promesas de un mundo mejor.

El fin del imperio soviético logró alterar la forma haciendo prácticamente imposible la ya precaria aplicación de la teoría marxista. Sin embargo,  la esencia del régimen cubano no fue afectada, porque su naturaleza verdadera no reconoce valores inmutables, salvo en la dimensión en que puedan ser afectados los que detentan el poder.

En el presente se aprecia con mayor  exactitud que el régimen cubano posee y mantiene una estructura de poder mafiosa, condición que no le ha obstaculizado colaborar con gobiernos extranjeros y otros factores económicos y políticos que las más de las veces le han favorecido en las relaciones.

Si hacemos una retrospectiva del régimen se puede apreciar desde sus inicios una capacidad cambios y renovaciones que no afecta la  esencia del gobierno. Los cambios qué solo se producen cuando son imprescindibles,  tienden a afirmar en el poder a la plutocracia gobernante, mientras, la nueva fase, conserva características esenciales de  etapas anteriores del régimen.

El Castrismo - un nombre a la práctica de conservar el poder- dista mucho de ser un sistema de ideas singulares con proyecciones propias sobre el hombre y la sociedad. El castrismo no tiene pretensiones, no aspira a ser una doctrina porque sus herramientas claves son, la intimidación, la desconfianza, la represión, el premio al envilecimiento y el castigo al contestatario.

Es un método de sobrevivencia, de mutación y transformación donde cualquier acción es válida por desquiciante y desestabilizadora que parezca, es un patrón que  tiende a nutrirse de las fuerzas que le adversan y de las contradicciones y debilidades que éstas presenten, más la interpretación de las quebraduras y coyunturas políticas que concurran.

El método exige un conocimiento verdadero de la realidad, un inventario efectivo de los recursos, y una capacidad de acción que pueda establecer y conformar,  “verdades no verdaderas” que combinan con una voluntad de acción que no conoce prejuicios.

Sin embargo, a pesar de habilidades, depredaciones y encantamiento, es evidente que el régimen está en su primera frontera, tal y como sucedió en 1959, con el agravante de que la magia de aquel año se agotó con el tiempo y los fracasos.

La dictadura reedita su mimetismo. Se prepara para prostituir y dignificar según el caso. Su práctica de alquimia política, de magia de yunque y martillo está lista para una nueva forma en el mismo e imperturbable espíritu.

Las divinidades menores del Olimpo se renuevan, pero los dioses superiores siguen en control mientras respiren. La liturgia cambia, pero el primer apellido en su omnipresencia y sapiencia revolucionaria, velará porque el reajuste de la selección natural de los tiempos no afecte esencia,  presencia y la conservación del poder y bienes, de quienes han gobernado un país transformado en cuartel.

Ese es el plan del régimen. Una sobrevivencia que no está garantizada porque la situación es bien diferente a la de la primera beatificación ya que el sistema y sus líderes están acabados. El pueblo frustrado y sin esperanzas de una vida mejor, porque sus posibilidades de acceder a la soberanía ciudadana continúan siendo negadas.

La esperanza del cambio reside que  entre el ciudadano y el poder no sea  posible un nuevo concordato, que las fricciones y choques del presente no sean amortiguados por parachoques teóricos o platos de lentejas que ayuden a la mala memoria, pero en caso de que se produjera un “milagro” y de nuevo la dictadura se auto transformé sin quebrar la continuidad del liderazgo y su discurso, sería de exclusiva responsabilidad de quienes dentro y fuera de la isla siguen oxigenando una autocracia que solo cambia para seguir igual.





Pedro Corzo
Periodista
(305) 498-1714

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