domingo, 18 de septiembre de 2016

UN DIA COMO HOY, EN LA HISTORIA DE CUBA.

POR: GUIJE CUBA

El 18 de septiembre en la Historia de Cuba

• 1896 -



- La Expedición de Rius Rivera.

- Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 529-5300 nos describe los acontecimientos del 18 de septiembre de 1896 en la Historia de Cuba:

   “La ansiedad patriótica se vio calmada por el más lisonjero de los éxitos cuando, el 18 de septiembre de 1896, los expedicionarios transportados en el Three Friends se encontraron con los veteranos a las órdenes del general Antonio Maceo, en Puerta de la Güira, no lejos del cabo de San Antonio. En Remates de Guane, en medio de dilatada llanura, en el seno del primitivo cacicazgo de Guanahacabibes, entre alborozos y emociones, ocurrió el feliz encuentro. Al frente de los recién llegados a Cabo Corrientes se hallaba Juan Rius Rivera. Para el Lugarteniente General del Ejército Libertador el acontecimiento era doblemente fausto, puesto que lo ponía en posesión de cuantiosos refuerzos y le deparaba la ocasión de abrazar a un antiguo y valioso servidor de Cuba.

   “El general Juan Rius Rivera procedía de la gloriosa guerra de los Diez Años. Había nacido en Puerto Rico. Estudiaba en Barcelona cuando su amor a la emancipación antillana lo hizo volar a Cuba, abandonando las disciplinas jurídicas. El ansia de pelear lo dominaba. Nada lo detenía. En 1870 se hallaba en el campo revolucionario, para distinguirse en breve, como observo José Miró, por su serena intrepidez, sus hábitos ordenancistas y austeros, su carácter íntegro y su adhesión al ideal patrio. Era un caballero de la libertad.

   “A las ordenes de Calixto García y Máximo Gómez realizo proezas admirables. El propio Antonio Maceo lo contó entre sus tenientes fidelísimos. Allá, en el terreno de la lucha heroica, nacieron los hondos afectos que ligaron a ambos lidiadores. Junto a Maceo batallo Rius Rivera hasta alcanzar el empleo de coronel. No podía haber recaído con mejor acierto en otra persona la designación de jefe de la expedición portada por el vapor Three Friends.

   “De la importancia de aquel empeño para las filas cubanas hablaban con elocuencia los elementos que la componían. El bajel trajo un cañón neumático, novecientos fusiles, veinte rifles, una tonelada de dinamita, cien proyectiles para el cañón y cerca de medio millón de cartuchos, entre otros materiales de guerra. El barco, bajo las hábiles prevenciones del general Rius Rivera, eficazmente auxiliado por el brigadier Joaquín Castillo, fue dirigido con acierto por su capitán. De Jacksonville a la playa de María la Gorda, en las inmediaciones de Cabo Corrientes, navegó del 3 al 8 de septiembre de 1896. Entonces, sin pérdida de momento, fue cuando los destacamentos insurrectos al mando de Manuel, Ramón, José Patrocinio y Severino Lazo comenzaron a prestar su ayuda a los expedicionarios, enfrascados después, por espacio de diez días, en la tarea de encontrarse con las huestes del general Antonio Maceo.”

- José Miró Argenter en “Cuba Crónicas de la Guerra (La Campaña de Occidente) - Tomo III: Segunda Edición” de la Editorial Lex, 1942, páginas 85-92 describe los acontecimientos del 18 de septiembre de 1896 en la Historia de Cuba:

   “Día 18.-Desde las primeras horas de la mañana se recibieron correos que anticipaban el feliz suceso, y a eso de la una de la tarde llegaron los expedicionarios, al frente de los cuales venía el general Ríus a quien Maceo estrecho calurosamente entre sus brazos y dióle el más afectuoso parabién por su arribo a la tierra de Cuba ¡después de diez y ocho años de extrañamiento, y de un mundo de sucesos inenarrables! Aquel abrazo de nuestro caudillo significaba la perduración de los afectos del alma, que resisten a la acción demoledora del tiempo y de las vicisitudes, cuando descansan sobre la base de la amistad contraída en los grandes riesgos de la vida militar. Ríus Rivera fue un oficial meritísimo en la guerra de los diez años, se distinguió por su serena intrepidez, sus hábitos ordenancistas y austeros, su carácter íntegro, y su amor al ideal patrio. Es todavía el mismo hombre, justo y honorable, de los pocos ejemplares que nos quedan de aquella generación heroica que dio esclarecidos campeones, hombres de sanos principios, que fueron apóstoles y mártires a la vez. Aunque el general Ríus nació en Puerto Rico, puede decirse que es oriundo de Cataluña, pues sus ascendientes eran del Principado catalán, del pueblo de Vendrell; allí tenían sus padres la casa solar con algunos bienes de fortuna, y él se educo en los institutos de Barcelona, en donde estudiaba la carrera de leyes al estallar la revolución de Yara. Partió para el campo de la lucha, ardiendo en deseos de combatir bajo la bandera de la libertad que enarbolo el ilustre caudillo de Faca; y por los años de 1870 hallábase el bisoño soldado en las filas de la insurreccion, para ostentar en breve, sobre su pecho valeroso, los timbres más preciados del militar. Estuvo a las órdenes de Calixto García, de Máximo Gómez y de Antonio Maceo en el palenque más disputado de la guerra y en el período más crítico de la campaña oriental. Como subalterno de García asistió a los combates de los Melones, Santa María y Chaparra, en los que prodigo el valor de su corazón; es fama que en este último hecho de armas, dio prueba patente de heroísmo al atacar con un puñado de hombres las líneas mejor defendidas del coronel Esponda, que era un león, y en aquellos momentos enfurecido, y su contrincante demostró la fiereza de otro león acometedor. Fue más tarde uno de los edecanes devotos de Maceo, y al lado de este incomparable paladín, luchando con bizarría en los grandes empeños de la infortunada campaña, ganó sus ascensos hasta obtener la graduación de coronel, cubierto el pecho de honrosas cicatrices. Maceo recibió con indecible satisfacción a su antiguo compañero y el valioso obsequio que éste le traía del exterior; pero también experimentó honda tristeza al conocer el desventurado fin de su hermano, el general José Maceo, hecho luctuoso que hasta aquellos momentos no fue confirmado plenamente. El general Ríus Rivera, al darle el pésame, por la muerte de su hermano José, puso en manos del doliente el Boletín de la guerra de quince de Julio, que insertaba el acuerdo del Consejo de Gobierno y una alocución muy sentida del general Máximo Gómez, con multitud de cartas de amigos del exterior que revelaban el profundo sentimiento que causó en todas las almas generosas la caída de aquel intrépido cubano, y el interés que les inspiraba la vida del más grande de los Maceos, cuya conservación era indispensable para la existencia y prosperidad de la república. El General devoró en silencio la terrible noticia, para aparecer indomable a la vista de los espectadores, que dominados por la pesadumbre, estaban pendientes de la acción muda, pero elocuente, del protagonista, para sostenerlo con el calor de sus corazones si daba señales de desfallecimiento. Los que sabemos cuán grande era el afecto que él sentía por su hermano José, sabemos asimismo que las fuentes del llanto corrieron en abundancia dentro del corazón. El ejército, que escuchaba conmovido la narración del triste episodio, prorrumpió en fuertes exclamaciones de dolor cuando terminó el relato oral y la lectura de las cartas de pésame, que eran en gran número; exclamaciones naturales en quienes sentían los infortunios de la patria, pues haba caído otro Maceo, y ya sólo quedaba en pie el vástago extraordinario que teníamos a la vista, recio y colosal aun, pero destinado a sucumbir aquel mismo año, si pródigo en laureles, más abundante en siemprevivas. Toda la tropa allí congregada expresó el pésame a su amado caudillo, balbuceando palabras incoherentes entre sollozos. Sólo quedó inmóvil el doliente, mas no impenetrable, porque las impresiones del alma, cuando son de naturaleza tan íntima, dejan rastro en la faz del hombre más frío y estoico. Y Maceo era de naturaleza sensible, de temperamento delicado; en su rostro, lleno de animación, aparecieron las huellas de la pesadumbre que ya no se borraron hasta el día fatal de Punta Brava. La tropa desfiló muda a recogerse en el vivac, como si un fúnebre redoble de tambor hubiese impuesto silencio.”

   “Grandes fueron los obstáculos que hubo de vencer el general Maceo para acudir en auxilio de la expedición, llegar oportunamente, como llegó, y prestarle su eficaz apoyo. Pero la expedición estaba salvada. Tanto el general Ríus, como el delegado de la junta revolucionaria, brigadier Joaquín Castillo, y el capitán del buque, podían con razón sentirse orgullosos de haber realizado, con éxito cabal, una de las empresas de más valor. El buque expedicionario condujo un cañón neumático, esto es, que disparaba en virtud de la presión del aire comprimido; 730 fusiles rémington de calibre 43, o rémington-mauser, que admitían cápsulas de 7 milímetros, 120 fusiles sistema mauser, 50 sistema Lee, 20 rifles, 2,000 libras de dinamita, 100 bombas o proyectiles para el cañón, 460,000 cartuchos y otros materiales de guerra. El vapor partió de Jacksonville el día 3 de Septiembre, y cinco días más tarde, el ocho, al amanecer, reconocía la playa de María la Gorda, inmediaciones del Cabo Corrientes, punto designado por Maceo para el desembarco; y con tal presteza se efectuó el alijo que, a las tres horas, estaba todo el material en la playa. Zarpo el vapor en seguida que dio remate a la operación; sus tripulantes recogieron algunos objetos de la flora cubana, como reliquias de la patriótica misión, que, con riesgo de sus vidas, acababan de realizar, y siempre dispuestos a repetir la peligrosa empresa. El vapor Tres Amigos era una trinidad adorable para los que luchaban por el ideal cubano; nuncio de buenas nuevas por el mar y portador de cosas útiles para el rescate de la patria. Todo el material de guerra fue trasladado, en hombros de los expedicionarios, a sitio más seguro, lejos de la indagación de los cañoneros españoles que solían escudriñar las ensenadas del Cabo. Los expedicionarios recibieron el primer socorro de los destacamentos de la bridgada occidental, al mando del teniente coronel Manuel Lazo y de sus hermanos Ramón, Patrocinio y Severino, los más ladinos vigilantes de aquella costa. A partir del día 9, fueron auxiliados por las diferentes fracciones que envió Maceo sobre el Cabo Corrientes, y el 18 -como hemos ya referido- llegaron los expedicionarios al cuartel general. Formaban parte de la hueste el ingeniero Ramón Villalón, que había preparado en New York el mecanismo del cañón neumático, tres artilleros americanos y el joven Francisco Gómez, hijo del General en jefe, que nació en la manigua cubana, y en donde muy en breve hallaría la muerte y tendría su fosa; triste y horrendo fin, si se quiere, pero también glorificado. Ahora le correspondía a Maceo dar cinta al plan, no menos erizado de peligros, de conducir aquella multitud de hombres y de materiales de guerra al través de las zonas enemigas de la región pinareña, perfectamente vigiladas y defendidas, y volver al punto de partida, las lomas del Rosario, sin más costo que el originado por el esfuerzo de romper las líneas españolas de la comarca occidental. La empresa, sin embargo, no hubiera sido difícil, si nuestras tropas no hubiesen tenido más obligación que las de medir sus armas con las del adversario en cualquier lugar de aquel territorio hostil, cuyos moradores tenían a orgullo su fidelidad al pabellón español, y el mantenimiento incólume de los baluartes que custodiaban con nunca desmentido celo. Nuestros soldados, para quienes la pelea diaria era cosa de poca monta, no hubieran abrigado el más leve temor de estrechar cualquier lance con los aguerridos defensores de España, si no tuvieran encima el embarazo enorme de la impedimenta, que ascendía ya a ochocientos componentes, a los que había que defender con ahínco, las piaras de reses, además, que aumentaban el botín y dificultaban las maniobras de combate, y por último, la caravana de familias menesterosas que, huyendo de los guerrilleros, venía a buscar amparo dentro de una colectividad que necesitaba moverse expedita, libre de estorbos en la brega, para poder dominar la posición disputada, abrirse paso de un solo empuje, y acelerar las marchas sucesivas, a fin de que el enemigo no se rehiciera aquí, y no tomara sangriento desquite un poco más allá. La situación era crítica, casi pavorosa.

   “Hallábase el Cuartel General en la Zona de los Remates de Guane, noroeste de la ciudad de Pinar del Río, y rodeado de trincheras españolas; Mantua, los Arroyos y Dinas, sitios bien fortificados, y la famosa trocha de Viñales a Levante, línea que no podía cruzarse por ningún lado sin combatir a sangre y fuego. Esa trocha, no tan cacareada como la del Mariel, porque en ella no ejercía el mando ningún émulo de Arolas, era, sin embargo, mucho más temible que la línea militar oriental en orden a los combates efectivos. Los de Viñales se bastaban solos para disputar el paso a los insurrectos, y aun solían acometer a las pequeñas partidas de los contornos. Era Viñales el cantón y centro de operaciones de las diferentes columnas que se movían dentro del radio comprendido entre la capital de la provincia y el mencionado lugar; dichas columnas salían, unas veces, de la ciudad de Pinar del Río, para reconocer el término de Pilotos, los vegueríos de Sumidero y del Guao, y comunicarse con las demás fracciones que cubrían la zona del Norte; otras veces, desembarcaban por la Esperanza según fuese el objetivo de la operación. Casi siempre, en la trocha de Viñales, se movía una brigada de tropa de línea de los destacamentos de vanguardia: era, pues, totalmente imposible eludir combate al cruzar por aquellos mogotes erizados de púas. Allá estaba el Jeque dominador, con el pabellón desplegado, y a la voz de ¡alerta! seguía instantáneamente la de ¡Cierra España!, que retumbaba por mogotes y pinares, con el son más agudo de los bélicos instrumentos. Tal era la situación en la segunda quincena de Septiembre de 1896. Y forzosamente, el cuartel general de Maceo tenía que permanecer en el rincón de los Remates hasta tanto no estu­vieran en camino los materiales de guerra de la expedición. Transcurrió el día 21, y transcurrió el 22, estacionados en el mismo lugar, organizando el convoy que había de conducir el depósito de plomo desde los Remates hasta el Rubí.”...

• 1570 -

- De las “Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana” Tomo II 1566 - 1574, dirigida por Emilio Roig de Leuchsenring, Municipio de La Habana, Administración del Alcalde Dr. Antonio Beruff Mendieta, editada en 1939:

   “Cabildo 18 septiembre de 1570.



   “En la villa de San Cristobal de la Habana á diez é ocho dias del mes de Setiembre de mil é quinientos é setenta años se juntaron á consulta é cabildo segun que lo han de uso é costumbre conviene á saber el Ylus­tre Señor Pedro Menendez Marquez gobernador general por Su Ma­gestad desta Ysla de Cuba, é los Señores alcaldes ordinarios desta dichavilla é Diego Lopez Duran é Anton Recio é Rodrigo Carreño é Rojas é Francisco Dávalos regidores é lo que se trató en el dicho ca­bildo es lo siguiente.

   “En este cabildo pidió por peticion Jorge Freile pescador estante en esta villa que por sus mercedes en cabildo se le mandó que el pes­cado que pescare lo tragese á la carniceria á pesar por arreldes á real el arrelde só cierta pena de que dice recibir agravio é perjuicio por que tiene costa é no poder sustentarse segun mas largo de la dicha pe­ticion consta que sus mercedes se diesen licencia para que lo venda en su barco con peso: é arrelde por real é medio. E los dichos Señores vista la dicha peticion digeron que mandaban é mandaron que dicho Jorge Freile é los demas pescadores guarden é cumplan lo que por el cabildo está mandado só la pena que está puesta é lo mismo mandaron á los de las nasas que lo guarden é cumplan é que no vendiéndolo como se les manda no pesquen de otra manera é que no las tengan sino fuere para vendello en la pescaderia.

   “En este cabildo pidió por peticion Martin Recio le hagan merced de un solar para hacer casa delante de solar de Beatriz negra horra.. E los dichos Señores Justicia é Regidores vista la dicha peticion digeron que le hacian é hicieron la dicha merced al dicho Martin Recio, sin perjuicio de tercero.
   “En este cabildo pidió por peticion Juana Garcia le hagan merced, atento á que es horra de nacimiento é que ha sido muger casada con españoles é así ha vivido bien é en pró desta republica que sus mer­cedes le dén licencia para que pueda vender vino é no se entienda por ella el pregón. E sus mercedes digeron que no ha lugar, que guarde é cumpla lo contenido en el pregon.

   “En este cabildo pidió por peticion Juan Gutierrez vecino desta villa de dos solares detras de las casas de Ysabel Ambera delante del solar de Francisco Dávalos. E los dichos Señores Justicia é Regidores digeron que le hacian é hicieron la dicha merced sin perjuicio de ter­cero al dicho Juan Gutierrez de los dichos dos solares é firmáronlo.­Pedro Menendez Marquez.- El Licenciado Cabrera.- Juan Gutierrez. - Diego de Soto.- Diego Lopez Duran.- Anton Recio.- Alonso de Rojas.- Alonso Rodriguez del Arbor.- Pasó ante mi Francisco Perez de Borroto escribano público y cabildo.”

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