martes, 26 de mayo de 2026

LA ROMS INVISIBLE

 LA ROMS INVISIBLE 


Por Faisel Iglesias.


Los grandes imperios de la historia nunca fueron únicamente estructuras militares ni simples acumulaciones de riqueza. Fueron, sobre todo, formas de organización de la civilización. Cada imperio expresó una determinada concepción del hombre, del derecho, de la soberanía, del poder y del sentido histórico de la comunidad política. Roma no dominó solamente por sus legiones, sino porque logró construir una idea del orden. El Imperio Británico no se expandió únicamente por el comercio marítimo, sino porque proyectó una concepción jurídica y económica del mundo. Del mismo modo, las diferencias entre el imperio ruso y el imperio norteamericano contemporáneo no pueden comprenderse únicamente desde la geopolítica, los arsenales nucleares o la competencia estratégica. Son, más profundamente, diferencias civilizatorias.


Ambos poseen dimensión imperial. Ambos proyectan poder más allá de sus fronteras. Ambos ejercen influencia sobre regiones enteras del planeta. Pero pertenecen a tradiciones históricas radicalmente distintas y responden a modelos diferentes de organización del mundo.


El modelo ruso constituye, esencialmente, un imperio territorial de continuidad histórica defensiva. Su lógica profunda no puede interpretarse solamente desde la Rusia contemporánea ni desde la expansión moderna de Moscú, sino desde la experiencia histórica de vulnerabilidad que marcó durante siglos a las llanuras euroasiáticas. Pocas geografías han sido tan abiertas a la invasión como el espacio ruso. Mongoles, tártaros, suecos, polacos, napoleónicos y alemanes atravesaron sucesivamente sus fronteras históricas. Esa memoria de amenaza permanente moldeó una determinada concepción del poder: el Estado como instrumento de supervivencia colectiva.


Por ello, la centralización no aparece en la tradición rusa simplemente como una forma administrativa de gobierno, sino como una necesidad histórica existencial. Allí donde otras civilizaciones desarrollaron gradualmente mecanismos de limitación del poder estatal, Rusia consolidó una cultura política donde la concentración de autoridad se convirtió en garantía de continuidad nacional. El Estado ruso no nació, en su lógica más profunda, para limitar el poder, sino para impedir la fragmentación del espacio histórico.


Esa continuidad puede observarse incluso a través de los distintos regímenes políticos que atravesó Rusia. Cambiaron las ideologías, las estructuras económicas y los símbolos oficiales, pero ciertos elementos esenciales permanecieron notablemente constantes: la verticalidad del mando, la centralización política, la subordinación relativa del individuo a la razón histórica del Estado, la prioridad de la seguridad sobre la libertad expansiva y la comprensión geopolítica de amplias zonas de influencia como condición necesaria de estabilidad estratégica.


La herencia bizantina y ortodoxa reforzó además esa visión orgánica del poder. Moscú se concibió durante siglos como la “Tercera Roma”, heredera espiritual de Bizancio tras la caída de Constantinopla. De ahí surgió una concepción donde el poder adquiere una dimensión protectora casi sagrada, depositaria de la continuidad histórica de la nación y de la civilización misma. Más tarde, el marxismo-leninismo sustituyó parcialmente aquella sacralidad religiosa por una sacralidad ideológica revolucionaria, pero sin alterar completamente la lógica estructural de centralización imperial. El Partido reemplazó al zar; la ideología sustituyó a la religión; pero el núcleo histórico de la organización vertical del poder permaneció esencialmente intacto.


Por ello, en la tradición rusa, el derecho ha tendido históricamente a funcionar más como instrumento de preservación estatal que como límite absoluto frente al poder político. La soberanía continúa asociada, en gran medida, a la integridad del Estado nacional como unidad indivisible de la historia. La estabilidad, la continuidad territorial y la cohesión estratégica ocupan un lugar superior respecto a la autonomía expansiva del individuo.


El modelo norteamericano contemporáneo responde a una lógica radicalmente distinta. Su fundamento histórico no nace prioritariamente de la supervivencia territorial, sino de una concepción filosófica y religiosa del hombre y de la libertad. La tradición política norteamericana emerge del pacto de la cristiandad protestante, donde el individuo aparece investido de dignidad propia porque fue creado a imagen y semejanza de Dios. De esa premisa nace una de las transformaciones políticas más profundas de la modernidad: la idea de que los derechos son anteriores al Estado y de que la soberanía pertenece originariamente al ciudadano.


Ahí radica una diferencia esencial entre ambas tradiciones. Mientras la experiencia rusa tendió históricamente a fortalecer el Estado para garantizar la supervivencia colectiva, la experiencia norteamericana se organizó alrededor de la limitación del poder para proteger la libertad individual. La Revolución Norteamericana no fue solamente una independencia colonial. Fue también una revolución antropológica y jurídica. El Estado quedó concebido como instrumento limitado al servicio de libertades preexistentes.


Por ello, la Constitución de los Estados Unidos construyó una arquitectura política destinada precisamente a impedir la concentración absoluta del poder: separación e independencia de poderes, federalismo, autonomía local, libertad religiosa, libertad de expresión, derecho de propiedad, supremacía constitucional y control judicial. Todo el sistema norteamericano descansa sobre la desconfianza estructural frente al poder concentrado.


Mientras el modelo ruso históricamente tiende hacia la centralización vertical, el modelo norteamericano se caracteriza por la descentralización dinámica del poder. Y precisamente allí se encuentra una de las claves fundamentales de su capacidad expansiva global.


El poder imperial norteamericano no depende exclusivamente de ocupaciones territoriales directas como ocurría en los imperios clásicos. Su fuerza descansa principalmente en una compleja red de integración cultural, financiera, tecnológica, industrial y jurídica. Estados Unidos no solamente proyecta capacidad militar; proyecta universidades, innovación científica, industrias culturales, plataformas digitales, investigación tecnológica, capacidad financiera y, sobre todo, una concepción política que millones de personas desean integrar voluntariamente.


Esa diferencia resulta decisiva. Rusia puede proyectar poder estratégico, militar y energético. Pero Estados Unidos proyecta además una arquitectura civilizatoria completa. Su influencia no descansa únicamente en la coerción, sino también en la atracción. Y esa capacidad de atracción constituye probablemente el rasgo distintivo de los grandes imperios civilizatorios.


El Common Law desempeña aquí un papel fundamental. Su carácter inductivo, jurisprudencial y evolutivo le concede una extraordinaria capacidad adaptativa. A diferencia de los sistemas excesivamente codificados y rígidamente centralizados, el Common Law puede absorber transformaciones tecnológicas, económicas y culturales sin destruir completamente la continuidad institucional. Esa flexibilidad explica en parte por qué el sistema norteamericano ha logrado adaptarse mejor que otros modelos a la Era de la Revolución Digital.


En el modelo ruso, la cohesión descansa prioritariamente sobre el Estado. En el modelo norteamericano, la cohesión descansa sobre una combinación mucho más compleja de ciudadanía, instituciones, cultura constitucional, mercado, innovación tecnológica y pluralismo social. Ello le otorga una capacidad integradora considerablemente superior.


Estados Unidos posee la capacidad de incorporar pueblos, religiones, lenguas y culturas diversas dentro de un mismo sistema político-jurídico relativamente estable. Rusia, en cambio, históricamente ha integrado más mediante gravitación geopolítica y control territorial que mediante absorción pluralista universal.


Naturalmente, ello no significa que el modelo norteamericano esté exento de profundas contradicciones. La concentración del poder financiero global, la expansión de las corporaciones tecnológicas, la polarización política, la fragmentación cultural de Occidente y las tensiones derivadas de la digitalización masiva representan desafíos enormes para los Estados Unidos contemporáneos. Tampoco significa que Rusia carezca de profundidad civilizatoria. Rusia conserva una inmensa tradición cultural, espiritual y estratégica, además de una extraordinaria capacidad histórica de resistencia.


Sin embargo, ambos imperios representan visiones distintas de la organización del mundo.


Rusia continúa encarnando una civilización de continuidad histórica estatal, territorial y estratégica, donde el poder central aparece como garantía de supervivencia colectiva.


Estados Unidos representa, en cambio, el primer imperio civilizatorio verdaderamente global construido alrededor de la soberanía del individuo, del dinamismo jurídico, de la descentralización institucional y de la integración sistémica de múltiples culturas bajo una misma arquitectura constitucional.


Y acaso allí resida la gran diferencia histórica del siglo XXI.


Porque la verdadera Roma de nuestro tiempo ya no es únicamente la que conquista territorios. Es la que logra integrar civilizaciones enteras alrededor de una determinada concepción del hombre, de la libertad y del derecho.

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