MÁS ALLÁ DE LA CONSTITUCIÓN DE 1940: CIUDADANOS, NO PUEBLOS
Respuesta a Zoe Valdés desde la perspectiva del Pacto Social Posmoderno
Por Faisel Iglesias
El reciente artículo de la escritora cubana Zoe Valdés posee una virtud que pocas veces aparece en el debate político cubano contemporáneo: la honestidad intelectual para reconocer que Cuba no necesita otro salvador. Su frase: «Cuba no necesita otro salvador. Tuvo demasiados. Necesita ciudadanos», constituye quizás una de las definiciones más certeras del drama nacional cubano.
También resulta profundamente acertada su afirmación de que «ningún país es liberado desde afuera si por dentro no existe una fuerza capaz de organizar el después». La historia demuestra que las intervenciones extranjeras pueden derribar gobiernos, pero jamás pueden construir repúblicas duraderas. Las repúblicas verdaderas sólo nacen cuando los ciudadanos asumen la responsabilidad de gobernarse a sí mismos.
Sin embargo, después de alcanzar esa importante conclusión, Zoe Valdés incurre en el mismo error civilizatorio que ha acompañado a Cuba desde el nacimiento de la República. Cuando propone como horizonte político el regreso a la Constitución de 1940, abandona el camino que ella misma había comenzado a recorrer.
La contradicción es evidente.
Si Cuba necesita ciudadanos, ¿por qué regresar a una constitución construida sobre la soberanía popular?
Si el problema histórico cubano ha sido la existencia de salvadores, caudillos y élites políticas que han hablado en nombre de la nación, ¿por qué restaurar un modelo constitucional que precisamente colocó la soberanía en una entidad abstracta denominada «el pueblo»?
La Constitución de 1940 fue hija de una época histórica específica. Nació en medio del predominio mundial de las doctrinas colectivistas del siglo XX. En aquellos años, comunistas, fascistas, socialdemócratas y nacionalistas compartían una premisa común: el individuo debía subordinarse a entidades superiores tales como la clase, la nación, el Estado o el pueblo.
Aunque la Constitución de 1940 incorporó avances sociales importantes para su tiempo, permaneció atrapada dentro de la filosofía política del contrato social europeo.
Su sujeto político fundamental no fue el ciudadano. Fue el pueblo. Y entre ambos conceptos existe una diferencia civilizatoria gigantesca. El pueblo es una abstracción. El ciudadano es una realidad. El pueblo no habla. Hablan quienes dicen representarlo. El ciudadano habla por sí mismo. El pueblo no puede ejercer directamente la soberanía. El ciudadano sí.
Toda la tragedia política cubana puede explicarse, en buena medida, por esa sustitución histórica del ciudadano real por el pueblo abstracto.
Desde 1901, pasando por 1940 y llegando hasta la Constitución socialista vigente, la soberanía dejó de residir en personas concretas para trasladarse a conceptos colectivos susceptibles de ser capturados por grupos políticos.
Primero hablaron en nombre del pueblo los partidos tradicionales. Después hablaron los revolucionarios. Más tarde habló el Partido Comunista. Pero en todos los casos el resultado fue idéntico: el ciudadano desapareció como sujeto político efectivo.
Por eso el problema cubano no consiste simplemente en sustituir la Constitución de 2019 por la Constitución de 1940. Eso sería retroceder hacia el mismo paradigma que contribuyó a producir la crisis.
El desafío histórico de Cuba es mucho más profundo. Consiste en completar la obra inconclusa de Félix Varela, Ignacio Agramonte y José Martí. Varela defendió la dignidad moral de la persona. Agramonte comprendió que la libertad sólo puede existir cuando el ciudadano controla al poder. Martí proclamó que la ley primera de la República debía ser el culto a la dignidad plena del hombre.
Ninguno de ellos colocó al Estado por encima del ciudadano. Ninguno convirtió al pueblo abstracto en soberano. Todos colocaron al ser humano concreto en el centro de la República.
Esa es precisamente la propuesta del Pacto Social Posmoderno. No regresar a la soberanía popular. Superarla.
No restaurar el contrato social europeo. Sustituirlo por un pacto ciudadano acorde con la era digital.
No transferir el poder desde una élite revolucionaria hacia una élite republicana. Devolverlo directamente al ciudadano.
La gran pregunta del siglo XXI ya no es quién gobierna. La verdadera pregunta es quién es el soberano.
Mientras la respuesta siga siendo «el pueblo», siempre aparecerán intermediarios dispuestos a apropiarse de esa soberanía. Cuando la respuesta sea «el ciudadano», el poder volverá a su fuente legítima.
Por eso la futura libertad de Cuba no depende únicamente de la caída del castrismo. Depende de resolver el problema que hizo posible el castrismo.
La nación cubana no necesita regresar a 1940. Necesita avanzar hacia una nueva etapa histórica donde el soberano sea cada ciudadano, donde los derechos fundamentales sean anteriores al Estado, donde la justicia constituya el fin supremo del derecho y donde el poder político sea una delegación limitada y revocable otorgada por hombres y mujeres libres.
Zoe Valdés tiene razón cuando afirma que Cuba necesita ciudadanos. La consecuencia lógica de esa afirmación es reconocer que la próxima República no puede edificarse sobre la soberanía popular de 1940.
Debe construirse sobre la soberanía ciudadana del siglo XXI. Sólo entonces la libertad dejará de ser una promesa. Y comenzará a convertirse en una realidad.
Artículo de Zoé Valdés: https://www.eldebate.com/.../cuba-demorada_428989.html...
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