viernes, 12 de marzo de 2010

SURGIMIENTO Y FORJA DE LA NACION CUBANA


Por Manuel Aguirre Lavarrere (Mackandal)

Guanajay, Habana,(PD) Dos grandes grupos son determinantes en el surgimiento y forja de la nación cubana. Primero, los españoles, que como conquistadores llegan a Cuba en busca de oro y poder conseguido mediante el trabajo de los esclavos indios. Y luego, los africanos, que al desaparecer los aborígenes, por obra y desgracia del máximo ideólogo de la esclavitud del negro en América, Fray Bartolomé de las Casas, llegan, contra su voluntad y en condición de esclavos.

Los negros, cazados y vendidos a los negreros, llenaron el vacío dejado por los nativos y constituyeron así el segundo grupo fundacional en el surgimiento de la nación cubana.

De España, junto al conquistador, llega el factor determinante de una llamada superioridad racial, la Iglesia Católica Apostólica y Romana, que se impuso cerrada en sus propios dogmas. Las religiones africanas fueron suspendidas por venir de un continente calificado como atrasado y salvaje, aunque en el momento de la conquista y la trata negrera se encontraba en la Edad de Hierro y con avances culturales visibles.

Los bailes, la danza y el canto a ritmo del tambor que seguiría a los africanos en la desgracia, fueron despreciadas y consideradas peyorativamente “prácticas bárbaras” que no había por qué tener en cuenta.

Se impuso la religión católica más a fuerza de palos y latigazos que de la cruz. El catolicismo conquistó las mentes y el pensamiento de esa clase tenida como superior, que permeará hasta nuestros días el modo de sentir y pensar del hombre blanco respecto a la población negra cubana.

De una España católica, prejuiciosa y discriminadora descendían los que tiempo después y llevando en sus genes los mismos prejuicios, pensaron a Cuba. Surgió entonces lo que se ha dado en llamar “la cubanidad”.

Personajes como José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte, José Antonio Saco, Francisco de Arango y Parreño, Agustín Caballero, el padre Félix Varela (que tiene su parte racista pero menos prejuiciosa con respecto al negro), conforman el reducido grupo que acuñará para la historia nacional un modo de vida y pensar que llega hasta nuestros días y que retoman, uno por uno, todos los dirigentes políticos, funcionarios públicos y terratenientes que en Cuba han sido. Su impronta fue el rechazo al negro.

De este pensamiento, los herederos insignes son los actuales dirigentes del gobierno, miembros del Partido Comunista de Cuba, algunos defenestrados ministros y otros que todavía, por obra y gracia de Dios o de la nganga, se mantienen en el poder y saben cuidar muy, pero muy bien sus puestos porque la caída aquí es de aguacate. Todos arrastran los mismos prejuicios. Ellos son descendientes de aquellos.

Pero como ocurre que nuestra verdad histórica está llena de mentiras y hay que apalear al burro donde se caiga, sucede que el negro en Cuba supo encontrar mecanismos de supervivencia. Para 1959, fecha en que triunfa la revolución por medio del enfrentamiento armado, se encuentra, aunque pobre, una raza organizada en las sociedades negras, que con Gustavo E. Urrutia primero y Juan René Betancourt después, enseña a la población afrocubana los vericuetos y traquimañas de ser dignos en la medida del propio sacrificio.

Existía un indiscutible legado histórico puesto de manifiesto en los distintos alzamientos y guerras que libraría la nación contra el coloniaje, más criollo que español después de 1902, pero con el mismo modus operandi de sus ascendientes ibéricos.

Dos o tres discursos donde se toca el problema del racismo y algunos beneficios apegados a la pobreza hacen creer al régimen que el problema racial está muerto y enterrado. Nadie habla del tema y quien se atreva a hacerlo es incinerado socialmente. Entonces sucede que el miedo, tanto del negro por reclamar sus derechos y del blanco por seguir negándoselos, agudiza y bifurca el problema.

Pero el racismo no tiene que estar presente ni negado en una constitución para reproducirse. Y se reproduce. Y ahora, de forma sutil y mediante diversos mecanismos, se extiende y cala mentes y sentimientos, divide familias y amistades. El racismo tiene para eso y más, puesto que en sí mismo es una gobernabilidad y una institución cuando necesita serlo, con suficiente combustible para autoabastecerse, además del don de la metamorfosis para adaptarse y sentar plaza en cualquier sistema político o religioso.

Y está ahí, en esa formación misma de la nación cubana, arrastrándose como una lombriz hasta el ahora mismo de Cuba.

Tomar como referente justificativo los distintos enfrentamientos del régimen con los Estados Unidos y no al régimen mismo, es una salida poco creíble y un insulto a la inteligencia.

Los chinos, que mediante contratos engañosos fueron traídos a la Isla y luego tratados como esclavos, han asistido, junto con el negro, el blanco y toda la población, a las mismas experiencias respecto a estos enfrentamientos políticos. Pero, ¿siguen los chinos desplazados y discriminados en Cuba? Todo lo contrario. Esa etnia asiática, que para orgullo nuestro forma el tercer grupo dentro de los componentes étnicos de la nación cubana, goza de plena autonomía y mantienen sus costumbres y tradiciones y hasta una prensa en su idioma.

Entonces, ¿quién discrimina al negro?

Hemos sido parte fundacional de la nación cubana y altruistas entusiastas en la construcción y consolidación del socialismo cubano. Pero buena parte de la población negra y mestiza está desencantada, se burla de si misma por haber creído tanto y durante mucho tiempo, en un sistema político que lo ahoga y discrimina.
makandalmm@yahoo.com

Obras consultadas:
Cuadernos del Aula "Fray Bartolomé de las Casas"
Segundo y tercer número. Convento San Juan de Letrán, 1998 y 2000.
Walterio Carbonell. Cómo surgió la cultura nacional. Ediciones Bachiller. Biblioteca nacional José Martí, 2005.
Juan Rene Betancourt. El negro: Ciudadano del futuro
Esteban Morales. Análisis de la problemática racial en Cuba. Edición la Fuente Viva, 2006.

Foto: Marcelo López

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