
Para José Saramago, el flamante premio Nobel de Portugal, Cuba es una piedra y una rosa. Es decir, Cuba es más dura que una piedra y está más viva que una rosa. Tiene razón, sólo que el autor de “Todos los nombres” y “Ensayos sobre la ceguera”, puede estar confundido con la Cuba que nombra y el origen de la fuerza y la vitalidad que vislumbra.
Saramago hizo esas afirmaciones en medio de una pachanga marxista durante la Cumbre de Oporto, en un acto en el que habló como presidente de la Asociación de Amistad Portugal-Cuba.
Un hombre que ha llegado a la gloria literaria con el rigor con que se adentra en los complejos temas que asume, por la profundidad de sus indagaciones y el valor con que investiga y maneja sus ficciones, debía represar su emoción política para hablar de un país que no conoce o del que tiene noticias y versiones parciales.
Claro, la política es así y seguramente era el momento, el carrusel de la jerigonza semántica, la fanaticada eufórica y nuestro gran prosista se lanzó al micrófono con esas metáforas desvaídas, sacadas, al parecer, del discurso de un cederista de Quivicán.
Admiro a Saramago desde que leí “El año de la muerte de Ricardo Reis”. Ese libro, inscrito ya para siempre en la historia de la literatura universal, dio a conocer al maestro portugués y fue, al menos para mí, una forma de homenajear y revivir al más importante intelectual de aquella región, el poeta Fernando Pessoa.
Aquí, en medio de esa roca que él describe casi no llegan sus libros ni los de otros autores importantes, pero con el ingenio y la generosidad de quienes la habitamos (y de algunos que han tenido que abandonarla) a veces logramos leerlo.
Los grandes sectores de la población que viven en las zonas peligrosamente marcesibles de la rosa, desde luego, no conocen a Saramago y si lo vieron últimamente en la prensa local, fue a junto a banderolas y consignas y no como el prosista que conoce otra parte del mundo.
Creo en la imaginación y sé que a veces sólo gracias a ella se puede vivir en Cuba, pero creo también en la responsabilidad del escritor de esta y de todas las épocas (no lo perdones, Señor, ellos sí saben lo que hacen) y es por eso que considero que el lúcido narrador portugués debía tocar la roca, verla en toda su dimensión, sentir el perfume y ver los pétalos de la rosa completa, a ver si sostiene el nombre de Cuba en la cúpula.
Es cierto que está viva, pero desde luego, en la voluntad de los hombres y las mujeres que salen a luchar todos los días por sus familias y que esperan cambios para su porvenir, libertad para sus iniciativas y bienestar para sus descendientes.
No son los discursos retóricos los que marcan la fortaleza y la vitalidad de una nación, sino el afán de ciudadanos en su batallar ante un grupo de poder que le impone la aspereza y cancela el futuro.
Aunque las metáforas me parecen gastadas y municipales es verdad, José Saramago, Cuba resiste y está viva, pero no es la misma Cuba de la que usted habla.
Cuando leí en La Habana esas declaraciones y adiviné en la tinta de los periódicos el entusiasmo del fabuloso prosista, me pregunté: ¿Cómo este hombre sin conocer Cuba -aunque haya pasado un par de veces, fugaz, por la isla- puede hablar en público de ella, con tanta anchura y desenfado?
Pensé: ¿Será mago Saramago?
Raúl Rivero
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