
Por Frank Correa
Jaimanitas, La Habana, 6 de 2010, (PD) Un poeta guantanamero que para no morir de hambre se desempeña como albañil en un contingente de la construcción, encontró una vez a una turista perdida en La Habana Vieja.
Era argentina, estaba hospedada en el hotel Vedado, le gustó que el cubano se mostrara disponible para servirle de guía. Se compenetraron inmediatamente hasta tal punto que ella lo invitó a pasear por el casco histórico, comieron en un restaurante de lujo, bebieron cervezas de latas, montaron en taxis de turismo, pero quien conoció realmente la capital de Cuba fue el guantanamero, que parecía estar perdido dentro de un sueño feliz, al acceder a las suculentas comidas criollas olvidadas, entrar a los museos, caminar libremente por el malecón y sobre todo, no ser molestado por los policías.
Regresaron al hotel a medianoche. Ella logró escabullirlo en el ascensor junto a varios turistas y meterlo en su habitación del quinto piso. Fue un verdadero puñetazo en pleno rostro lo que recibió el guantanamero al descubrir el confort capitalista. La extranjera sacó una botella de licor que guardaba en la maleta y bebieron mucho, sin medida.
Medio borracha le contó su historia, una mujer que camina apresurada por la pista rumbo al avión que espera con los motores encendidos, rugientes, colmando de dramatismo aquel último día en Buenos Aires.
Su foto aparece en todas las estaciones de policía, con otro nombre, otros ojos, otro color de pelo, sin gafas oscuras. Hace mucho frío y el miedo siempre es mayor cuando hace frío. Una mujer que escapa hacia un país donde le han dicho que reina el terror, pero el terror va quedando abajo en los edificios que se vuelven ínfimos, en las calles que se convierten en hilos, en el azul que aparece gigantesco de nubes. Una mujer que la semana anterior puso fuera de combate en plena vía a un general en la Avenida Rivadavia y el cruce con 9 de Julio, vestida de negro, casco y gafas oscuras, que todos hubieran confundido con un hombre si no hubiera dejado al chofer vivo.
El disparo le perforó la frente al general, el ojo izquierdo saltó de su cuenca al piso del auto y el militar murió al instante. El chofer, aterrado, se volvió para mirarla, vio sus formas femeninas bajo el traje, la bifurcación de sus senos, un mechón de cabello rubio, un destello azul tras el cristal de las gafas. Balbuceó “tengo hijos”. Ella sabe que tiene que matarlo porque la ha visto, pero el chofer le ha dicho que tiene hijos. Miles de desaparecidos y muertos en prisiones y ella perdona a un chofer que la ha descubierto solo porque tiene hijos.
Bebe otro trago, el licor es muy fuerte: “Pero aquel chofer tenía hijos, ché, a la hora de expirar nos llevamos solamente a nosotros mismos”. Un general no paga todos nuestros muertos, fue puro simbolismo arrimar la motocicleta al Mercedes Benz aquella tarde en Rivadavia y 9 de Julio.
--Mañana tengo que seguir mi periplo hacia Europa, y perderme para siempre en un lugar desconocido --dijo con voz tremebunda.
--Yo no he matado a ningún general nunca --replicó el poeta-albañil, también medio borracho --. Pero igualmente estoy perdido.
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