lunes, 7 de junio de 2010

Elecciones en Colombia


Armando Durán
El Nacional / ND

El triunfo de Juan Manuel Santos no estuvo nunca en discusión. Sin embargo, nadie podía imaginarse la naturaleza arrolladora de su victoria. ¡46% a 21%! Una auténtica paliza, para Hugo Chávez también, que entre otras cosas debe servirnos para despejar algunas dudas inquietantes.

La más llamativa y lamentable, por supuesto, la que refiere a las empresas encuestadoras.

opinan los foristas

¿Hasta qué punto puede uno seguir creyendo en sus presunciones? Peor aún, ¿hasta qué extremos seguir permitiendo que sus voceros asuman el papel de árbitros indiscutibles de la política nacional? Poco antes de las elecciones, todas las encuestas colombianas coincidían en señalar el ascenso espectacular de Antanas Mockus. En un momento determinado llegaron incluso a proyectar la derrota de Santos. Finalmente se restableció la cordura, pero sólo a medias, pues aunque señalaban a Santos como ganador, le atribuían una ventaja mínima y advertían que incluso perdiendo Mockus la primera vuelta, las alianzas políticas le darían la Presidencia de la República el 20 de junio. Una posibilidad que las cifras de la primera vuelta han borrado por completo del futuro inmediato colombiano. Jamás de los jamases quedó tan en evidencia la poca confiabilidad que merecen los especialistas en esta simple tarea estadística, que por definición debe ser inmune a cualquier veleidad subjetiva.

El principal efecto de este disparate que cada día se hace más habitual en América Latina fue la necesidad de encontrarle una explicación razonable a la paradoja según la cual, a pesar de la inmensa popularidad del presidente Álvaro Uribe, su candidato estaba condenado a perder las elecciones. En el mejor de los casos, que a la vuelta de la esquina lo aguardaba una victoria muy difícil y compleja. A partir de este punto controversial se multiplicaron los análisis.

El más sobresaliente era que, tal como le ocurrió a Winston Churchill después de la guerra, a Uribe se le reconocía su exitosa campaña de “seguridad democrática” para enfrentar a la guerrilla y el narcotráfico, pero ahora, una vez logrado ese ambicioso objetivo, igual que hicieron los británicos con Churchill en 1946, los colombianos le darían la espalda a su sucesor, para pasar la ingrata página belicista del dúo Uribe-Santos.

Ya hemos visto que no ha sido así. En realidad, Santos no representó nunca para los colombianos esa indeseable llamada a la guerra que le atribuye la propaganda antiuribista de procedencia chavista. Tampoco la supuesta popularidad de Mockus respondía a una marcada inclinación popular en favor de la paz, la ecología y las reformas sociales. Por otra parte, nadie reprobó en ningún momento las acciones de Uribe para acorralar a la guerrilla y el narcotráfico, sino más bien las consideró como legítima respuesta de una nación cansada de sufrir las consecuencias de la violencia desideologizada de las FARC y el narcotráfico. ¿Entonces? Lo ocurrido el 30 de mayo sencillamente fue la consecuencia natural de una combinación de factores contrarios a ese equivocado “cálculo” de las encuestadoras: la victoria de Santos se debe al infinito hartazgo popular con la guerrilla y el narcotráfico, a la firmeza inquebrantable demostrada a lo largo de tantos años de lucha por el presidente Uribe y a la identificación a fondo y sin medias tintas de Santos con la política uribista de defensa, llamada de seguridad democrática.

A pesar de las encuestas estos han sido los valores que, en definitiva, se impusieron en el resultado electoral de hace dos domingos. Sin que nadie haya tenido la audacia de rebatirlos.

Lo cierto es que la patraña de un país dividido por las FARC, fruto amargo de los laboratorios cubano-venezolanos de guerra psicológica que perseguían el propósito de confundir a los colombianos, no ha tenido la menor influencia en la intención del voto. Santos siempre fue el ganador.

La lección que se desprende de todo esto posee una notable importancia para los venezolanos, víctimas inocentes de la guerra desatada por Chávez hace once años contra sus adversarios, y a la vez sometidos al bombardeo embaucador de encuestadores criollos empeñados en sustituir la realidad real de Venezuela por otra, construida a la medida exacta de sus intereses y también de sus limitaciones. A menos de tres meses de las elecciones del 26 de septiembre hay que impedirlo. En todo caso, los deslices colombianos constituyen una advertencia ejemplar. Al menos, para que durante la dura noche del 26 al 27 de septiembre no se repitan las dramáticas experiencias del referéndum revocatorio ni del referéndum para aprobar una nueva Constitución.

aduran2007@cantv.net

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