viernes, 17 de septiembre de 2010

LUIS ROGELIO NOGUERAS

PUBLICADO PARA HOY 18 DE SEPTIEMBRE


Por Ramón Díaz-Marzo


Habana Vieja, La Habana,(PD) La vida de las personas que, por un motivo u otro, son del interés público, muchas veces no pueden ser contadas ni por sus propios protagonistas. Entonces son válidas las noticias que cada persona tenga parcial o totalmente del personaje para completar la historia clínica de su trayectoria.
Wichy, como cariñosamente todos lo conocían, demostró ser uno de los grandes poetas cubanos dentro de la Revolución. Cuando murió, en circunstancias que aun no están claras para mí, dejó trunco el universo de su mundo narrativo. De haber vivido para terminarlo, quizás ahora contáramos con un auténtico genio de la literatura cubana.
Su paso por la novela policiaca con un título paradójico: “Y si muero mañana”, nos demuestra que intuía su temprana desaparición. Creo que los artistas trabajan con herramientas creativas de las cuales tienen conciencia, pero otras permanecen ocultas y es como si hicieran un trabajo independiente a su voluntad.

No conocí a Wichy personalmente con la excepción de dos ocasiones en que nuestros vehículos físicos coincidieron. La primera coincidencia ocurrió en una de las primeras Ferias del Libro, en la década de los años 80, que se celebraba en los predios del Parque Central de la Habana y la calle de los Obispos.

Había diferentes paneles donde se discutían diferentes formas encasilladas de hacer o clasificar a la literatura. El conversatorio sobre literatura policiaca estaba programado para las tres de la tarde y todos los asientos disponibles ya estaban ocupados y un público expectante rodeaba el lugar.

Me encontraba sentado porque había llegado temprano. No tenía un objetivo preconcebido cuando salí de mi casa hacia la Feria, que distaba de menos de 100 metros. Les juro que no sabía lo que iba a ocurrir. En el panel estaba Wichy, y otros importantes escritores policíacos del momento. El moderador era Imeldo Álvarez.

La tesis que defendía Wichy y otros escritores consistía en que la novela policiaca cubana se había convertido en novela social. Que todas las novelas policíacas cubanas publicadas gozaban de la representación del pueblo, de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), que habían sustituido, en este caso, al clásico personaje representado por el detective; y que en la novela policiaca de la Cuba revolucionaria ya el personaje del detective no era tan importante –como en la versión burguesa- porque ahora el detective, sin la participación del pueblo, jamás podría descubrir o recuperar todas las piezas del rompecabezas de un crimen. Para concluir, dijo Wichy que la novela policiaca estaba condenada en el mundo socialista a desaparecer y “dejar de ser un subgénero de la literatura discriminado para convertirse en novela social”.

Aquí me picó un bichito. El bichito me decía que Wichy, que indudablemente (para mi más personal apreciación) estaba penetrado y aupado por la Seguridad del Estado. Incluso se movía y se comportaba en sus gestos y atuendos como un seguroso: patillas largas, gafas oscuras, y otras sugestiones que harían largo este comentario.

Con sus palabras, Wichy condenaba a la individualidad en aras de la colectividad. Allí ya no se hablaba inocentemente del género de marras, sino que subyacía un trasfondo político.

Como corrían los primeros años de los 80 y a pesar del “Mariel” el pueblo vivía aterrorizado y controlado por la policía política y demás dependencias represivas de la dictadura, cuando Wichy y demás escritores terminaron sus razonamientos e invitaron al público presente a que pidieran el uso de la palabra (tenían un micrófono con un largo cable extensible para el público por muy lejos que se encontrara) y transcurrieron los primeros segundos y nadie se atrevía a pedir el micrófono o no tenían algo que decir, de repente una fuerza desconocida en mí me hizo reclamar el micrófono. Como es natural todas las miradas se volvieron hacia mí (colectivo que mira a un individuo).

Tomé el micrófono y le dije a Wichy que su tesis era incorrecta. Le dije que la novela policiaca como tal nunca desaparecería porque la novela policiaca era como un juego de ajedrez, como esos jaque mate en tres jugadas que los Grandes Maestros inventan o escriben para ofrecérselos a los amantes de la guerra de las 64 casillas. Que un buen escritor de novela policiaca sólo tenía que tener como norte armar una historia con suspenso y pistas para permitirle al lector sentirse detective aunque, si era un buen libro, por muy perspicaz que fuera el lector, jamás podría descubrir la carpintería del escritor. Y lo que él planteaba como novela social donde hubiera un crimen, ya existía en “Crimen y Castigo”, de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Recuerdo los ojos de Wichy, que me miraba entre sorprendido y admirado de que un ciudadano de a pie tuviera criterio propio. Todos los personajes oficiales de la cultura que él conocía no abarcaban zonas de la opinión pública donde habían voces que aún tendrían que esperar muchos años para ladrar (como alguna vez dijo el escritor ruso Chejov).

Sólo Dios sabe lo que pensó Wichy de mí en aquel momento, y sólo Dios (y la Jefatura) sabe quién fue realmente Luis Rogelio Nogueras, alias Wichy. Porque la segunda vez que lo volví a ver personalmente fue en un ómnibus de la ruta 74, cuando abordé el vehículo en la calle de G para quedarme en la otra parada. En los breves minutos que compartí dentro de la guagua con Wichy, hubo un momento en que le sostuve la mirada y continuaba con aquella mirada de perplejidad, asombro, desconfianza, como si lo persiguieran constantemente. Era su mirada la misma que le vi años atrás durante la Feria del Libro.

En esta segunda ocasión que le vi fue cuando por primera vez procesé y sinteticé la información que me proporcionaba la expresión de sus ojos: Wichy vivía en un mundo oscuro. Lo que no sé es si ese mundo oscuro era real o se lo había inventado con su mente de escritor para sentirse un súper agente, poder vivir sus fantasías y escribir sus novelas donde, indudablemente, el alter ego siempre era él, aunque en ocasiones escribiera en tercera persona.
ramon597@correodecuba.cu

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