viernes, 22 de octubre de 2010

HOY EN EL CALENDARIO CUBANO, 23 DE OCTUBRE


Soroa, Candelaria, Pinar del Río


• Santos católicos que celebran su día el 23 de octubre:

- En el Almanaque Cubano de 1921:

Santos Pedro Pascual, obispo, Juan Capistrano, confesor y Santa Juana de la Cruz, virgen

- En el Almanaque Campesino de 1946:

El Beato Antonio Ma. Claret, Santos Pedro Pascual, obispo y Santa Juana de la Cruz, virgen



El 23 de Octubre en la Historia de Cuba

• 1897 -

- Encuentro de Soroa en el barrio Loma, Candelaria, entre las tropas de Antonio Maceo y las españolas del coronel Segura.

• 1895 -

- La Invasión Libertadora en Oriente: Avanza de Júcaro (distrito de Santiago de Cuba) a Guayacán (Santiago de Cuba), en total 6 leguas recorridas.

- En San Juan y Martínez, Pinar del Río, se levantaron en armas para secundar la Revolución un número selecto de sanjuanenses dirigidos por el Licenciado Lorenzo Guerra y Puente, los cuales sostuvieron fuego con las fuerzas españolas en la loma Capitana.

- Entraron en Martí, Matanzas, las fuerzas cubanas del general Clotilde García destruyendo la estación del ferrocarril.

• 1823 -

- La Espada del Libertador.

Emeterio S. Santovenia en “Un Día Como Hoy” de la Editorial Trópico, 1946, páginas 599-600 nos describe los acontecimientos del 23 de Octubre de 1823 en la Historia de Cuba:

“Aunque la constitución de Cádiz regía en España y sus dominios -en todas las Españas-, el estado político de Cuba en 1823 era deplorable por todos conceptos. Para los que pensaban en la independencia de esta Antilla la situación era caótica. Trastornos y reveses graves obstruían el progreso. En extremo fuertes habían de ser aquellos que se sintiesen con alientos para bregar.

“En tanto los libertadores residentes en Cuba sufrían persecuciones otros en tierras extrañas no daban reposo ni tregua a sus aspiraciones. Hijos de la valentía y de la generosidad fueron los que, reunidos en Nueva York para celebrar las victorias de Simón Bolívar sobre los ejércitos españoles en Colombia y Venezuela, concibieron la idea de partir en busca del Libertador, a fin de solicitar de él la ayuda necesaria para emancipar a Cuba. El destierro, reaccionando enérgicamente sobre los individuos, había logrado compenetrarlos. La suerte de Cuba era norte y guía de los patriotas que vagaban por el extranjero.

“En 23 de octubre de 1823 salieron de Nueva York, a bordo de una goleta, entre otros, el argentino José Antonio Miralla y los cubanos Gaspar Betancourt Cisneros, José Aniceto Iznaga, José Agustín Arango y Fructuoso del Castillo. La empresa resultaba digna de la causa a que estaba consagrada. Aquellos claros varones iban a impetrar el auxilio poderoso y eficaz del Libertador. Juzgaban que la obra de emancipar a América no se hallaría completa mientras Cuba continuase siendo preciado florón de la corona de Castilla.

“Miralla y sus compañeros pasaron a Venezuela. En La Guaira encontraron al cubano Francisco Javier Yanes, hijo de Camagüey y personaje del gobierno independiente. El se sintió conmovido, y les prometió hablar con Bolívar y con Santander de Cuba, de su cautiverio y de la necesidad de ayudarla a sacudir las cadenas que la ataban a la tiranía. Mucho y muy tenazmente laboraron, a trueque de sacrificios sin cuento, los generosos patriotas. Pero todo era inútil en la hora fatal que para Cuba corría. La cruzada, noble y trascendental en su esencia, resultó baldía, como baldías resultaron las gestiones posteriormente realizadas en torno al Congreso de Panamá y ante el propio Bolívar, imposibilitado de volar en auxilio de las Antillas.

“De lo más complejo en la vida y obra del Libertador fue su pensamiento acerca de la situación políticosocial de Cuba o, como el repetía, de La Habana. Su condición de estadista lo constriñó a ver con extremada cautela este asunto americano, sobre el que, a mayor abundamiento, pesaba la política de las grandes potencias. La espada del Libertador era necesaria para acelerar la emancipación de Cuba, pero el uso de ella no dependía de la sola voluntad de su egregio dueño.




José Maceo
en Próceres
por Néstor Carbonel

“Nació el año de 1846.”
“Murió el 5 de julio de 1896.”


“Hay vidas que parecen cuento: la del general José Maceo es una de ésas. Sus proezas; sus asaltos, merodeos, combates, fugas milagrosas, digiéranse invención de la fantasía más que realidad. El dios de la guerra forjó su espíritu, indócil y arrebatado, a la vez que noble y compasivo. Muchos hijos valientes ha tenido Cuba en sus luchas por la independencia: algunos acaso tan valientes como él; ¡pero ninguno más que él! Como Aquiles, como Héctor, los héroes de la homérica leyenda, José Maceo fue largo tiempo protegido por las divinidades. De ahí que la muerte lo respetara durante aquellos diez años de continuo bregar, de diario combatir, de constante coqueteo con el peligro. El fue el primogénito de los Maceo, legión de bravos El fue el Páez cubano: el huracán hecho hombre!

“En un oscuro rincón de la provincia oriental, nació y pasó los primeros años de su vida. Adolescente, no fue al colegio a aprender lo que eran las montañas y los bosques y los ríos: subiendo las primeras, atravesando los segundos, vadeando los terceros se los aprendió de memoria ¿La libertad? La libertad aprendió a amarla a la sombra de la esclavitud. No hay maestro que mejor enseñe a amar la justicia, que la injusticia. ¡A amarla y a defenderla! El grito de rebeldía lanzado en Yara por Carlos Manuel de Céspedes lo halla en pie. A él y a los suyos. Siete eran y el padre, y juntos todos sentaron plaza de soldado bajo la bandera roja, blanca y azul; bajo la bandera de la patria, dispuestos a conquistar sus derechos.

“Muerto el padre, al lado de su hermano Antonio, jefe antes que él, combate, ganándose los ascensos a tiros y machetazos. Durante la década sangrienta y gloriosa, asiste a cientos de hechos de armas. Una ocasión, Policarpo Pineda, llamado familiarmente Rustán, famoso entre las huestes libertadoras por su temerario valor, retó a tres de los Maceo, entre éstos a José, a ver cuál se portaba mejor en el encuentro próximo. Aceptado el reto, asaltan un convoy, destrozando completamente al enemigo. En el lance salieron heridos los cuatro justadores, a la vez que convencidos cada uno de ellos del valor de los restantes. En el ataque el cafetal Indiana, ya capitán, a las órdenes del general Máximo Gómez, fue herido de gravedad. Otra ocasión, enterado de que su hermano Antonio, acribillado a balazos en la acción de Barajagua, era transportado en una camilla, casi moribundo bajo la persecución de los españoles, constitúyese en su defensor constante. Diez días consecutivos duró la peregrinación aquella. El caudillo glorioso, en andas y seguido de su séquito hambriento, huía del enemigo, ansioso de apoderarse de la codiciada presa. Pero entre el enemigo y Antonio, iba José, defendiendo como un león cada palmo de tierra.

“Herido en el encuentro de la loma de Báguano, herido de tal modo que se le paralizaron las válvulas del corazón, cuando su gente afligida se disponía a cargar su cuerpo inerte, se irguió resuelto, montó a caballo, y marchó sobre los contrarios,-arrebatándoles la bandera y haciéndolos huir a la desbandada. Poco antes de firmarse el pacto del Zanjón, con sólo quince hombres, ataca en Pinar Redondo al batallón de Reus, matando a su jefe, el coronel Gonzalo. Días antes de firmarse la paz, poco faltó para que el general Martínez Campos cayera en su poder prisionero. Andaba José Maceo, seguido de sus fieles, acechando el momento propicio para dar un golpe de efecto que echara a rodar por el suelo el altar de las intrigas y componendas. En busca de esta oportunidad se encamina al Songo, donde se entera de que el general Martínez Campos se encuentra en el poblado del Cristo, y hacia allí se dirige. Pero no ataco al Capitán General español, porque supo que con él se encontraba un cubano prominente tratando precisamente de la paz.

“Terminada al fin la guerra de los diez años, se va a vivir a la ciudad de Santiago, lugar donde un año después dio de nuevo el grito de libertad, en combinación con Guillermón Moneada, Flor Crombet, Quintín Bandera y otros jefes. En marzo de 1880, hace prisionero al capitán del Ejército español, Enrique Ubieta, hermano de Emilio Ubieta, muerto gloriosamente en la batalla de las Guásimas, defendiendo los ideales de la revolución. A Ubieta, Maceo lo puso en libertad. Más tarde, en Arroyo de Agua, emboscado, espera la columna del teniente coronel Pujón y la destroza, haciéndole diecisiete muertos, y cerca de cincuenta heridos, entre éstos, el jefe.

“Hecha la paz nuevamente, es enviado junto con otros compañeros, a los presidios de Africa. Confinado a las Chafarinas, allí estaba, cuando con el fin de ponerlo en lugar más seguro, concibieron el plan de trasladarlo a Ceuta. El vapor que había de conducirlo a su nueva cárcel hizo escala en Cádiz, lugar donde, de acuerdo con algunos deportados cubanos, entre los que se hallaba Calixto García, logra fugarse en compañía de su mujer y de su hijo. Llega a Tánger, pero de este lugar tiene que salir precipitadamente, yendo entonces a refugiarse en Gibraltar, posesión inglesa. Con conocimiento España del arribo de los prófugos a Gibraltar, solicita su extradición, a lo que el Gobernador de aquel peñón accede sin consultar a su Gobierno. Entregado de nuevo a las autoridades españolas, es encerrado en el castillo de Pamplona. Al cabo de algunos meses, por gestiones de Inglaterra, fue trasladado a la plaza de Mahón, de donde pudo evadirse pasando primero a Argelia, luego a Francia, y por último a Panamá. Mas tarde se trasladó a Costa Rica, tierra donde a puro esfuerzo, en lucha abierta con la naturaleza, levantó su hogar, alzó su tienda de peregrino de la libertad.

“De su vida plácida de campesino fue a sacarle la propaganda del Partido Revolucionario Cubano,-la estupenda obra de Martí. En Costa Rica, junto con su hermano y Flor Crombet, espero la hora, siempre alerta. En compañía de éstos y de otros jefes, embarcóse en una pequeña embarcación nombrada Honor, con rumbo a Cuba. A las playas de Duaba, Baracoa, fueron a dar. En ella desembarcan en pleno día, armados y resueltos. A la vista de la ciudad sorprendida ocupan una casa situada sobre un cerro. Allí comienza a unírseles la gente. Informados de que viene a atacarlos una columna española, la esperan y la hostilizan y la rechazan. Celebrada la primera función de guerra, se internan en el monte.

“Después de varios días de marchar sin tregua, perseguidos de cerca por el enemigo, se detienen a descansar en una casa situada en un lugar llamado Palmarito, donde son sorprendidos. Pelean allí cuerpo a cuerpo y como fieras. Allí murió Crombet, caballeroso y bravo, y otros cayeron prisioneros. José Maceo quedó solo, descalzo, perdido en las sierras de Baracoa. Trece días anduvo así, hambriento y sediento, sin encontrar dónde apagar la sed ni matar el hambre. En el desamparo, no tiene más compañero que su rifle y cien cápsulas. ¿Alimento? Alguna que otra ave que caza y come cruda, y alguna que otra fruta silvestre. Una vez, ya en el colmo de la desesperación, después de haber andado cuarenta leguas, halla un camino ancho, por el cual se echa a andar rifle en mano y el dedo en el gatillo. Apenas había caminado una legua, llega a una estancia, a un pequeño bohío. El dueño del sitio le dice que la revolución está fracasada, lo que lo hace sufrir enormemente, pero no cejar. En marcha de nuevo, oye gente que se acerca y se dispone a morir. -¡Alto! ¿Quién vá? -dijo. Y le contestaron: -Cuba.- ¿Qué gente? -repuso. Y le respondieron: -De Periquito Pérez! Se había salvado, estaba entre hermanos.

“Tan pronto como se vio al frente de alguna tropa, se reanima, es otro hombre, es decir, vuelve a ser quien era. Cuando el general Gómez y Martí lo encontraron, ya al frente de unos quinientos soldados, combatía a diario. ¡Acabado de batirse y triunfar en Arroyo Hondo, abrazó a Martí y a Gómez! Después... después combate -y siempre vencedor- en Jobito, Ramón de las Yaguas, Sao del Indio, Sagua de Tánamo y otros lugares, hasta que al fin, sucumbe en la loma del Gato, peleando heroicamente, denodadamente contra los amos de su tierra, mientras las palmas todas se inclinaban pesarosas y los ríos murmuraban una plegaria...”




POR: GUIJE CUBA

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