viernes, 22 de octubre de 2010

LA PRISIÓN DEL ALMA


Por Augusto César San Martín Albístur


Centro Habana, La Habana, 23 de octubre de 2010 (PD) La noticia de la excarcelación de algunos presos políticos y su deportación a España ha sido noticia en los últimos meses. Mucho se habla sobre el lugar de destino de los prisioneros y del sufrimiento pasado tras las rejas. Pero casi nunca leo sobre la agonía que permanece en la memoria, esa que por más que se intente describir con palabras e imágenes, no se deja ver en toda su extensión porque su perversidad se deleita con quedar atrapada en la conciencia del ex-preso político.

En el año 2004 fui puesto en libertad condicional después de cumplir diez años por causa política. Han pasado seis años desde la excarcelación y aun estoy prisionero de aquel tiempo que pensé superar una vez alcanzada la libertad. Es un hecho que las circunstancias que me llevaron a la cárcel no han cambiado, esa es una razón de peso, pero el trauma que queda en quienes van a la prisión por defender sus ideas sobrepasa las metas que se hayan propuesto.

Soñar con frecuencia el mundo del presidio, despertar en las madrugadas con el temor de un nuevo arresto, vuelven insoportable las noches. He conversado con otros ex -prisioneros políticos en libertad y han confesado que se levantan en la noche porque creen escuchar el grito del carcelero que anuncia el recuento de los presos. Nos sucede a gran parte de nosotros, que nunca más logramos dormir la mañana: aun sin tareas planificadas, nos levantamos a la seis de la mañana, la hora del primer recuento.

Pasar años en celdas solitarias, con la única compañía de los libros, el sonido de las puertas de hierro y los roedores, logran convertir los deseos de superar el trauma en apatía. Cada minuto de encarcelamiento queda en el recuerdo y aflora en su intento por aniquilar la voluntad del presente. Las heridas que dejan los recuerdos de la cárcel son incurables, lesionan el alma de forma tal que convierten en inertes los esfuerzos y abren una brecha infinita hacia la esperanza.

La convivencia en el mundo de los marginados donde la tensión es perenne y se hace acompañar por la sodomía, la delación , los abusos de poder y el resto de las malignidades que pueden idear los seres humanos, es algo difícil de superar para la memoria.

En la cárcel, la sensación de vacío domina el cuerpo; solo se oculta durante los encuentros con los familiares para regenerarse cuando se marchan. Queda esa sensación de soledad y lejanía que utiliza muy bien el gobierno que encarcela para trasladar a los prisioneros políticos lejos de la ciudad donde residen y ubicarlos aislados o en galeras con reos de alta criminalidad.

Una vez excarcelados, esa sensación de soledad, peligro y lejanía salta cuando se le antoja y sentimos el temor de perder algo difícil de identificar porque lo implica todo.

La libertad no se alcanza con la excarcelación. Después de largos años de encierro, quedan los fantasmas de la represión más cruel que pueda sufrir cualquier ser viviente. No basta el carácter alegre y los cambios de escenarios para borrar el recuerdo. No basta la valentía moral y política para exterminar los temores. El cuerpo carga con el alma sangrante por el resto de la vida.

Los primeros meses después de liberado, sentía la necesidad de estar solo si me rodeaban más de dos personas. Después debí luchar contra el contradictorio deseo de estar en la celda solitaria, de extrañarla en contra de mi voluntad. Ha pasado el tiempo y he vencido esos traumas absurdos pero han quedado y surgido otros. A pesar de la voluntad, surgen nuevas escenas en los sueños que relatan la continuidad del encarcelamiento, el ruido de las puertas de hierro, el maltrato de los carceleros.
En las celdas de aislamiento solo se escucha el sonar de las rejas. El oído se acostumbra a identificar el sonido cada una de ellas sin correr el riesgo de la más mínima confusión. Es un mecanismo del subconsciente para conocer por donde anda el carcelero. Esa experiencia queda fija en nuestras habilidades pero es algo más que evoca el recuerdo de los años de prisión.

En unos menos, en otros más, el trauma del encarcelamiento político se queda para martirizar. Es algo que las autoridades saben y utilizan con sus extensas condenas para que no quede duda. Largo y difícil resulta describir la pesadilla del cautiverio político. Vale la pena intentarlo para que las personas comprendan que cuando se sentencia a sufrir desmedidas penas en las cárceles por desafiar con ideas al gobierno, se sentencia a la familia, la sociedad pero sobre todo, el alma recibe cadena perpetua.

primaveradigital@gmail.com

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