
Escrito por Frank Cosme Valdés Quintana
Santos Suárez, La Habana, 24 de enero de 2011,
(PD) Decía José Martí “que la ignorancia mata los pueblos y es preciso matar la ignorancia”.
En la lectura de la prensa escrita, a través de documentales, películas y demás medios de comunicación, así como en una simple charla de sobremesa, en una parada de ómnibus, en las colas y en las clásicas reuniones de amigos donde no falta la cerveza o el ron, aparecen criterios que aunque contienen errores, son creíbles por la cantidad de verdad que muchas veces presentan.
Aunque es un hecho conocido la afirmación de Martí, la cual tiene vigencia y la tendrá siempre, somos sus supuestos discípulos, es decir los cubanos, los que menos hemos aprendido de este maestro.
Precisamente esta ignorancia origina la intolerancia y dado el estilo de trabajo de moda hace ya cinco décadas, unido a esa natural tendencia de todo ser humano de poder expresarse, saturada aquí en esta isla por una herencia colonial que todavía arrastramos, (y que arrastra también el resto de la América Latina), es harto difícil corregirla.
Desafortunadamente, aunque deseemos matar esa ignorancia, lo que tenemos a mano no siempre expresa la realidad. También nuestra mente no puede abarcarlo todo. Ya en la antigüedad, Aristóteles, que además de filósofo, dominó varias ramas de la ciencia, llegó a declarar: “Solo sé que no sé nada”. La antítesis de muchos, desde la dirigencia política hasta simples ciudadanos desconocidos.
Pero la intolerancia en este país no solo se circunscribe al ámbito político, sino que abarca todo lo que tiene que ver con la sociedad. Movería a risa si no fuera tan serio ver en los círculos religiosos a estos neo-cristianos, (del 1989 hacia acá), que disertan de religión con el lenguaje y estilo de trabajo de un CDR y polemizan como en los años 50.
Entre cubanos conocemos que cuando se reúnen un grupo de amigos todos quieren hablar al mismo tiempo y nadie escucha. Existen pequeños-máximos líderes que tienen el arte de la zancadilla lexicográfica. Como tigres agazapados esperan pacientemente un giro, un modismo o una palabra de su interlocutor para agarrarse de esto e interrumpir y convertir el diálogo en un monólogo.
Están también los deslumbrados con lo último, sea este un libro, un documental o una ponencia, en la que por muy bien elaborada que esté, solo está reflejando la opinión de ese autor. Por lo común estos deslumbrados se casan con ese sólo punto de vista, no buscan otro sobre el mismo tema que pueda aportarle más conocimiento sobre la verdad de cualquier tema.
Muy parecidos a este anterior están los fanáticos de un tema. Puede ser cualquiera con tal que su pasión haga simbiosis con el mismo. Conozco uno que se ha leído todos los libros de Erich Von Daniken. No sabe hablar de otra cosa que no sean los platillos voladores.
Naturalmente todo el mundo tiene el derecho a pensar lo que le venga en ganas. El libre albedrío fue un derecho otorgado por Dios mucho antes de que la ONU emitiera su Declaración de Derechos Humanos. Me he referido a ejemplos no políticos con la intención de acentuar que tanto en unos como en otros no existe una disciplina del deber de oír a los demás. A todos se nos pasa que en el ejercicio de expresar una opinión, las publicaciones que se respetan aclaran que los trabajos publicados reflejan la opinión del autor y no necesariamente la de esa publicación. En una misma revista se pueden encontrar opiniones contrapuestas, pero eso solo sucede con lo escrito. Cuando se habla y no se siguen estas reglas de respeto a la opinión del otro, todo termina en un monólogo y de monólogos ya estamos saturados.
Recientemente en broma me preguntaron si reparaba relojes de arena. Reí para mis adentros pues hace algún tiempo en un cumpleaños de un amigo me preguntaron que por qué estaba tan callado siendo naturalmente conversador. Respondí que mientras no hubiera un moderador con un reloj de arena que midiera el tiempo a cada interlocutor no abriría más la boca. No estaba dispuesto a entrar en ese jueguito que se ha dado en llamar el cubaneo y que aquel día sobrepasó el límite.
Sería muy saludable para todos los que practican este deporte de hablar todos y no escuchar a nadie, seguir el consejo de Muhammad al-Sammak, consejero político y religioso de la república del Líbano y uno de los líderes de la reconciliación entre musulmanes y cristianos: “Yo no poseo la verdad. El hecho de comenzar a dialogar con el otro significa que no tengo el monopolio de la verdad, “sino que estoy en su búsqueda”. Significa también que podría encontrarla en la “opinión o la visión del otro”.
En una frase más corta, “escuchar es aprender”. De cualquier manera, el reloj de arena no debe faltar si de cubanos se trata.
frankcosme50@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario