martes, 28 de mayo de 2013


Un viejo borracho a la intemperie
MARTES, 28 DE MAYO DE 2013 02:17 ESCRITO POR FRANK CORREA 0 COMENTARIOS


Cuba actualidad, Jaimanitas, La Habana, mayo de 2013. (PD) Era un viejo borracho que vivía a la intemperie en el balcón de la segunda planta del edificio 11410, en Marianao, donde residí durante un tiempo.

El balcón que le servía de cobija daba directamente sobre la calzada 51, antigua Carretera Central, y durante los crueles apagones nocturnos la policía situaba camiones cada cierta distancia, para que nadie se atreviera siquiera a tirar un hollejo a la calle.

Pero una noche, en medio del silencio de un apagón, tiraron contra el asfalto una botella que estalló como una bomba. Fue mi mujer, hastiada, rebelde, ¡que no aguantaba más! Y aunque intenté persuadirla por todos los medios, resultó imposible.

Primero le dije que romper una botella en la calle, en medio de la noche, en un apagón, no resolvía nada, ni cambiaba el rumbo de los acontecimientos. ¡Le importó un comino!

Después argumenté que sospecharían de mí y subirían corriendo para apresarme.

-¡¿Quién va a saber, entre tantos apartamentos que tiene el edificio, que fue de aquí?!

-De todas formas lo sabrán...

-¡Si no lo hago... no vivo!

En fin, sacó la mano por la ventana y lanzó la botella a la calzada.

El estallido de vidrios puso en guardia al edificio, a las casas aledañas, a los policías que cuidaban la calle; incluso despertó al viejo borracho que dormía a la intemperie, que tomó su botella, se dio un trago y se asomó al balcón en el mismo instante en que los policías alumbraban hacia arriba con un reflector.

-¡Ahí está! ¡Cójanlo!

Varios uniformados subieron a la carrera, pasaron delante de mi apartamento y siguieron a la segunda planta, donde estaba el viejo borracho recostado al balcón, despertándose todavía, con su botella de ron en la mano, con gesto de empinarla.

-¡No intentes tirarla -dijo uno de los agentes-! ¡Bájala despacio y ponla en el piso!

El viejo, muy asustado, obedeció, y la tropa le cayó encima. Lo esposaron. Lo condujeron a empujones hasta el camión. Después lo llevaron para la estación de policía.

Se llamaba Ménem. Había envejecido soltero y estaba ahora tirado a la bebida. La hermana, a quien le había crecido demasiado la familia, le cambió el cuarto de la casa por un plato de comida diario, lavarle la ropa, permitirle usar el baño y dormir en el balcón.

En cambio, el viejo juraba que su alcoholismo no era un vicio y contaba con razones suficientes para emborracharse. Según su hipótesis, las únicas maneras razonables de sobrevivir en un país como éste eran estar borracho o loco. Y la demencia no se ajustaba a su cultura. Antes del triunfo de la revolución fue catedrático y panelista, y todavía leía una enormidad. Estaba escribiendo un tratado sobre cómo la superfetación de la lógica de Sócrates y la moral afeminada de Cristo habían invertido la tabla de valores. Además, quería demostrarles a los creyentes que en efecto, Dios existió... pero había muerto hacía un par de siglos...

Después de lo ocurrido con Ménem mi mujer se mantuvo callada mucho tiempo. Todas las veces que quitaron la luz por esos días le insistí:

-¡Tira otra botella...!

Pero no tiró más ninguna.
Para Cuba actualidad: frankcorrea4@gmail.com

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