Cuba actualidad, Habana Vieja, La Habana, (PD) Durante los últimos meses, con más fuerza que en años anteriores, mis compatriotas me confunden con un turista. Ya estoy acostumbrado y no me molesta. Pero hoy mi amigo Javier Cabrera, historiador y poeta, me dijo: "En el país impera una crisis de identidad".
Me lo dijo cuando ambos, desandando la calle Obispo, pasamos cerca de un parqueador de autos junto al restaurante "El Floridita", y este le preguntó a Javier si yo era europeo. "¡No, compadre! ¡Somos cubanos!", le contestó mi amigo.
Luego, hablando del tema, llegamos a la siguiente conclusión: políticamente, Cuba es un país en formación. Cuando nos liberamos del colonialismo español, pensamos que nuestro proyecto de nación era manejable. No sabíamos que la democracia es un problema harto complicado.
Todos los seres humanos tienen sus limitaciones, y el destino de las vidas individuales, en un 50 % de los casos, responde a un guión predeterminado por fuerzas que existen más allá de nuestra comprensión. Las circunstancias siempre determinarán nuestro destino.
Como seres humanos, siempre hemos sido manipulados por el poder de turno desde la época de las cavernas.
Los pueblos, formados por simples y vulnerables individuos, tienen que pasar por sucesivas y necesarias etapas para instituir su propia identidad como nación, y lo más importante: su identidad y autoestima personal.
Recuerdo que cuando era un joven inmaduro, después de ver una película del oeste o de samuráis, a la salida del cine creía llevar a la cintura un par de revólveres o una espada afilada en su ajustada vaina a mi espalda, listos para cortar un brazo o poner una bala en su justo lugar. Este recuerdo de mi juventud me sirve para contrastar la madurez de una nación con la madurez individual.
Vemos cómo un simple sombrero y un short pueden confundir nuestra identidad nacional. Ahora no salgo de los cines creyéndome un pistolero o un samurái, sino que mis propios compatriotas son los que pretenden desvirtuar mi identidad de cubano cuando sólo estoy siendo consecuente con el clima de mi país.
En épocas de prosperidad, anteriores a la Revolución, éramos capaces de ir de cuello y corbata aunque llovieran raíles encendidos del cielo. Así que ningún cubano, especialmente si ya tiene más de cincuenta años, puede usar pantalones cortados y sombreros, porque lo confunden con un foráneo o "se quiere hacer el extranjero".
Cuba, al triunfo de la revolución, era adolescente. Ahora, cuando recién el país se prepara para una muda de piel, aunque se trate de la misma serpiente, ya hemos madurado, pero aún somos jóvenes. Es decir: todavía somos unos jóvenes inmaduros sin una personalidad concluida. La sensación de que tenemos pistolas y una espada samurái es real.
Por ello y muchas cosas más, somos un país que fácilmente se deslumbra con todo lo que venga del extranjero, o todo lo que rompa nuestra rutina.
Por supuesto, algunas personas pensarán que esta explicación es una metatrancada, y lo acepto. Dirán que en realidad lo que nos ocurre es que no hay tal crisis de la identidad, sino que somos un país pobre y nos estamos muriendo de hambre. Y el extranjero, y todo lo que venga del extranjero, representa el poder y la prosperidad.
Entonces también tenemos esta otra conclusión: Sólo tenemos que preguntarnos: ¿cómo reaccionaría el pueblo cubano si fuéramos una nación próspera que logró salir del subdesarrollo gracias a la Revolución y toda la población tuviera un alto nivel de vida?
En ese caso, nada que viniera del extranjero nos deslumbraría, con la excepción del adelanto científico-técnico, que sería recibido con alegría pero sin aspavientos.
No obstante, la hipótesis de que la crisis de identidad tiene un origen económico, tiene el sabor de lo real. No podemos olvidar que la historia de las naciones más desarrolladas de nuestro mundo tiene ya varios siglos de formación, a diferencia de la de Cuba.
Para Cuba actualidad: ramon597@correodecuba.cu
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