jueves, 5 de junio de 2014

Periodismo: ¿Cierto o falso?

Ramón Díaz Marzo
Cuba actualidad, Habana Vieja, La Habana, (PD) La primera condición básica para ejercer el periodismo es decir la verdad. Pero el periodista no siempre está en el lugar donde ocurren los hechos y termina por depender de fuentes de información.
Hay dos clases de fuentes: una persona que conocemos y nos conoce, y otra que no conocemos y no sabe quiénes somos.
Siempre la labor del reportero en tales circunstancias se torna imposible porque el instinto de conservación nos obliga. La gente tiene miedo de opinar, aunque recientemente el General Presidente Raúl Castro Ruz nos haya alentado a decir en voz alta lo que pensamos.
 
¿Pero la invitación de pensar en alta voz sólo será para los "revolucionarios" que durante años se aprendieron el discurso o la pose oficial para aparentar lo que no sienten?
Decir lo que se piensa y siente, aunque el General Presidente Raúl Castro Ruz constantemente esté indicando que prefiere la dolorosa verdad mejor que las conversaciones de pasillo, es un acto que el instinto de conservación rechaza.
Por eso hoy compartiré con mis colegas cuál es el mejor método para extraer información de un hecho donde no estuvimos presentes.
Lo primero que hay que hacer: nunca preguntar. Uno, donde quiera que esté, a veces no necesita preguntar, porque las personas hablan por necesidad todo lo que han visto y como testigos presenciales necesitan contárselo a los demás. Lo que uno, como periodista, sí tiene que agenciársela para estar en el momento y tiempo oportuno, sea el lugar de los hechos o escuchando directamente a la fuente segura de la información de marras.
Por supuesto, siempre será un peligro escribir sobre cosas que uno no ha visto u oído.
El periodista, en cualquier parte del mundo, carga con la responsabilidad de la verdad.
En el mundo libre, al periodista lo botan del periódico; en un mundo cerrado, como el nuestro, la policía política te rompe los cojones.
De cualquier modo y manera, siempre es bueno escribir sobre lo que uno ha visto y oído. Así y todo, a veces, por narrar precisamente la verdad y nada más que la verdad, el mundo libre te asesina, y el mundo cerrado te encierra aún más hasta que pierdas la última gota de libertad.
Lo otro es conocer más o menos bien qué nos cuenta la fuente. Tener la personal sicología para saber si se trata de un cuento chino, o de una trampa mediante la cual han enviado a ciertas y determinadas personas a contarte "una historia" que no es otra cosa que una provocación para cogerte fuera de base.
Lo cierto es que son muy pocos los periodistas que nacieron con la estrella de un Gabriel García Márquez; el dueño del periódico donde trabajaba en Barranquilla, jamás se tomaba la molestia de investigar si lo que le entregaban para publicar era falso o verdadero.
Es el propio Gabo quien nos cuenta uno de sus engaños cuando en sus Crónicas del Otoño Autorizado nos cuenta en una colección de artículos de prensa nombrado "Cachacos" que cierto día de su juventud, cuando ni podía imaginar que alguna vez escribiría grandes novelas, el dueño del periódico, que era un orate, lo envió a la Colombia más profunda.
El Gabo era muy joven para desobedecer la retorcida convicción de que lo enviaba al fin del mundo: los demás periodistas estaban por encima de él en el staff del periódico.
Cuando el Gabo llegó al pueblo de marras, se detuvo en la avenida principal. Caía desde la bóveda del cielo un sol que rajaba las piedras. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Aquellas casas blancas y difuminadas por el sol parecían los pueblos afligidos del también gran escritor mexicano Juan Rulfo, adecuadamente descifrados en su libro "El llano en llamas".
El Gabo caminó por la calenturienta calzada y se detuvo frente a la única casa del pueblo con la puerta abierta, donde funcionaba un telégrafo, a cargo de un negro viejo que dormitaba en un taburete, rodeado de moscas.
Le preguntó al telegrafista:
-¿Dónde están los combatientes?
El viejo le dijo:
-¿A qué se refiere?
-Soy periodista y he venido desde la capital porque nos dijeron que aquí se estaban matando los colombianos.
-¿No ve Ud. el pueblo? Esto es un pueblo tranquilo, tan tranquilo que parece un cementerio.
El futuro premio Nobel comprendió lo que tenía que hacer.
Escribió las primeras líneas de una guerra imaginaria y se las entregó al telegrafista.
El jefe de redacción y el director se entusiasmaron cuando recibieron el primer telegrama y se frotaron las manos por la suerte de su joven reportero.
En la edición de las 12 de la noche les proporcionarían a los colombianos el primer capítulo de una guerra civil iniciada en un pueblo que nadie conocía ni era importante conocer.
Lo importante eran aquellas diarias crónicas donde el Gabo narraba la fabulosa guerra acabada de inventar y pronto los patrones del diario pudieron vender más ejemplares.
La narración de los muertos en combate era tan precisa que no podía truncar la historia y regresar a la ciudad. Tenía que prolongar por varios meses esa guerra para asegurarse la paga gloriosa cuando regresara a la redacción del periódico en Barranquilla y fuera recibido como un héroe.
En Cuba también existen guerras silenciosas e individuales. El periodismo independiente cubano, en su mayor parte, se caracteriza por narrar la guerra de la diaria supervivencia del cubano de a pie.
Por ahora y desde el año 2003, que fue el último zarpazo represivo a gran escala y también una metedura de pata de la dictadura, los periodistas independientes narramos la guerra diaria de la supervivencia del pueblo y de uno mismo, pues aunque uno sea el periodista, también es la persona individual que sufre exactamente igual que los combatientes.
Lo único que nos diferencia del Gabo es que nuestra guerra es real y sería muy difícil hacer de nuestros reportajes sobre nuestras miserias, una historieta literaria.
Para Cuba actualidadramon597@correodecuba.cu

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