jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Transita Cuba hacia la democracia? (I)

¿Transita Cuba hacia la democracia? (I)

Un examen de las ideologías revitalizadas al calor de las reformas raulistas: Nueva Izquierda, nacionalismo oficialista, nacionalismo católico y nacionalismo diasporal.
En este primer artículo (de una serie de tres) sobre la cuestión que aparece en el título pretendo examinar las ideologías revitalizadas al calor de las reformas raulistas. Los criterios a seguir aquí para diferenciar disidencia y oposición serán: la posesión de un programa de gobierno y el interés explícito en la toma del poder político.
Solo la oposición está interesada en conquistar el poder y hace de ello su objetivo supremo. La disidencia, en cambio, pretende que las cosas se hagan de otro modo y, en consecuencia, se desmarca de la ideología oficial para mostrar, desde sus tantos desvíos o afluentes, cuál deben ser la vía y las metas a considerar sin que constituyan alternativas de gobierno. Por lo tanto ―y aquí va otro criterio diferenciador― la disidencia es esencialmente reformista.
La Nueva Izquierda
Dentro de la Nueva Izquierda, que abraza obviamente la ideología marxista, la vanguardia es el proyecto Observatorio Crítico, liderado por Mario Castillo y que tiene como gurú al señor Pedro Campos. Sin embargo, todo lo que Campos escribe y sostiene se puede condensar en cuatro o cinco oraciones, pero baste un par: el socialismo es un mundo de cuentapropistas; la democracia: la expansión del cuentapropismo a nivel planetario.
Generalmente, los escritos de Pedro Campos revelan una vaga precisión conceptual. Sus reclamos solo podrían entrar a considerarse si él definiera y desarrollara el aparato categorial del cual hace uso y que, en esencia, se reduce a los conceptos de trabajadores libres, formas cooperativas, formas autogestionarias, trabajo asalariado (la bestia negra del capitalismo, según sus escritos) y el concepto premoderno de mercado como mero intercambio.
Toda la argumentación viene a parar, en definitiva, en la exaltación de un nebuloso conjunto de formas cooperativas autogestionarias que deberían suplantar el trabajo asalariado ―responsable de la opresión de los trabajadores tanto en el capitalismo como en socialismo de corte estalinista― a escala planetaria. En ello ve Campos el triunfo definitivo del socialismo sobre el capitalismo. Hasta aquí el contenido de su propuesta.
Particularizando en algunos aspectos doctrinales, es lamentable que Campos identifique el marxismo soviético con el estalinismo. En todos los casos Campos habla de cómo el estalinismo distorsionó la doctrina de Marx, pero se salta a la torera todo el período postestalinista, que solo concluyó con la perestroika y donde se ventilaron y desarrollaron todos y cada uno de los asuntos tratados por Campos en sus escritos y muchos otros de los que él parece no tener la más remota idea.
En su evolución marxista, Pedro Campos, sin saberlo, reedita temas y debates sobrepasados por el pensamiento postestalinista, que los llevó a un nivel de complejidad para Campos inaccesible. En cuanto a Lenin, sorprende la manera tan distante ―negativa a veces― en que Campos lo trata. Sobre todo si se tiene en cuenta que, probablemente, Campos sea su más fiel discípulo vivo. Ya Roberto Álvarez Quiñones le había recordado a nuestro socialista libertario la siguiente cita de Lenin, que contiene palabra por palabra lo que Campos asume como novedosa panacea para los males cubanos y del resto del mundo: "siendo la clase obrera ya dueña del poder […] en realidad solo nos queda la tarea de organizar a la población en cooperativas. Consiguiendo la máxima organización de los trabajadores en cooperativas, llega por sí mismo a su objetivo el socialismo" (Pravda, enero de1923).   
En cambio, a Marx lo trata Campos con una devoción casi fanática. En uno de sus escritos cita un párrafo del conocido texto marxiano Contribución a la crítica de la economía política que contiene, según él, las ideas o ―y estas son sus palabras― conclusiones fundamentales de la filosofía de Marx. Ciertamente es un pasaje vital para el marxismo y Campos lo asume en calidad de axioma o, lo que es peor, como un dogma.
No es lugar aquí para refutar, como quisiera, cada frase contenida en ese párrafo definitorio y fundacional que de tantos es conocido porque, entre otras cosas, contiene la famosa inversión materialista de los supuestos del idealismo filosófico que Marx situara en la base de su concepción materialista de la historia. Quien importa ahora es Campos, no Marx. Y el primero olvida que Max Weber se alzó posteriormente con una interpretación del origen del capitalismo que invirtió a su vez el esquema marxista y devolvió las cosas a su sitio: la religión, particularmente el protestantismo, se encuentra en la génesis del capitalismo. Y aquí no vale la inversa.
Hay que recomendarle en este punto a Campos la lectura de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, porque no fue la versión marxista la que en lo adelante predominó en la cultura, ni en las universidades ni en la cabeza de los sociólogos, politólogos y economistas, sino la weberiana. Si hoy es posible una sociología de la religión es porque la religión dejó de considerarse como mero reflejo de las relaciones sociales; si hoy es posible una antropología filosófica, es porque sabemos que lo que Marx minimizó bajo el concepto de formas de conciencia es lo determinante.
El hombre común y no pocos doctos gustan de repetir aquello de que la gente piensa como vive, en lo que ven un sólido argumento materialista. En efecto, el hombre piensa como vive, solo que vive bajo el imperio de los símbolos, inserto ─desde el lenguaje que usa y que lo posee a él mismo, hasta la más remota estrella─ en un entramado de signos y valores que es la Cultura (con mayúscula) a la cual ―y no a la naturaleza― pertenece cualquier forma de organización de la economía. A todo ello Hegel lo llamó Espíritu Absoluto y supo ver en el Arte, la Religión y la Ciencia las formas particulares en que el mismo se manifiesta; formas estas que deciden en todo momento el tipo de relaciones ─incluyendo las sociales─ que habrán de establecerse entre los hombres, pero también el sentido de la vida y del universo que habitan.
Cabe recordar aquí que el primer tomo de El Capital es el más logrado y que su capítulo primero es el que alcanza las cotas teóricas más altas. ¿Por qué esto es así? Marx se valió de la lógica hegeliana en el proceso de investigación y exposición hasta donde pudo y como pudo. En la medida que el movimiento lógico de los conceptos, típicamente hegeliano, fue languideciendo El Capital se fue yendo a menos. En rigor, la única parte filosóficamente lograda es su primer capítulo ("Mercancía y Dinero") que sin Hegel nunca hubiera podido ser escrito. Pero Marx mutiló el método de Hegel, no se atrevió a seguirlo hasta sus últimas consecuencias, se le escapó de las manos y decidió ocultar el tremendo misterio que le estaba abriendo las puertas de la forma dinero, así como de la naturaleza de la mercancía y su fetichismo. De haber sido consecuente, Marx se hubiera reencontrado con Hegel al final del camino.
La involución de Pedro Campos
Pudiera pensarse a la ligera que la no aceptación del sistema político vigente en Cuba es un rasgo que separa a la Nueva Izquierda del neonacionalismo revolucionario, progobierno. Sin embargo, la evolución política de Pedro Campos desmiente tal perspectiva de análisis.
Por momentos me pareció percibir en sus escritos una clara posición no ya antiestatista, sino antigobierno. Esta postura la fue matizando con una andanada de artículos que ha ido publicando en DIARIO DE CUBA. Sus dos últimas jugadas dignas de mencionar son las siguientes: primero se inventó lo que llamó la Izquierda diversa, en la que delirantemente incluyó a la derecha disidente.
En la imaginación de Campos esta izquierda diversa aglutina a todas las fuerzas antigobierno, porque en la nueva distribución que establece es el Gobierno el único que debe ser de derecha: "Hoy en Cuba, la derecha […] estaría claramente representada en quienes se aferran al poder político y económico centralizado y monopolizado por la elite que se considera ella misma única heredera de la revolución popular y democrática de 1959 […] la Nueva Derecha en el poder que, por mucho camuflaje, se identifica con la elite minoritaria que todo decide, poseedora del poder político y económico, el cual no está dispuesto a compartir con las mayorías."
Yo me pregunto: ¿Raúl Castro se incluye en esa derecha? Y me pregunto también si en lo que sigue está hablando del gobierno actual o de los tiempos de Fidel: "las políticas económicas de corte neoliberal aplicadas por el Gobierno como el cierre de empresas y fábricas, la racionalización de miles de empleos, el estímulo a la explotación asalariada por privados y la apertura amplia al capital internacional, en quien cifra las esperanzas para salir de la crisis, marginando y limitando las posibilidades de las fuerzas productivas de los propios cubanos".
Todos dirán que aquí obviamente se refiere al gobierno de Raúl Castro ―nuevo derechista, según la cita anterior― y a sus reformas. Pues bien, en uno de sus últimos artículos publicado en este diario Pedro Campos defiende resueltamente las reformas raulistas de actualización del modelo económico, que no implican libertades políticas. Se pronuncia enérgicamente en favor del levantamiento del embargo norteamericano, no ya del interno que es mucho más doloroso y real. Pero ahí no acaba la cosa: también sugiere eliminar a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo. Y, por si todo ello fuera poco, reprende al presidente Obama por no apoyar a Raúl Castro y sus reformas del modelo económico.
Dicho texto fue, al parecer, motivado por el editorial del 12 de octubre de The New York Times. La pregunta cae por su propio peso: ¿es esto oposición o disidencia?
El neonacionalismo revolucionario
El neonacionalismo se puede encontrar en tres variantes que se retroalimentan y complementan en sus marcadas diferencias: el nacionalismo oficialista, el católico y el diaspórico o diasporal. Los tres (de cada uno de ellos me ocupo a continuación) pueden reunirse bajo la denominación común de neonacionalismo revolucionario. Es este el contexto donde brota lo que se ha dado en llamar oposición leal.
1) Nacionalismo oficialista
El nacionalismo oficialista descansa en una sólida tradición revolucionaria. Después del triunfo de 1959, en Cuba comenzó a desarrollarse una interpretación del marxismo que no comulgaba con la estalinista del Partido Socialista Popular (PSP). El Che Guevara fue su iniciador y dejó toda una serie de seguidores entre la generación de los 60 (por su debut intelectual). En ese contexto surge un grupo formado mediante un curso intensivo de 6 meses que tenía la misión de reabrir el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Fernando Martínez Heredia fue su director y continúa siendo el gurú de aquel team que posteriormente se reencontró en el Centro de Estudios sobre América (CEA) y que con la revista Pensamiento Crítico había llegado a ser el verdadero think tank del nacionalismo revolucionario.
Resulta cuando menos curiosa esta situación: ¿Quién reinició la carrera de Filosofía con la  nueva hornada nacionalista de marxistas leales? Raúl Castro. ¿Quién la volvió a cerrar, expulsando y hasta encarcelando a algunos de estos marxistas revolucionarios? Raúl Castro. ¿Quién la volvió a abrir, esta vez con un teniente coronel del ejército como decano de la Facultad de Filosofía? Raúl Castro. ¿Quién clausuró la revista Pensamiento Crítico?  Raúl Castro. ¿Quién persiguió a aquellos marxistas revolucionarios hasta su nuevo refugio en el CEA, expulsándolos nuevamente? Raúl Castro, el mismo que inventó las UMAP, que desmanteló el MININT, que promovió el fusilamiento del general Ochoa y, curiosamente, el único que se benefició con las muertes de Camilo Cienfuegos y de José Abrahantes Fernández. Ante ese individuo, que desde los días de la Sierra Maestra ganó fama de verdugo y no de guerrillero, hoy se postran no pocos ofreciendo lealtad, mientras otros lo ven como el interlocutor perfecto para negociar el levantamiento del embargo.
El hostigamiento a los académicos, artistas e intelectuales leales no fue una invención de Raúl, sino la continuación de la obra iniciada por su hermano en aquellas históricas reuniones de 1961 en la Biblioteca Nacional. Vale la pena releer el discurso de clausura pronunciado por el Comandante en Jefe, porque ayuda a comprender uno de los problemas básicos de la oposición cubana: la carencia del factor intelectual. En todas partes del mundo disidencia y oposición son movimientos animados por intelectuales. Dentro de Cuba sucede todo lo contrario.
Las reuniones en la Biblioteca Nacional, signadas por aquel acontecimiento reciente del mes de abril, cuando se declaró el carácter socialista de la Revolución cubana, fueron derivando hacia el tema de la naturaleza del socialismo y su posterior desempeño dentro del nuevo marco abierto por el proceso revolucionario. Las alternativas eran: socialismo nacionalista o socialismo soviético. Fidel priorizó la Revolución, a la que consideraba capaz de asimilar ambas tendencias.
En consecuencia, del teatro de la Biblioteca Nacional también salió el mandamiento que regiría en lo adelante las políticas gubernamentales y, muy especialmente, la cultural: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho".
Transcurrido medio siglo de política exclusionista —como cabía esperar del precepto anterior— varias generaciones de intelectuales comprometidos se encuentran varados en el mismo punto: especulando dentro de la Revolución y conminados por el propio presidente Raúl Castro, a "debatir" sobre la forma y el rumbo que tomará el socialismo en Cuba. Palabras a los intelectuales pesa sobre nuestras cabezas como una maldición.
Una intelectualidad humillada en masa, responsable directa del secuestro castrista de la libertad de expresión que se estaba consumando en aquel teatro de la Biblioteca Nacional, canalizó su disidencia mediante la débil exclamación de Virgilio Piñera: "Tengo miedo". No sorprende entonces que hoy lo hagan ofreciendo lealtad.
El neonacionalismo oficialista tiene entre sus principales figuras al histórico Rafael Hernández, Julio César Guanche, Pavel Vidal, Esteban Morales, algunos miembros de la UNEAC y del Centro de Estudio de la Economía Cubana, así como los sobrevivientes, junto a Rafael Hernández, del Centro de Estudios sobre América.
2) Nacionalismo católico
Una fundamentación detallada de la llamada oposición leal puede encontrarse en el artículo de Roberto Veiga "Oposición leal: construyendo caminos de estabilidad y progreso", aparecido en el primer número de Espacio Laical, correspondiente a 2014. En síntesis y apegado a la descripción del autor, tenemos que la oposición leal:
  • Acepta la Constitución actual.
  • Acepta el socialismo cubano.
  • Apoya al Gobierno ―del cual pretende ser un complemento― y sus reformas.
  • Cuestiona el embargo.
  • Cuestiona a la oposición interna y externa.
  • Cuestiona y rechaza el pluripartidismo.
  • Defiende una sociedad civil diseñada y controlada por el Estado.
De manera que esta variante supuestamente opositora tiene todo el espacio que necesita para ser leal, pero bien poco para disidir. Su actividad y objetivos están condicionados por la vigencia del mandamiento totalitario "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", que suscriben sin dificultad.
También figura como una condición de su posibilidad el artículo 5 de la Constitución que pone al PCC por encima de la sociedad y de la ley misma. Los leales suscriben ese artículo 5 ―junto a la Constitución toda― fuente de legitimación del unipartidismo. Sin embargo, justo tres semanas después que yo presentara las ideas que manejo aquí sobre el nacionalismo católico en el Cuban Research Institute de Florida International University (FIU), dichos autores hacen pública su adhesión al pluripartidismo, sin renunciar al modelo castrosocialista vigente ni al exclusionismo (¿?).
Varias son las definiciones que sobre el concepto de oposición leal han dado sus seguidores. Adelantaré tan solo dos de sus más destacados partidarios:
Lenier González: "[…] la necesidad de ser leales a un conjunto de actitudes que favorezcan la despolarización del campo político cubano". "Ser leales al núcleo de ideas que dan fundamento al nacionalismo revolucionario cubano".
Roberto Veiga: "Algunos analistas han acuñado la frase 'oposición leal' para referirse a un presunto desempeño político, diferente del Partido Comunista de Cuba, que pudiera ser legalizado en la Isla para realizar, de alguna manera, un quehacer dentro del actual sistema político".
Para la alta dirección del Partido la oposición leal es algo más que una idea y algo menos que una realidad. Al parecer es por ahora un proyecto que se experimentará con gente de probada confianza y no con los autoproclamados leales.
3) Nacionalismo diasporal
Desde la perspectiva de la diáspora, la oposición leal es una idea que convoca a individuos que no necesariamente coinciden en todas sus apreciaciones relacionadas con el tema cubano. Los casos de Armando Chaguaceda y Arturo López-Levy son un buen ejemplo, pues difieren en más de lo que coinciden.
El propio Chaguaceda se ha desmarcado de la posición de López-Levy en los siguientes términos: "La suya, defensora de un 'nacionalismo' elitista donde se presenta la defensa del statu quo como inapelable 'realismo político' y se caricaturiza como 'plattista' a todo aquel que no coincida con sus ideas. La mía, desde una identificación con un socialismo democrático que no subordine la soberanía popular ―el goce y el ejercicio de todos los derechos por todos los ciudadanos― a una noción de soberanía nacional administrada por el Estado Nación".
Como puede apreciarse, se trata de polos opuestos de la autotitulada oposición leal. Las divergentes posturas obedecen a diferentes orígenes y mentalidades. López-Levy es, para un socialista libertario de Observatorio Crítico como Chaguaceda, lo que se llama un burgués de clase media alta. Otra diferencia palpable es que Chaguaceda es inclusivo (como Pedro Campos) y López-Levy excluyente (como Veiga y Lenier).
Siguiendo la línea argumental de López-Levy cabría decir que los nuevos aliados del régimen de La Habana, bajo las condiciones actuales de reforma, ya no son los que asumen o aceptan la ideología marxista, sino los nacionalistas de todos los credos, los que repudian el embargo y el plattismo. En esencia, esto es lo que él entiende por oposición leal.  

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