Cuba actualidad, Marianao, La Habana, (PD) Visto el interés suscitado por mi artículo anterior, (“Un testimonio sobrecogedor”), vuelvo sobre el libro “La galera de la muerte”, del entonces párroco de Casablanca, Javier Arzuaga, devenido al cabo de los años en perspicaz cronista.
Despachado lo más grueso del asunto, no se guarda el inquieto vasco sus conclusiones más delicadas a propósito de aquellos revolucionarios en apogeo, quienes, además, eran sus contemporáneos.
“Los encuentros que me acercaron al “Che en la Cabaña, cuatro o cinco breves como relámpagos, más reposados dos o tres, me mostraron un hombre bastante distinto al centauro fantástico que con su nombre iniciaba esos días el ascenso a la fama, de la que, para bien o para mal, nunca más habría de bajar”, comienza refiriéndonos. ”El primer “Ché” que percibí en él fue el idealista, con dosis fuerte de radicalismo, que difuminaba los perfiles de la realidad circundante y los transformaba en el lote que se debe conservar y fomentar o en el que se debe eliminar a rajatabla, sin términos medios”.
¿No les parece familiar ese criterio drástico, aún hoy día entre nosotros? Se trata de una visión del mundo tan simple como agresiva, que se nos impuso y que acogimos como buena, omitiendo la carencia de compasión que la lastra.
Veamos al “Che obsesionado por la justicia igualitaria que sin el menor reparo y sin preocuparse en lo absoluto de los efectos colaterales y las consecuencias últimas, irá aniquilando, hasta reducirlo a polvo, cuanto se le cruce en el camino, y por la justicia ejemplarizante en cuyo ejercicio la crueldad será un mal menor imprescindible”.
Veamos al “Che obsesionado por la justicia igualitaria que sin el menor reparo y sin preocuparse en lo absoluto de los efectos colaterales y las consecuencias últimas, irá aniquilando, hasta reducirlo a polvo, cuanto se le cruce en el camino, y por la justicia ejemplarizante en cuyo ejercicio la crueldad será un mal menor imprescindible”.
Hasta ahí, nos ha entregado al personaje completo, variando sobre todo a propósito de considerar la crueldad “un mal menor”, como hace Arzuaga, o el mal supremo que lo descalifica. En la balanza, arroja Arzuaga un atenuante: “El tercer Che que conocí fue el que hace lo que va a pedir que haga el otro y no pide lo que él no esté dispuesto a hacer primero.” Es decir, predicaba con el ejemplo, virtud que tanto amigos como enemigos le reconocen, si bien el ejemplo no fuese necesariamente modélico.
Como ven, el tema da pie para un enconado debate. Vale señalar que recoge el interés de Guevara por tres sacerdotes también presentes en La Habana de entonces, a quienes se interesó por conocer: Ignacio Biaín, franciscano, Hilario Chaurrondo, paúl residente en la Comunidad de La Merced y Ängel Gaztelu, párroco del Espíritu Santo, en la calle Teniente Rey. Tres apellidos vascos, rara coincidencia, tres intelectuales con tendencia a inclinarse hacia la izquierda.
Confiesa haber hablado solo con el Padre Biaín, “y ni con él fui del todo sincero, porque le oculté las prisas del Comandante”.
Confiesa haber hablado solo con el Padre Biaín, “y ni con él fui del todo sincero, porque le oculté las prisas del Comandante”.
Pese a sus personales simpatías por la Teología de la Liberación, Arzuaga no se traga la píldora: “Las intenciones del Che estaban claritas como agua de manantial”. – dice. “Soñaba organizar un quiste o tumor dentro de los tejidos de la propia Iglesia Ya para esa época no andaba yo muy de amores con la iglesia como institución jerárquica de los que mandan y los que obedecen, dudaba de que fuera como era la nuestra, la Iglesia que Cristo quería. Pero tampoco llegaba mi desamor a entreabrir una puerta para que se colara por ella el lobo y fuera este organizando sus covachas traicioneramente”.
Para Cuba actualidad: rhur46@yahoo.com
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