Cuba actualidad, Valencia, España, (PD) Tamara nació en un solar en Centro Habana. En sus cuartos vivían, hacinadas y en perpetua bronca, más de 15 familias. Todo era motivo de litigio. Se peleaba por los maridos o las mujeres, por el agua, por los niños o por un espacio en la tendedera.
De allí Tamara tomó sus modales bruscos y chabacanos. Nunca se pudo separar de ellos. Cuando se esfuerza por ser distinta, lo que logra es una caricatura. No vale el esfuerzo. Ella es como es y punto.
Y no le va mal, le dice a sus amigas a ver si convence a alguna. Porque ni ella misma se lo cree,
A Tamara, la vida le va. Más mal que bien. Pero le va.
Tiene 32 años, su rostro no es bonito y su cuerpo no será de modelo, pero gusta a los hombres. Además, la juventud, divino tesoro, todo lo acomoda. Al menos, por ahora.
Tiene 32 años, su rostro no es bonito y su cuerpo no será de modelo, pero gusta a los hombres. Además, la juventud, divino tesoro, todo lo acomoda. Al menos, por ahora.
A los 14 años la violó un vecino del solar. El tipo, que casi podía ser su abuelo, estaba borracho y apestaba a pescado y sudor. Su madre le había advertido que no entrara en su cuarto. Tamara fue por curiosidad y porque tenía hambre. No tuvo que forzarla mucho. A ella, aquello ni le gustó ni le desagradó.
Y siguió acostándose con él, por dinero, durante varios meses. Y con otros del barrio, que le cuadraban o no, pero resolvían.
Resolvieron hasta que descubrió que necesitaba más. Empezó a jinetear acompañando a una amiga. Sus clientes extranjeros, aunque no eran muy espléndidos, le parecieron bocaditos comparados con sus experiencias nacionales.
Fue entonces que necesitó mejorar sus modales. No hubo modo. Así y todo, tuvo suerte.
Una noche, por La Habana Vieja conoció a un canadiense. El tipo se mostró muy interesado y ella se hizo la enamorada a sus anchas.
Una noche, por La Habana Vieja conoció a un canadiense. El tipo se mostró muy interesado y ella se hizo la enamorada a sus anchas.
El problema era que Harry era viejo, calvo, celoso y majadero. Tamara se lo tragaba como una medicina amarga pero necesaria. Así le decía su madre que tenía que llevar la relación.
Su madre lo adoraba, aunque no podían conversar. Ella no sabía inglés y el español de él era una jerigonza. Pero siempre que Tamara se quejaba de algo, ella lo defendía. No le importaba que su hija llorara en las penumbras del sexo. La madre defendía a capa y a espada, y a gritos, su derecho a un pequeño televisor Sanyo a colores y a una bata de dormir de satén de color verde oscuro. Con ella paseaba orgullosa por toda La Habana. Era su mejor gala.
Harry iba y venía. Vivía en Toronto pero tenía negocios en Cuba. Eso hacía mas fácil la situación para Tamara. Le permitía vivir amores con muchachos de su edad. Y con otros extranjeros cuando demoraban en llegar los fulas del canadiense.
En uno de los viajes, Harry anunció que venía para llevársela. Ya había iniciado los trámites pertinentes. Pero ya Tamara le había cogido el gusto a su otra vida y no podía contenerse. Se le escapó varias veces al viejo para verse con un trigueño con dientes de oro que vivía en Luyanó.
El viejo canadiense se fue para no volver jamás por el solar. El trigueño de Luyanó se convirtió en el proxeneta de Tamara. Lo fue hasta que se llevó a vivir para su casa a una manzanillera de 16 años que conoció en la Terminal de Ferrocarriles. Tuvo que acudir la Brigada Especial para terminar el escándalo.
Su madre se lo había advertido, que iba a perder güiro, calabaza y miel. Y de contra, caer en la lengua de todos los envidiosos y chismosos del barrio. Pero nada de lamentos. La vieja buscó una solución.
Comenzó a visitar a su tío, el de Lawton. El viejo vivía solo, estaba enfermo y sus borracheras anunciaban su inminente
caída mortal. Logró convencerlo de la necesidad de que lo cuidaran. Para ello, era preciso que las inscribiera en el registro de direcciones y en su libreta de abastecimientos.
caída mortal. Logró convencerlo de la necesidad de que lo cuidaran. Para ello, era preciso que las inscribiera en el registro de direcciones y en su libreta de abastecimientos.
El tío murió pronto, mas pronto de lo que ellas calcularon. Heredaron su pequeño apartamento y vendieron el cuarto del solar de Centro Habana.
En el apartamento, Tamara tuvo varios amantes. Nada serio con ninguno. Sólo cuando se acabó el dinero de la venta del cuarto, comprendió la urgencia de buscar un marido. Tenía que alimentar a su madre, y ella no disimulaba para recordárselo.
Fue entonces que conoció, como caído del cielo, a un mulato, blanconazo y joven, que trabajaba en el matadero de Lawton. Colaboraba además con la policía, que “lo dejaba vivir” a cambio de sus informes. Vendía carne de res. A sus amigos los expulsaban o iban presos, pero él se mantenía en su puesto. Y en su venta.
Todo iba a pedir de boca para Tamara y su madre. Al tipo había que amarrarlo para mantener segura la comida y el dinero. La madre fue a consultar a los santeros. Le recetaron que para mantener al hombre en casa, Tamara tenía que parirle un hijo.
Tamara tuvo un varón, pero la llegada del niño empeoró las cosas. Su marido empezó a llegar tarde y a amenazar, cuando ella protestaba, con recoger sus cosas y largarse para casa de su hermano.
La madre regresó con los santeros. Le pidieron un calzoncillo usado del yerno, pelos de “sus partes” y una calabaza, pequeña y redonda. Esta vez, Tamara tuvo una hembrita y le puso su nombre.
Pero no bastó. Su marido se fue con una muchacha de La Víbora. Le dijo a un vecino que lo que más le gustaba de su nuevo amor eran sus buenos modales y lo femenina que era. Tamara lo tenía aburrido. Sólo hacía pedir dinero, expresarse mal y “dar bateo por todo”.
Tamara ya no tiene edad para jinetear. Le queda poca juventud. Necesita un marido dispuesto a instalarse en su casa. Urgente. Es cuestión de vida o muerte.
La madre no para de reclamar por su estómago. La situación está cada vez peor. Ahora son cuatro las bocas a mantener en casa. Todos los hombres que se acuestan con ella, se espantan cuando ven el cuadro y se largan sin dejar dirección.
Tamara no pierde las esperanzas de conseguir marido. Su cuerpo todavía sirve para que alguno caiga en el jamo. Como la madre esta vez no halla soluciones, Tamara tomó la iniciativa y decidió dividir el apartamento. La vieja y el niño en uno, ella con la niña en el otro. Puede que así sea más fácil pescar un marido.
Por lo pronto, ya le mostró, como por descuido, las nalgas al albañil mientras le contaba que el padre de los niños era un desconsiderado y no la entendía.
A todos los vecinos les dice que para qué quería tanto apartamento. Su madre, mientras más vieja, más majadera. Así están mejor. Las dos buscando marido. Cada una en su cuarto. Que ya estaban extrañando el solar de Centro Habana.
2006-09-06.
Para Cuba actualidad: celiateresita@gmail.com
2006-09-06.
Para Cuba actualidad: celiateresita@gmail.com