sábado, 11 de abril de 2026

Cuba, la hora de los hornos

Cuba, la hora de los hornos
Comparto la opinión de quienes piensan que el castrismo se encuentra en la coyuntura más difícil de su historia, aunque rechazo la versión de que han sido exclusivamente factores extranjeros los responsables de que la tragedia de Cuba, al parecer, este llegando a su final.
La vida de los cubanos, por la ineficiencia y maldad de sus gobernantes, es cada día más calamitosa, realidad a la que debemos incorporar el agotamiento masivo del discurso gubernamental, mientras, la capacidad del totalitarismo para manipular a la población y las condiciones que concurren, están también prácticamente acabadas.
La actualidad de los cubanos es catastrófica. El crónico padecimientos por décadas de productos de consumo se ha agudizado, el acceso al agua potable es usualmente una epopeya, sucesos que se producen en un marco de fallas constantes del servicio eléctrico y una desastrosa prestación en el transporte que lo obstaculiza todo, faltas, a las que debemos sumar la omnipresencia de una fuerza policial siempre lista para reprimir.
Los cubanos llevan numerosos años padeciendo un bloqueo interno impuesto por el totalitarismo que los ha conducido a la miseria extrema, aunque, el discurso oficial propague la visión, compartida por sus aliados, de que el embargo estadounidense es el responsable de las calamidades del pueblo.
Culpar a terceros de las maléficas consecuencias de sus acciones es una tendencia reiterada del totalitarismo. Es un sistema que gusta asumir el rol de victima porque confunde a los idiotas útiles sin dejar de ser una excelente herramienta para los compañeros de viaje, particularmente, entre aquellos que viven en países democráticos y cuentan con recursos económicos para hacer ofrendas a sus quimeras sin incurrir en sacrificios.
Incomprensiblemente ha sido Estados Unidos, el país que escogió Fidel Castro como su enemigo, donde más personas han defendido el totalitarismo. Numerosos políticos de este país gustan, en inmensa mayoría ignorantes de la realidad cubana, viajar a la Isla para defender el castrismo sin percatarse que están protegiendo un régimen completamente opuesto a sus valores y formas de vida.
Aquellos que afirman que Washington debe negociar con La Habana porque sería conveniente para ambos países están rotundamente equivocados. En nada beneficia a Estados Unidos una buena relación con el sistema totalitario y menos al pueblo cubano, a través de los años se ha evidenciado que la tolerancia y ayuda al castrismo le fortalece, paralelo a su afán de controlar los suspiros de la población.
Durante décadas, organizaciones y nacionales de este país han montado campañas de ayuda a la dictadura y culpado a su propio gobierno de los fracasos del sistema castrista, lo que ha coadyuvado a que un sector de la opinión pública estadounidense comparta ese veredicto y considere que las gestiones punitivas contra la Isla agravarían la situación de sus habitantes.
Craso error diría el cubano de a pie, que como afirmaba Oscar Esquerra, lleva 67 años muriendo a plazos, para seguir viviendo miserablemente.
Todas las crisis del totalitarismo son consecuencias de la ineficiencia y su habitual dependencia del apoyo económico extranjero junto a su negativa de permitir que sus gobernados trabajen y piensen libremente, razón por la cual, es necesario apoyar a la población para que asuma sus prerrogativas ciudadanas con las acciones que sean necesarias, aunque las consecuencias inmediatas sean una agudización de la crisis, porque como gusta decir al escritor Jose Antonio Albertini, “las cosas se tienen que poner malas, para que mejoren”.
Desgraciadamente los enemigos del totalitarismo castrista han tenido siempre la inclinación de subestimar la fascinación por el poder que padecen los sujetos que han sometido a Cuba durante más de 67 años, al igual que sus iguales de Nicaragua y Venezuela.
Estos gobernantes no ceden ante simples amenazas, menos, a las dulces promesas. Contra ellos hay que ser firmes y coherentes. Desarrollar una política de careo que deje apreciar la disposición de sus oponentes de llegar a consecuencias extremas.
No lo duden, son enemigos hábiles, con gran competencia en la manipulación de los hechos. Saben al detalle que las democracias responden a la opinión pública y a intereses contrapuestos que tienden a tolerarse para alcanzar la gobernabilidad, así que tratan de influenciarla lo mas posible para que presionen a sus gobernantes. Son parásitos y como tales, explotan a su huésped.
 
 


Pedro Corzo
Periodista
(305) 498-1714
TWITTER: @PedroCorzo43

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