
Por Osmiel Carmona
Managua, La Habana, 22 de abril de 2010, (PD) La historia de Mario Sanabria Oliva evidencia la manera en que el estado revolucionario interpreta los derechos del pueblo. Contaba con solo 20 primaveras cuando decidió ser consecuente con sus principios políticos; desde entonces, mantener una posición desafecta al mandato de los hermanos Castro ha sido la cruz que tanto él como su familia debieron aprender a cargar.
Con hablar pausado y angustia en la mirada, este habanero de 41 años relata sus experiencias con el gobierno desde que le endilgaran el calificativo de “gusano”.
“Todo comenzó hace alrededor de 21 años”, comenta Mario, “por aquella época, las personas eran físicamente abusadas por el simple hecho de pensar y expresarse en desacuerdo con el sistema político o por relacionarse con parientes que residieran en los EUA. Es bajo estas y otras circunstancias que comprendo el carácter totalitario de los políticos que controlan la nación, a partir de ese momento procuraría alejarme a toda costa”.
Sin embargo, no fue hasta 1989 que conoció la verdadera cara del régimen. Luego de un intento fallido de abandonar el país en balsa, por lo cual fue condenado a dos años y cinco meses de privación de libertad, transitó por algunos de los más rigurosos centros penitenciarios de Cuba. En esa oportunidad pudo constatar las irregularidades que sufren los prisioneros cubanos.
“Recuerdo con especial tristeza el tiempo de recluso en Aguica, cárcel de la provincia Matanzas. El lema de los guardias, armados de escudos y bastones, era “esto es Aguica, o te ubicas o te ubicamos”. Por saludar a un conocido de otra galera, te propinaban una severa golpiza. Jamás imaginé que en Cuba existiera una prisión así, parecía de películas.”
Continúa Mario: “Una vez cumplida la sentencia me preocupo al ver que no salía en libertad. Me acerco al instructor encargado de mi caso y le pregunto sobre mi situación, a lo que responde que recibiría un trabajo especial de rehabilitación. Transcurrieron dos años y 7 meses más, hasta que luego de cumplir un total de 5 años obtuve la libertad.
De ese terrible calvario Sanabria Oliva aun lleva cicatrices en el alma. En su memoria queda el recuerdo de 1991, año en que fallecieron 12 reclusos en extrañas circunstancias. Cuenta como varios compañeros injerían componentes de fosforeras, tuercas y arandelas, o se inyectaban petróleo con la intención de ser trasladados a la enfermería y escapar de los atropellos que estaban sometidos.
Reinsertarse en la sociedad fue una etapa igual de cruda. En 1994 fue arbitrariamente sacado del hogar por miembros de la policía e internado en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra. Intentaron atribuir su conducta contraria al gobierno a una enfermedad mental. Tras un mes de constantes amenazas y torturas psicológicas fue devuelto a la familia.
“Cuando salí de Mazorra pensé que al fin me dejarían tranquilo, que se habían convencido que era irrevocable en mi condición de opositor. Es obvio que estaba equivocado y no demoré mucho en saberlo. A última hora intentaban relacionarme en delitos comunes, cualquier robo era motivo para que fuera apresado. En los calabozos era brutalmente golpeado para que me inculpara o trabajara como informante. Un oficial del MININT llego a repetirme hasta el cansancio, que me molestaría hasta la muerte.
Lo que mas siento son los daños colaterales soportados por mis hijas, en especial la mayor -15 años- que en múltiples ocasiones, presenció actos de violencia en mi contra y hoy sufre de los nervios. En el caso de la menor -3 años- la principal afectación estuvo en carencias económicas, pues, son incontables las veces que fui despedido del trabajo. Las unas por gestión de la Seguridad del Estado, las otras por encontrarme detenido.”
A pesar de que Mario aún es joven, es conciente que en su tierra no hay futuro para él. Por eso, en 1997 se presentó en la Sección de Intereses Norteamericana para solicitar acogerse al programa de refugiados políticos. Pero resultó denegado por falta de evidencias. Doce años después volvió a intentarlo, esta vez le dijeron que le habían enviado mensajes –nunca llegaron- explicándole que quizás más adelante.
Hace unos cuantos días me contó que no aspira a nada para él, que únicamente quiere el exilio para poder ofrecer mejores oportunidades a sus hijas y esposa, para que no tengan que vivir en carne propia lo que el vivió, la fobia de una dictadura que no asimila libertades que atenten contra su permanencia en el poder.
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