
Por Juan Carlos Hernández Hernández
Santiago de Cuba,(PD) Eran cerca de las 8 de la noche. Con sólo doblar la esquina, noté la diferencia. Mi hermana y mi mama compartían una conversación que con mis pasos desaparecía. Mi sobrino Carlos se adelantó y como si hubiéramos cometido el mayor de los delitos o adquirido una penosa enfermedad, me dijo al oído: “Nos cortaron la Luz”.
Entré al portal y no fue el saludo recibido quien me llamó la atención, sino un angustiado sonido que a pesar de la oscuridad, me llegaba del fondo de mi hogar. A duras penas llegué al patio y bajo las luces de un rudimentario e improvisado candil, encontré a mi viejo, que aplastaba latas para con su venta en el punto de recogida de materia prima, terminar de reunir el dinero para al siguiente día pagar la luz.
Sentí que el pecho se me encogía. Me juzgué un mal hijo, no era suficiente lo que le daba cuando podía, no sé cuantas cosas pensé. A estas alturas de su vida debería pasear en un parque, leer un buen libro, disfrutar de una película o sentarse en un teatro con mí mamá. Sin embargo desde por la mañana lleva a niños a la escuela, busca la bala del gas de medio barrio y las más de las veces es él quien me ayuda. Sabiamente, al ver mi semblante, me invitó a sentar y escuché, como nunca antes, una parte de su laboriosa historia.
José Villar era propietario de un taller de granitos que existía en la calle Virgen entre José de Diego y Santa Rosa, justo detrás de nuestra casa en Santiago de Cuba, lugar donde a la edad de 11 años y bajo la protesta de mi abuelo, comenzó a trabajar mi padre, dándole formas a piedras (que eran mucho más grandes que él) con una mandarria que doblaba casi su peso. Quizás por eso no creció tanto.
Trabajaba de lunes a sábado, en horarios de 7 am a 11 am y luego de 1 pm a 5 pm. Los días de pago eran los sábados y el salario era de 1.50 pesos por día, así que al fin de semana tenía la astronómica cifra de 9 pesos, ¡pero vivía!.
Cuando comenzó la construcción del hospital provincial “Saturnino Lora”, a Villar lo contrataron para pulir uno de los pisos del dicho centro de salud y de alguna manera el salario le mejoró. Así pasó de construcción en construcción hasta que terminó enrolándose como marinero en un buque petrolero capitaneado por griegos. Su nueva plaza era ahora de cocinero. Lo que más hacía era pelar papas, pues en forma hervida era la comida preferida de los dueños del barco.
Con este buque navegó por casi todo el Atlántico. Aún recuerda las esclusas del canal de Panamá y como en ocasiones el barco quedaba en lo más hondo cuando regresaban de los clubs que existían alrededor del puerto en horas de la noche.
Con el salario que cobraba vivía. A mi abuela le daba 7 pesos y los otros dos le eran suficientes hasta la próxima semana. En la zona de tolerancia, conocida como “Barracones” existían varios cafés y restaurantes, donde en ocasiones llegaba sin dinero, pero como los dueños que ya lo conocían, le fiaban. Estar con una mujer, que por demás estaban de alguna manera legalizadas y controladas, costaba un peso.
En nuestro hogar desde el año 1947 ha existido la radio, según recuerda, un “RCA Víctor”. Había una grabadora “Reveré”, máquina de escribir, teléfono y más tarde hasta un televisor. No había necesidad de comprar un refrigerador pues todos los días pasaba un camioncito y vendía el hielo a diferentes precios y los productos de la carnicería estaban todos los días. Es verdad que existían pocas casas con televisor, pero todo el mundo, de una manera u otra, subsistía. El pago de la electricidad era de tan solo 10 centavos el kw, y los trabajadores de la Empresa Eléctrica pagaban menos, continuó contándome.
Después de 1959 continuó trabajando para el estado durante toda su vida. Al retirarse, adquirió una bicicleta como trofeo y una pensión que con el último aumento llegó a 248 pesos mensuales.
“La revolución energética” le permitió cambiar su viejo refrigerador por un nuevo Haier, más económico y pulcro, pero todos los meses, por varios años, le descontaran de su estipendio 52 pesos por la nueva adquisición.
Ya en varias ocasiones ha planteado en la dirección de la nueva Empresa Eléctrica la necesidad de buscar un mecanismo que permita ajustar la fecha de cobro de la chequera con la del pago de la electricidad, sin embargo no aparece la solución a pesar de que en esa situación están varias personas.
Con una tarifa que oscila entre los 0.09 pesos y 1.30 pesos después que sobrepasas los 300 KW, con una nueva cocina llena de equipos eléctricos, hay que ser verdaderamente magos para salvarse, aunque enciendas un solo bombillo por la noche.
En el pasado mes de mayo, Santiago de Cuba sintió la llegada de la tercera parte del periodo especial como ninguna otra provincia. Primero se desaparecieron los desodorantes, los jabones, el champú. Luego fue la sal, el azúcar, los plátanos, las papas y el arroz. Como nunca antes, el arroz llegó a pagarse a 15 pesos la libra y aunque era casi en colores, debido a la cantidad de basuras que tenía, las colas clandestinas eran enormes.
Mi querido viejo debía decidir entre comer y alumbrarse. Sabia fue su decisión y solución desde su oscuridad.
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