
Por Jorge Luís González Suárez
El Cerro, La Habana,(PD) La historia de Norteamérica está poblada de hombres de empresa que han logrado sobresalir desde los escalones más bajos hasta la cúspide al incrementar su fortuna y dar a su país méritos por su trayectoria.
Entre los que se han destacado en esta labor durante el pasado siglo está la figura de Conrad N. Hilton, fundador de una de las cadenas de hoteles más famosas y extendidas por todo el mundo.
En su libro autobiográfico “Sea usted mi huésped”, publicado en 1957, narra cómo pudo con esfuerzo, tesón, sacrificio, pero sobre todo manteniendo su fe católica y la creencia en su sistema democrático con libertad de acción, llegar a convertirse en un triunfador gracias a “el americanísimo derecho a soñar y la posibilidad de ver el sueño hecho realidad.
Su aprendizaje en los negocios se debió a las enseñanzas de su padre Gus Hilton, propietario de un almacén en Socorro, San Antonio, Tejas durante el cual se adiestró en la compra y venta de productos. La madre, Mary Laufersweiler, fue el acicate perenne ante las decisiones y adversidades en cada tarea que se impuso en la vida.
Casi al finalizar la Primera Guerra Mundial, donde participó, muere su progenitor en un accidente. Decide entonces marchar hacia nuevos horizontes y parte hacia Tejas con el capital de sus ahorros, 5 011 dólares, con el fin de ser banquero.
Fue en la ciudad de Cisco donde con empréstito bancario y amigos capitalistas compró el primer hotel, llamado Mobley, al precio de $40 000. Se inaugura así la futura “Hilton Hotels Corporation”.

La depresión de 1929 condujo casi a la ruina al infatigable empresario que de ocho hospedajes de su propiedad perdió cinco. Sin embargo, sin desanimarse, continuó su lucha tenaz y se recuperó recordando que en una etapa anterior se encontró cierta vez con 38 centavos en el bolsillo y lleno de deudas.
Después del revés señalado sus aspiraciones fueron en aumento. Compró uno de los mayores hoteles de aquel momento, el Stevens, pero aun no estaba conforme y continuó su propio combate. En el 1949 alcanzó la escala más alta hasta entonces, ser dueño y mayor accionista del más famoso y encumbrado de todos, el Waldorf Astoria. Como algo paralelo estaban las ideas soñadoras, establecer una red hotelera por el resto del mundo.
Tanto el Departamento de Estado como el de Comercio de los Estados Unidos consideraron a la organización Hilton como contribuyente al Programa de Ayuda Extranjera para estimular a través del negocio y los viajes a las economías de países necesitados y fomentar un sentimiento de buena voluntad internacional.
Uno de los primeros hoteles internacionales fue el Caribe Hilton en San Juan, Puerto Rico en cuya inauguración estuvieron Olga Guillot y Fernando G. Campoamor. También se fundaron otros en España, México, Estambul y Egipto.
Cuba contó con uno de los primeros, el Habana Milton, en la céntrica esquina de L y 23, en El Vedado. Nacionalizado por la Revolución, fue cambiado su nombre por Habana Libre.
Un discurso pronunciado por este gran hombre en 1950 para la National Conference of Christians and Jews en el propio Waldorf titulado “La batalla por la libertad” “surgió de un corazón rebosante de un profundo y constante amor y fe “hacia nuestra patria y nuestro tipo de vida” según sus propias palabras.
Dijo en una parte: “Estamos perdiendo la batalla de la paz, porque hemos descuidado, abandonado, y traicionado esos grandes principios a los que nos hemos consagrado para el establecimiento de la paz. Hemos traicionado a los que lucharon y murieron por la libertad. ¿Por qué? Porqué cuando los muchachos hubieron ganado sus victorias por las armas, permitimos a las fuerzas del odio, de la injusticia y del apaciguamiento que se las arrebataran”.
En otro fragmento añade: “La esencia del comunismo es la muerte del individuo y el entierro de sus restos en una masa colectiva. Y lo insidioso, lo terrible, es esto: ¡Puede ganar incluso cuando pierde! Quieren que vivamos más y más en constante pie de guerra, sin estar en guerra, sin estar en paz.”
Y termina diciendo: “El destino de nuestro pueblo es mantener en alto la bandera de la libertad para todos los hombres del mundo”.
El miércoles 3 de enero de 1979 falleció el gran vencedor en su residencia de Bel Air, Los Ángeles, California, la Casa Encantada, como él la llamó. Contaba entonces con 91 años de edad. Su libro cierra con una frase lapidaria la cual contesta el título de esta crónica: “Somos los que hemos triunfado en el arte de vivir”.
primaveradigital@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario